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Bolivia

Anticapitalista, feminista y defensora de los derechos de la tierra, ¿quién es la reina del hip hop aymara?

Casi todos los días las calles de La Paz están abarrotadas, llenas, habitadas. Pero este viernes a la tarde noche el movimiento es especial: hace calorcito y durante todo el día hubo marchas por el clima, cortes de calle de mineros y —como siempre— vendedores ambulantes, bailes cristianos, espectáculos callejeros y minibuses que se abren paso a pura bocina. En el medio del caos, Nina Uma es totalmente ubicable: tiene unas trencitas infinitas, un turbante llamativo, pendientes prominentes, una cartera colorida y cada tanto alguien se anima y le pide una selfie.

Es la reina del hip hop aymara y está contenta. Su hijo de 7 años aprendió a andar en bicicleta y es lo primero que quiere contar. Después hablamos del fenómeno musical que representa. Y es que cuando el hip-hop nació en el Bronx neoyorquino, quizá nadie podía haber previsto que algunas décadas después llegaría al Alto boliviano. Y menos que en esa ciudad del departamento de La Paz, a 4.000 metros sobre el nivel del mar, florecerían nuevas expresiones del género hasta dar lugar a uno ‘sui generis’: el hip hop aymara.

Para Nina, el fenómeno tiene que ver con «intentos de imposiciones culturales» que no logran su cometido. Lo que sucedió con el ritmo —sostiene— es una respuesta a una lógica globalizadora que intenta hegemonizar ciertos consumos. «En el campo cultural existe lo que es la negociación, procesos que se dan de forma natural. Cuando el hip-hop llegó a sectores como El Alto, apareció una respuesta desde lo que somos. Aquí se dio la vuelta: el mensaje es ‘me encanta el hip hop pero no me olvido lo que soy‘», define.

El boom del fenómeno fue a principios de los 2000, años antes de la asunción de Evo Morales. La conflictividad social, la ‘Guerra del Gas’ (2003) y las críticas al expresidente Sánchez de Lozada eran de los temas más presentes en las letras de –por ejemplo– uno de los máximos representantes del ritmo en Latinoamérica, Abraham Bojórquez Sánchez. A casi dos décadas, hoy las letras de Nina cuestionan la desigualdad y el consumismo, reivindican lo indígena, la despatriarcalización y el derecho de la tierra. Hay partes que las canta en español. Otras, en aymara.

«Si vamos a la feria nuestro mercado
las ves por todos lados
las frutas las verduras
Sus chiwiñas, sus wawitas, pankaritas
Jisk´a wawitas lindas wawitas
Vamos a agarrar mercadería
Las mañaneras temprano es
En la Eguino ahí no más es
Baratito es

Khitisa kawqisa casera
Kunasa qawqhasa casera
Yapitay churitay casera
Que lindas son mis caseras
Llévate casera
Cómprame casera
Jach´a Casera»

[estrofas de la canción ‘Jach´a Casera’, de Nina Uma]

Sus comienzos: entre el amor, la casualidad y la valentía

‘Nina’ en aymara significa fuego. ‘Uma’, agua. Algo de eso había leído y lo quería confirmar. Cuando se lo pregunto, Nina lo confirma, se ríe y aclara. Porque si bien en aymara la traducción es correcta, en quechua la cosa cambia. «Nina sigue significando fuego pero ‘Uma’ es cabeza. Entonces es como si fueras cabeza de fuego, un fosforito, una chispita, mis amigos se ríen», cuenta.

Mucho antes de animarse a cantar, Nina estudiaba informática. Su cercanía con la música tenía que ver con que estaba de novia con Abraham Bojórquez Sánchez, líder del conocido grupo ‘Ukamau y ké‘. Su éxito a principios de los 2000 era total: compartía escenario con Manu Chao, reversionó en aymara ‘Señor Cobranza’ de Bersuit Vergarabat y sus canciones cruzaban el continente. Nina lo ayudaba con las letras y siempre se ayudaban. Incluso él la animaba:

– ¿No te animas tú a cantar?

– ¡No! ¿Yo? Ni loca, no lo voy a lograr! – respondía ella.

– ¡Pero si tienes buenas ideas! – insistía él.

La primera vez que escribió una letra completa fue en 2007. A Abraham lo habían invitado a un festival que se llamaba ‘Octubre Azul’, bajo la temática del uso y abuso que hacen las industrias del agua. «Le entregué las rimas a él pensando que las iba a cantar, pero al final él no pudo ir», recuerda. Y Nina quedó indignada porque había puesto mucho esfuerzo. Entonces decidió animarse a cantar por primera vez. Tenía algo así como una semana para prepararse, le parecía poco y le daba miedo. «Como sea, tengo que lograrlo», decidió. Y lo logró.

Creyó que cantaría esa vez y listo. Pero no. «Lo lindo es que cuando me he subido al escenario y he empezado a cantar, me he dado cuenta de que es una herramienta superpoderosa para conectarte con la gente«, lo cuenta y se ríe, como quien sabe que descubrió un tesoro. «Ahora sí, tengo el poder», pensó.

Eso fue hace 12 años. Y todavía sigue cantando. En el medio, la muerte de Abraham en un accidente de tránsito sacudió al ambiente y —por supuesto— la vida personal de Nina. A veces, incluso, todavía canta los temas del ídolo del rap andino.

