Cataluña… Después Negociemos

Cataluña… Después Negociemos

Cataluña… Después Negociemos – El presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, ha afirmado este martes 10 de octubre en el Parlament: “Asumo el mandato del pueblo de que Cataluña se convierta en Estado independiente en forma de república”, pero ha planteado al Parlament suspender unas semanas los efectos de una independencia para comenzar una etapa de diálogo.

Cataluña… Después Negociemos

A día de hoy, creo que nadie está en disposición de afirmar que antes o después, con la actual o la futura Generalitat, el Gobierno de (toda, sin excepción) España y los españoles, ha de negociar el futuro.

Tanto uno como el otro, llevan tras de sí actuaciones más que chapuceras. Pero no hablo de los últimos días, sino de años, en los que Madrid malcrió a Barcelona y Barcelona optó por el chantaje a Madrid.

Y este 10 de octubre, en una más que anunciada y esperada comparecencia del Presidente del Gobierno catalán, Carles Puigdemont, ha osado volver a saltarse las leyes y proclamar (solo 8 segundos) la independencia. Eso sí, pide negociación y generosidad, lo mismo que brilló por su ausencia en el debate para la aprobación de la ley del referéndum.

Cataluña… Después Negociemos

Desde un inicio, la Lliga (precursora de la hoy muerta Convergència) tuvo un objetivo muy claro: proteger y promover los intereses de la burguesía catalana en exclusiva. Durante su estancia en el Parlamento y su ocupación del Ministerio de Hacienda, el señor Cambó (líder de la Lliga y persona más rica del país) se encargó de favorecer la industria de su región por encima de cualquier otro territorio. Los que fueran los herederos de la gran hegemonía de la Lliga de Cambó siguieron en su defensa, mediante técnicas poco respetuosas con los ciudadanos del país, de los intereses de pequeños grupos catalanes, en este caso, de los círculos convergentes.

Como pasara en otros territorios, todos en Cataluña sabían qué estaba pasando, aunque nadie lo dijera en voz alta. No obstante, el gobierno central optó por mantener el silencio. González y Aznar elevaron a Pujol a la categoría de semi-Dios, de ésos que sobrevuelan la justicia sin que le salpique. Y así pudo ser lo que pasó, con un Estado que ni miraba ni quería mirar a Cataluña.

El último gran fallo que cometió Madrid hacia Cataluña fue hacerle creer que era soberana. En 2006, ante la afirmación de que apoyaría el Estatut que saliera del Parlamento de Cataluña, Zapatero se vio sacando adelante en el Congreso un texto anticonstitucional. Pero para cuando éste fuera declarado fuera de la ley, el Estado ya no podía hacer frente a un problema que él mismo había estado alimentando y evitando mirar a partes iguales.

Además, hemos de recordar que son ya muchos los momentos en que los representantes de Cataluña han soslayado al resto de comunidades, y en especial, a la mía.

Como ya dijo el Sr. Puyol, “el hombre andaluz es un hombre anárquico […]. Si por la fuerza del número llegase a dominar […], destruiría Cataluña.” Sin embargo, esto sólo es una muestra insignificante de los ríos de tinta que tanto los líderes políticos (Forcadell, Tardà…), como las rotativas han ido emitiendo a la sociedad catalana.

Ahora sí, el Gobierno de España ha tomado una decisión más que acertada. Ante la simplista y falsa afirmación de que “Espanya ens roba”, los demagogos soberanistas están viendo cómo, ese “robo” que tanto quisieron repetir, va a desaparecer en poco tiempo.

Por fin, tras años (más de un siglo ya) de chantaje de las formaciones regionalistas-soberanistas, Cataluña se ve ante una situación de igualdad con otras regiones españolas. Esta vez es su propio y endiosado (por ciertos sectores) Govern, el que está llevando a pasos agigantados su propia región a la más profunda de las ruinas.

El Estado, en su máxima expresión, no debe hacer caso omiso una vez más con lo que hoy ha pasado en Barcelona. En nuestra democracia no valen ni chantajes nacionalistas, ni mucho menos golpes de Estado como forma de negociar con ventaja.

Ya, a día 10 de octubre, las disculpas y los diálogos de los “Molts Honorables”, como decía Pujol, no tocan. Toca justicia para ellos y verdad para Cataluña.

Después, negociemos.

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