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Al abordaje

Opinión

Pedro Sánchez y Santiago Abascal, en la sesión del Congreso ÁNGEL NAVARRETE

El parlamento, la legislatura y España necesitan que permanezca el personaje de Javier Zamarrón, con su cara de billete de cien pesetas. Aunque sólo sea por el contraste de efectos tranquilizadores que su estampa ateneísta establece con la barahúnda de los barritas bravas que vienen en camiseta vindicativa alumbrados por la fea ignorancia de quienes creen que la historia y la democracia los estuvieron esperando para empezar con ellos. Aunque sólo sea por su delicioso aire de médico visitador en provincia. Aunque sólo sea por cómo habla, con altura, sin recurrir al argot de quienes atisban en la vulgaridad un recurso para homologarse con la Gente Verdadera. Zamarrón parece no haberlo aprendido todo en Juego de tronos. Coloca el adjetivo «sacra» a la urna y define una legislatura al mismo tiempo «de continuidad y ruptura». Hace comparaciones con las auténticas carestías de pan que antaño golpearon España y que no eran ocurrencias demagógicas de los curanderos políticos. Y es capaz de ver un riesgo de trombosis en una montonera de diputados atascados en el foso al ir a votar hasta el punto de remedar uno de esos dibujos de Escher donde los que suben se confunden con los que bajan como en la paradoja de un bucle sin solución.

Esa congestión a la hora de votar fue la consagración de un aire de desorden que sobrevoló toda la mañana un Hemiciclo abocado a ser volátil y vocinglero. En algún momento, los novatos se serenarán y dejarán de hacerse selfies que sin duda envían a la madre o a la pareja para que vean qué lejos han llegado en Madrid habida cuenta de lo poco que se esperaba de ellos. Pero permanecerá la predisposición a la colisión ideológica que ayer tuvo un gracioso acto inaugural cuando los diputados de Vox aprovecharon que los escaños aún no están asignados para invadir aquellos que habitualmente ocupa la bancada socialista. Abascal, a quien alguna compañera de bancada hizo llegar el libro de Dragó para que se lo firmara, quedó literalmente a distancia de colleja del presidente Sánchez, a quien no nos habría extrañado verlo recurrir al rape para mitigar el hálito tan cercano del fascismo que salió a combatir en las elecciones con la bizarría de los paladines de los cantares de gesta. Habría que premiar al diputado del PSC José Zaragoza que, con tal de defender una porción del espacio que el hábito ha hecho socialista de la razzia de Vox, permaneció solo en su escaño, encerrado entre Abascal, Espinosa y Ortega Smith, resistiendo ahí heroicamente a la espera de que su grupo le lanzara provisiones en paracaídas. Zaragoza parecía una camiseta equivocada en una línea del futbolín. Eso sí, no hubo bebés como aquel con el que Podemos, en su día inaugural, acreditó su condición humana. En el primer día de Vox, tal y como dijo en un mitin su nuevo portavoz, Iván Espinosa, que le ocurría cuando olfateaba el miedo de los progres, en lugar de a humanidad tendría que haber olido a napalm por la mañana.

Imbuidos de martirio llegaron los cautivos del Proceso. Jaleados, aplaudidos, saludados por Pablo Iglesias, que parecía estar recibiéndolos para una fiesta de piscina en La Navata. Junqueras, que tiene las comunicaciones restringidas por el régimen carcelario, aprovechó los eternos tiempos muertos para montarse una oficinita en el escaño donde gestionar asuntos del partido. Le traían móviles con mensajes a él dirigidos y, cuando quería hablar con alguien, lo dejaba apoyado con el sin manos puesto, ya que llevarse el teléfono a la oreja habría constituido una infracción demasiado grosera. Después de votar, buscó el saludo de Sánchez, que le correspondió con cierta desgana. Más larga fue la conversación que Junqueras mantuvo con Borrell. Cuando Sánchez habló después con otros reos, Turull, Jordi Sànchez, uno lo imaginó tapándose la boca como los futbolistas para que no le leyeran los labios en el momento de pronunciar la palabra indulto.

Por supuesto, y como era de esperar, luego estuvo el show creativo de los juramentos para eludir el compromiso explícito con la Constitución y aprovechar para publicitar lo propio, que no es precisamente la venta de un Opel Corsa, como en el anuncio de la esquela contratada por un tacaño. No coches de segunda mano, sino falsas condiciones de presos de conciencia vendieron los procesados del proceso durante el minuto de lucimiento personal que la presidenta Batet, ofreciendo unas primeras muestras de su interpretación del apaciguamiento, no protegió de las profanaciones. Lo cual desató una bronca formidable que preludia la de toda la legislatura.

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