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España

Análisis | A veces los delincuentes se saltan el reglamento

En Algunos hombres buenos, al marine que sostiene la existencia del «código rojo» el fiscal le lanza el grueso manual de la compañía para que le indique dónde se regula. La pregunta confunde al testigo, hasta que el defensor repregunta: «¿Y el comedor?». Tampoco está en el manual.

– Ah, entonces ¿no come?

– Sí, tres veces al día.

– ¿Y cómo sabe dónde ir?

– Sigo a los demás a la hora del papeo.

Altos y aburridos funcionarios de la Generalidad y del Parlamento han intentado desmontar las acusaciones de desobediencia y malversación enseñándonos los manuales. «Encargo formal específico», «afectación presupuestaria» o «reserva de crédito» impresionan más en un proceso contencioso-administrativo que en uno penal. Es comprensible que el defensor pretenda evitar la responsabilidad penal por la declaración de nulidad de un encargo publicitario -de anuncios extraídos de una campaña desierta y fraudulenta tramitada a una velocidad incomprensible-, sosteniendo que esto lleva aparejada la nulidad de las facturas, pero es que se juzga a personas que se han saltado presuntamente el procedimiento. El cirujano que rapta a una viandante, la introduce a hurtadillas en un quirófano y la trocea sigue siendo un asesino pese a que la víctima no rellenase correctamente el formulario de ingreso. Más aún cuando hablamos de un escenario que preveía la sustitución del aparato del Estado español, de sus organismos de intervención y control, de su Fiscalía, y del propio Tribunal Supremo, por uno paralelo controlado por aquellos que estaban dando un golpe de Estado.

Un cirujano que trocea a alguien es un asesino aunque siga el protocolo

Por lo demás, lo que resonó en los medios, en esta decimocuarta semana de juicio, fueron las collejas del presidente de la Sala a algunos testigos dedicados a hablar de su libro. No merecen comentario, habiendo otros que sí contaron cosas con relevancia jurídica y que venían acompañados por el dato objetivo de las lesiones padecidas, algunas de importancia, y por cuestiones periféricas, como edad, condición y profesión. Es el caso de la anciana que sufrió una rotura de cadera al ser -según su testimonio- arrojada al suelo; de otra que, en circunstancias similares, vio su muñeca rota; y del mecánico, afectado por un padecimiento cardiaco, que narró cómo se vio embolsado y fue golpeado tan duramente como para que le quebrasen dos costillas.

Todos los testimonios coincidieron en la inexistencia de golpes o patadas a los policías, forcejeos, escupitajos o amenazas. La mayoría ni siquiera escuchó insultos, pese a la intensidad de las agresiones que narran. Una testigo, letrada, manifestó haber escuchado sólo dos «hijos de puta» puntuales cuando centenares de ciudadanos comenzaron a ser golpeados sin provocación alguna y sin aviso; y explicó que el golpe en los testículos que un agente de Policía dijo haber recibido en ese mismo colegio seguramente se lo había dado otro policía, porque estaban «muy juntos».

Otro elemento repetido fue el de la falta de advertencia previa y de exhibición del mandato judicial. El alcalde de Callús negó conocer la decisión del TSJ y que se la comunicase el oficial de la Guardia Civil con el que habló durante unos momentos, cuando resulta que es un político, una autoridad, y esa conversación es posterior a otra, horas antes, con mossos, que también le pidieron entrar en la escuela.

Es decir, ni mossos ni guardias civiles le explicaron a qué iban. Una testigo que se encontraba dentro de un colegio, en una escalera, de la que dijo ser arrancada y arrojada por uno de los policías -«visiblemente cansados»- tiempo después de escuchar gritos en el exterior, sostuvo que si «se lo hubieran dicho», si «hubieran avisado», habría sido diferente. Que la Policía estuviese muchos minutos -y uso sus palabras- arrancando gente, golpeándola y arrojándola, no la disuadió, como sí lo habría hecho que «se lo hubieran dicho»; otro más afirmó que si la Guardia Civil hubiera anunciado que iba a «cumplir un mandato» habría bastado para abrir paso y «dejarles hacer su trabajo», que eso es lo que habían hablado, pero que no hubo tiempo porque entraron sin avisar y a golpes, aunque resulta que hubo mossos todo el día y tampoco lo consiguieron.

Una testigo: el golpe a un policía se lo dio otro policía por estar «muy juntos»

Será que estuvieron mudos. Un miembro del sindicato de maestros explicó coherentemente que Escoles Obertes no engañó a nadie, que lo que pretendían era que las escuelas no se cerrasen «por ningún poder del Estado» y estuviesen abiertas el domingo para el referéndum, puesto que conocían las instrucciones del TSJ y, sin ellas, la iniciativa no habría tenido sentido.

La coherencia, sin embargo, se fue por el desagüe cuando manifestó que el objetivo no era impedir la acción policial y que la ausencia de solicitud de permiso a los directores de los centros es producto de la moderna pedagogía, como si la ocupación no hubiese sido la mascarada evidente que el propio testigo acababa de reconocer. En fin, una semana más, claros y oscuros, que habrán de desbrozar los magistrados.

En el juicio se ha ido imponiendo una falsa dicotomía: o un movimiento espontáneo en el que millones de personas realizan actuaciones simultáneas que milagrosamente encajan, o una actuación piramidal y férrea en la que esos millones son manejados como títeres. Como si no fuera posible una situación intermedia en la que el impulso y el control de los elementos esenciales correspondiesen a ciertas élites y los partidarios del secesionismo colaborasen voluntaria e incluso entusiásticamente en diseños de terceros. Claro, esto no gusta porque no elimina la responsabilidad de los cabecillas. Sin ellos, el gran teatro del secesionismo habría sido imposible.

De hecho, esta semana vimos un ejemplo, en la declaración de una persona que participó voluntariamente en el Pacte Nacional pel Referèndum, dentro de una dirección colegiada con supuesta pluralidad ideológica y libertad plena, pero que lo hizo tras ser escogida por -usaré la terminología del fiscal Zaragoza– el procesado rebelde Puigdemont y recibir una llamada exploratoria. Supongo que esta testigo también creyó que se autoorganizaba y que no seguía a los demás a la hora del papeo.

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