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¿A qué se debe el continuo interés por los realities en España?

A décadas del nacimiento de los realities ¿por qué siguen enganchando tanto? Y es que los datos de audiencia hablan por sí solos. La séptima edición de GH VIP, actualmente en emisión, se ha coronado como líder en share de los programas del prime time. La última gala emitida el 17 de octubre ha obtenido un 29,3% de cuota de pantalla y 2.869.000 espectadores, superando con creces al resto de propuestas de las cadenas generalistas y manteniéndose en la línea del resultado de la anterior semana donde el formato se disparó por las nubes logrando un magnífico 35,6% con el reencuentro entre Sofía Suescun y Kiko Jiménez.

Pero los números que suma este reality no forman parte de un caso aislado ni mucho menos. Este mismo 2019 Mediaset arrasó con Supervivientes en una edición que ha contado con Isabel Pantoja como fichaje bomba y que ha seducido a millones de espectadores en cada entrega. Y es que la telerrealidad se ha instalado en nuestras vidas como nunca antes. Es más, se ha convertido en una apuesta segura que sirve para retroalimentar a los propios programas de la parrilla televisiva española con conflictos y dramas constantes.

Para esclarecer por qué cada vez los realities tienen más adeptos en España hemos hablado con Ferran Lalueza, profesor de Comunicación en la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), experto en social media. “Una primera consideración que deberíamos hacer es que, en España, triunfan algunos reality shows, pero otros muchos han fracasado. Los que nos vienen a la cabeza cuando pensamos en el género son sobre todo los exitosos, pero buena parte de los intentos lanzados por las cadenas de televisión se han quedado por el camino”, apunta primeramente.

Y, en efecto, si bien en 1971 se transmitía el primer programa de telerrealidad de la historia, An American Family, por el Public Broadcasting Service (la red de televisión pública de televisión de Estados Unidos), el primer programa exitoso de este género en España vendría con el cambio de era. En el 2000 desembarcaba en nuestro país Gran Hermano, un programa que marcaría un antes y un después en el medio catódico trayendo a las pantallas un concepto totalmente revolucionario que ha alcanzado nuestros días con excelente salud. De hecho, la locura por el reality también provocó ese mismo año el lanzamiento de El bus que, básicamente, era la respuesta de Antena 3 al fenómeno del ojo que todo lo ve, con participantes conviviendo en un autobús itinerante del que no se podían bajar, en vez de en una casa.

Si bien desde entonces algunos realities se han quedado a medio camino, otros han conseguido mantenerse en la memoria colectiva sumándose al fenómeno social que marcó la primera edición de Operación Triunfo en 2001. Se me viene a la cabeza, por ejemplo, Hotel Glam, emitido en Telecinco, que reunió a lo más granado de un tipo de televisión muy concreta que se hacía en su momento con concursantes como Yola Berrocal, Pocholo Martínez-Bordiú, Malena Gracia, Yurena o Estíbaliz Sanz. Y cómo olvidarnos de Gandía shore, la adaptación del formato de MTV en España que seguía la evolución de un grupo de jóvenes desenfrenados durante un verano en el municipio valenciano y que nos descubrió, entre otros personajes -televisivos desde entonces-, a Ylenia Padilla.

Actualmente, atendiendo a los realities más exitosos, se da la circunstancia que muchos espectadores identifican rápidamente este tipo de programas con la telebasura. No obstante, un título del gran género televisivo del siglo XXI puede no englobar este término por mucho que la mayoría nos haya dejado ejemplos de lo más más bajo del ser humano: De entrada, reality no debería ser necesariamente sinónimo de telebasura. Lo que ocurre es que los programas de este género que actualmente han sobrevivido y triunfan son especialmente bastos, estridentes, y eso sí que es una definición válida de lo que constituye la telebasura. Es así porque muy a menudo se genera lo que yo denomino la espiral de la transgresión creciente, es decir, se impone la necesidad de atreverse siempre a ir más allá de lo que se haya hecho previamente para sorprender y mantener el interés del público”, apunta el experto.

LOS MOTIVOS QUE EXPLICAN EL ÉXITO DE LOS REALITIES

El también investigador del grupo GAME matiza que no puede negarse que este género ha acabado arraigando, gozando de audiencias privilegiadas, y que hay un porqué muy determinante. “Entre los múltiples motivos que explican su éxito yo destacaría que empoderan al espectador, porque lo convierten en un ser omnisciente que puede conocer, controlar y juzgar la actuación de los protagonistas del programa, y a veces incluso puede contribuir a decidir su suerte. Además, cuanto más penosa es la actuación de tales protagonistas, mayor es la gratificante sensación de superioridad moral y/o intelectual que experimenta el telespectador”.

En línea con lo expresado por nuestro entrevistado, el estudio The Visual Impact of Gossip de Eric Anderson, publicado en la revista Science, también arrojó luz años atrás al incipiente triunfo de los programas de telerrealidad. Y es que la ciencia ha demostrado que nuestro cerebro presta más atención a aquellas personas de las que sabemos cosas negativas que a aquellas de las que sabemos cosas positivas o neutras.

No cabe duda que, en los tiempos que corren, entretener vende incluso el doble que informar ya que en estos programas se emplean unos recursos muy claros que consiguen atrapar y fidelizar a los espectadores, quienes a veces ni se dan cuenta del poder que los realities ejercen sobre ellos: La información se dosifica con suficiente habilidad como para generar expectativas nuevas periódicamente que eviten que la audiencia desconecte. Por lo demás, se explota nuestra atracción casi instintiva por lo sorprendente, por el chismorreo, por los aspectos más negativos de la vida y por los enfoques eminentemente emocionales”, subraya Ferran Lalueza.

