Alejandro Fernández, un 'españolazo' para recuperar el voto perdido

Alejandro Fernández, nuevo presidente del PP de Cataluña SANTI COGOLLUDO

Alejandro Fernández es de derechas. Desacomplejadamente de derechas. Tan de derechas como Elvis, le gusta recordar al nuevo presidente del PP catalán -incluso en su estado de Whatsapp- para reivindicar el atractivo de una ideología tan proscrita en Cataluña que hasta el nuevo profeta del constitucionalismo, Manuel Valls, la repudia para buscar el voto del catalanismo centrista y el socialismo.

El ideario del sucesor de Xavier García Albiol no admite doblez, como se encarga de demostrar en sus jaleadas intervenciones parlamentarias. Quizás la que mejor defina su tozudo empeño en preservar la unidad estatal y plantar cara al secesionismo fue la pronunciada el 7 de septiembre del pasado año mientras Carme Forcadell permitía la aprobación de las leyes de desconexión en el Parlament. «Si es necesario estaremos aquí defendiendo la libertad hasta que se congele el infierno», dijo Fernández, firmando su frase más rememorada, con permiso del «usted y yo somos un par de españolazos» que espetó a Quim Torra hace poco más de un mes.

Ahora, este político de formación y vocación -se licenció en Ciencias Políticas y se fraguó en Nuevas Generaciones- se propone inocular ese espíritu combativo y apegado a los valores más primitivos del PP a los 30.000 militantes del partido en Cataluña que se niegan a desertar y alistarse en Ciudadanos confiando en que el líder que anhelan desde hace años pueda garantizarles, como mínimo, la supervivencia.

De hecho, en su intervención de ayer en el congreso que le ha hecho presidente con el respaldo del 97% de votos, Alejandro Fernández reivindicó especialmente la «firmeza» de su partido como única vía para vencer al independentismo, frente al «buenismo» socialista y un Cs que sólo «protesta». El mismo presidente del partido, Pablo Casado, llamó a los votantes del PP desencantados a que regresen al partido que ayer renovó su dirección en Cataluña. «Esta sigue siendo su casa y pueden volver a confiar en nosotros».

El grado de conocimiento público del nuevo presidente del PP catalán es inversamente proporcional a su apoyo interno. Las bases perciben en Fernández a uno de los suyos, no al enésimo dirigente colocado a dedo desde Génova para gestionar la delegación catalana del partido. Eso explica, en parte, que ningún otro candidato rivalizase con él en unas primarias que tenía ganadas desde el mismo momento en que se abrió la elección al voto directo de la militancia. La revuelta interna estaba garantizada si Dolors Montserrat aterrizaba impuesta por la dirección nacional de turno.

Pero eso no ocurrió, en buena medida por la estrecha vinculación que une a Pablo Casado y Alejandro Fernández. Amistad personal y afinidad política labrada durante los cuatro años (2011-2015) que el nuevo presidente del PP catalán pasó como diputado en el Congreso. Etapa en la que también entablaría una cercana relación con el nuevo secretario general de la formación, Teodoro García, y, en general, con la nueva hornada de dirigentes populares que, ya por entonces, planeaban una renovación del partido que creían apremiante.

Antes de que Mariano Rajoy escogiese a Albiol como su hombre fuerte en Cataluña, Fernández preparaba su asalto a la Presidencia mientras despuntaba en su Tarragona natal, donde llegaría a convertirse en primer teniente de alcalde tras alcanzar un pacto entre constitucionalistas con el PSC y la extinta Unió.

Fernández se esforzó en disimular su ambición por respeto institucional al ex alcalde de Badalona, quien, por aclamación popular y necesidad -sus dotes oratorias superaban en mucho a las de su ya antecesor-, lo acabaría promocionando en 2016 al convertirlo en su portavoz en el Parlament.

Pero el ascenso de Fernández estuvo a punto de truncarse en las elecciones autonómicas del 21-D, paradójicamente convocadas por el Gobierno del PP en aplicación del 155. El ahora presidente del PP catalán ya daba por perdido su escaño, hasta que el voto exterior lo devolvió al Parlament. Difícilmente los populares catalanes podrían haberse permitido el lujo, en sus actuales circunstancias, de tener un presidente que no fuera parlamentario y no gozase de la proyección que la Cámara catalana garantiza.

Superado el trance, Fernández se volcaría en promover la victoria de Casado, que arrasó a sus rivales en Cataluña gracias a su mediación, confiando en que el nuevo presidente del PP concedería a los populares catalanes el derecho a elegir a su nuevo líder. La estrategia funcionó y Fernández hizo cumbre.

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