Para ella, la música ayuda cambiar miradas y perspectivas. «En este mundo creo que nuestros cotidianos son muy acelerados, monótonos, de rutinas y no terminamos de ver lo que realmente está pasando. No nos da el tiempo para reflexionar. El rap es una estrategia muy buena: son pocos minutos que tienes para lanzar unas chispitas y ver si eso prende en alguna persona«, define.

Lo indígena

Nina tiene abuelos aymara (de la zona de Sorata, Bolivia) y también de origen quechua (de Potosí). De ahí proviene gran parte de su identidad. «En general, si tenemos que revisar nuestros árboles genealógicos en la humanidad, creo que todos tenemos raíces indígenas. Y yo incluso de seguro debo tener raíces españolas, es innegable que eso haya pasado en mi país, algunas incluso seguro hayan surgido de relaciones forzadas», opina.

Justamente este año se cumplen 10 de aquella Asamblea Constituyente en Bolivia que dio nacimiento a una nueva Constitución. A partir de entonces, formalmente este territorio se define como Estado Plurinacional de Bolivia. Pero, ¿qué significa?

«Los estados nacionales de lo que ahora se conoce como el continente americano, se han constituido como tales a partir de la colonización. El problema en lugares como Bolivia es que han sido cimentados por invasores sobre pueblos que existían de antes«, relata Nina. Y agrega: «Siempre las constituciones en mi país han sido debatidos por sectores que no consultaban a los indígenas. Y entonces sucedían cosas como que alguien podía pensar ‘Yo hablo Aymara y no la lengua oficial, ¿quiere decir que no soy boliviana?'», recuerda.

Además, hasta entonces solamente les contaban la historia oficial desde la creación de Bolivia. «Pero muchas de nuestras abuelas y abuelos venían de las comunidades y decían: ‘Esto no ha sido así'». Desde la Asamblea Constituyente de 2009, se reconocen todas esas culturas, pueblos, naciones, todas esas formas de entender la política, la economía, la relación entre las personas, la Justicia. «Ahí surge lo plurinacional: somos más que una nación», define Nina.

La tierra

El pasado viernes en Bolivia pero también en muchos países a lo largo y ancho de la Tierra hubo una nueva marcha de «Viernes por el futuro», el movimiento ecologista que logra popularizarse en el mundo entero. En La Paz el movimiento adquirió un tamiz particular: desde julio arde el bosque de la Chiquitania. Se calcula que ya se perdieron más de 5 millones de hectáreas y el tema es uno de los grandes tópicos que se debaten en Bolivia. ¿Cómo se cuida la tierra? ¿Quiénes la destruyen? ¿Cómo se produce?

Sobre este renacer de la ecología, Nina opina que hace falta mucho más que un ‘like’ en Facebook: «El sistema, el imperio, el capitalismo privilegia la acumulación el capital para algunas personas. Hay ciertos modelos culturales, económicos, sociales que hacen que esto gire y que no se distribuya de manera equitativa. Hay gente que tiene poca plata, muy poquitos tienen mucho».

Ese —y sólo ese— es el contexto desde el que pensar el cuidado de la tierra. «Dentro de eso están los recursos naturales, un espacio de explotación y que también está en manos de ciertas familias, ligados a los sectores económicos que privilegian los sectores de consumo», opina.

El riesgo, indica, es que esos mismos sectores privilegiados «reinventan el cuidado del medioambiente pero no desde una perspectiva correcta». Para ella, más allá de los conceptos generales como ‘¡debemos cuidar la Amazonía!’, hay que repensar la vida diaria: ¿cuánta carne consumimos? ¿qué productos súper elaborados compramos? ¿cuánto apoyo a las economías de menor escala?, entre otras preguntas. «Si no podemos conectar ese monstruo del cambio climático con nuestra cotidianeidad, no habrá un cambio verdadero«, remata.

Lo mismo, cree, sucede con el feminismo. El avance del movimiento de mujeres en Latinoamérica «tiene que ver con procesos que tenían que detonar en algún momento». Para Nina, durante años se han ocultado los sectores indígenas y el aporte de las mujeres. Y si bien se ha avanzado mucho en términos de marcos jurídicos, en los hechos reales sigue siendo una tragedia. Según el Sistema Integrado de Gestión de Causas Penales del Ministerio Público, hasta principios de agosto en Bolivia ya eran 79 las mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas.

«Este movimiento tiende a crecer porque en una sociedad sin esos equilibrios de derechos en razón de género, no estamos todos felices», dice Nina. Y recuerda los aportes de la paradigmática luchadora por los derechos de la mujer en Bolivia, la minera Domitila Barrios de Chungara.

«Ella contaba que incluso en el sector de las mujeres no todas tenemos las mismas condiciones para ir a una marcha. Hay una agenda que está universalizada pero esa agenda creo que nos falta conectarla con un contexto», agrega. Y concluye: «Si no somos capaces de conectar estas ideas con el capital no terminamos de entender lo que está pasando«.

Y canta:

«El patriarcado es el gran tirano
del capital su gran aliado
queriendo controlar mi vida,
mi cuerpo, mi sexualidad
con normas desde la moral
si las mujeres con la vida
tenemos una conexión fuerte y natural

Voces levantadas
aquí están las voces
de mujeres golpeadas
muertas y enterradas
¡somos voces indignadas!»

Julia Muriel Dominzain

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