En el triunfo de la telerrealidad ha influido igualmente la irrupción de las redes sociales. “Sin duda han jugado un papel destacado” apunta. “La experiencia de consumo de estos contenidos es mucho más intensa y rica si no tienes que esperar al día siguiente para desarrollar el componente chismoso que es inherente al género, sino que puedes hacerlo en tiempo real y a escala global”. En este sentido, los realities se conciben como el reflejo de nuestra incansable sed de historias: “Nos encanta que nos expliquen una y otra vez la misma historia pero que, al mismo tiempo, jamás dejen de sorprendernos”, puntualiza el entrevistado.

LOS PELIGROS TRAS EL TRIUNFO DE ESTE GÉNERO TELEVISIVO

Pese a que se ha convertido en el género de televisión por excelencia las voces críticas le persiguen, especialmente en redes sociales donde cientos de internautas tachan a los realities de engañosos y, en definitiva, de embellecer la vulgaridad a cualquier precio. Incluso en la plataforma change.org se acumulan las peticiones de firmas para que programas como Gran Hermano se eliminen de la parrilla televisiva “con motivo de la poca cultura, educación, ética y modales”.

Y es que los realities que ahora mismo copan la pequeña pantalla están focalizados en exhibir lo más grotesco de la naturaleza humana, dando la sensación de que todo vale en televisión por un puñado de audiencia. El propio autor del libro The show must go on opina que “no todo vale para conseguir audiencia. Es evidente, sin embargo, que muchos responsables de programas no comparten este punto de vista y, al final, son ellos los que acaban decidiendo qué nos ofrecen. Si encima resulta que tienen éxito, es muy difícil detener la espiral”. Cabe preguntarse cuál es entonces el límite de un reality, una demarcación a la que ha puesto nombre claramente Ferran Lalueza: “El verdadero límite lo marcan los anunciantes. Cuando estos se sienten incómodos o amenazados ante una eventual reacción de indignación por parte de la audiencia, es cuando realmente los programadores pisan el freno”.

Cabe destacar además que estos espacios televisivos, que ya se han convertido en un fenómeno mundial, son seguidos por bastantes jóvenes lo que podría suponer un peligro potencial teniendo en cuenta que muchas veces estos espectadores buscan modelos de identificación en televisión: “Lo que ocurre es que, por otra parte, los jóvenes cada vez están más desvinculados del consumo televisivo convencional”, valora el entrevistado.

Más allá de las insistentes quejas de espectadores que piden el cese de este tipo de programas, otro de los daños colaterales del éxito de los realities está relacionado con la bajada de audiencia en las series emitidas en las cadenas generalistas, un aspecto que preocupa especialmente de cara al futuro del género que ahora prima en la pequeña pantalla y la manera en que podría trastocar definitivamente la parrilla televisiva: “No hace falta remitirse al futuro. He investigado sobre esta cuestión durante muchos años y no tengo ni la más ligera duda al respecto: los reality shows más identificables con la telebasura actúan como una especie depredadora y acaban colonizando las parrillas televisivas en detrimento de los programas de mayor calidad. Su combinación de bajo coste y grandes audiencias los hace imbatibles”, apunta Ferran Lalueza.

Tampoco podemos obviar los efectos secundarios que el triunfo de los realities en la pequeña pantalla pueden tener en los protagonistas de estos espacios televisivos, lo que se conoce como síndrome del Show de Trumam que obviamente hace referencia a la película protagonizada por Jim Carrey en 1988. En otras palabras, los problemas que suelen sufrir los rostros de la telerrealidad después de que los focos se apaguen, como es el caso representativo de Jorge Berrocal que este mismo año confesaba en Chester que su paso por la primera edición en España de Gran Hermano le había condicionado su vida para siempre.

Precisamente, me viene al caso también recordar las palabras de una de sus compañeras de edición, Ania Iglesias, a la que entrevisté hace unos meses y que afirmaba que estar bajo el foco se puede convertir en una adicción: “Sin duda, el reconocimiento, el cariño del público, el status social engancha, es una ‘droga dura’ de la cual desde políticos, presentadores, deportistas o actores tienen que pasar un periodo de transición psicológica. Si le sumas, además, que nuestra fama fue muy rápida y enorme, quizás la transición de descenso es más empinada y nadie te prepara”.

El FUTURO DE LOS REALITIES EN ESPAÑA

Podemos afirmar sin miramientos que al público le interesa que se ahonde en la vida de personas normales y corrientes porque incluso se sienten identificados con los dramas que se comparten en televisión donde reinan las infidelidades y los problemas parentales: “Por definición, el reality pone el foco en las vivencias de personas normales, gente de a pie. Eso genera ciertamente empatía en la audiencia: son gente como tú o como yo. Pero entonces se producen dos fenómenos distorsionadores de la modalidad: las versiones vip (con famoseo incorporado) y el hecho de que esos desconocidos acaban constituyendo en sí mismos una especie de star-system low cost”.

En el presente parece que cualquier idea, por marciana, absurda o hilarante que sea, puede llegar a buen puerto si se aprovecha de los escándalos y, en definitiva, si hace todo lo posible por conseguir relevancia social y alzarse como el guilty pleasure de turno, es decir, que los espectadores sientan placer por algo ante lo que realmente deberían mostrarse avergonzados.

Pero, como en la vida misma, no todo puede ser tan malo y si el reality es el género que ahora mismo triunfa en la televisión convencional, y el que posiblemente seguirá siendo tendencia en el cambio de década, es porque la audiencia que le encumbra recibe alguna utilidad: “Si abandonamos la visión paternalista que solemos adoptar los académicos, debemos reconocer que tales programas existen porque la gente los ve. Y si los ve, es porque le aportan algún valor, probablemente en términos de mero entretenimiento y de gratificación fácil”.

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