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Argentina

Azotes con un cable, hambre y violaciones: el infierno que vivió una joven de 18 secuestrada por su novio veinte años mayor

Nadia G. estaba preocupada por su hija L., de 18 años. Cuatro meses atrás la joven había comenzado una relación con un hombre mucho mayor que ella y se habían ido a vivir juntos a una casa en Quilmes Oeste. Desde el comienzo de la relación su hija se había alejado de la familia, había cambiado sus hábitos. No iba a ningún lado sin su novio. Ni siquiera se comunicaba por teléfono. Cuando la iban a visitar a la casa del barrio Colino en Quilmes Oeste siempre atendía el hombre, les decía que L. “estaba ocupada”.

El martes por la tarde, Nadia tomó coraje, fue hasta la casa donde estaba su hija y con una excusa logró verla pocos segundos. Al despedirse con un abrazo la joven le susurró al oído: “Mama ayúdame”. Luego de escuchar la frase de su hija, dicha en voz baja y al oído para que su novio no la percibiera, Nadia fue directamente a la comisaría más cercana. Allí contó la situación y los detalles del reciente encuentro: “Como venía notando a mi hija muy extraña fui recién hasta la casa donde vive con el novio. Inventé que al hermano lo había internado. No era posible que no viniera conmigo si le decía eso. Toqué el timbre y apareció abrazada de la pareja. La vi temblorosa”, declaró a la Policía Bonaerense.

“Cuando le dije que su hermano estaba internado y que necesitaba que me acompañe, no me habló. Me respondió directamente él, el novio, y me dijo que no iba a poder ir, que estaba ocupada. A mi nena la noté muy mal. Antes de que me cierren la puerta le pedí si la podía abrazar. Me acerqué y mientras nos abrazábamos al oído le dije: ‘¿Estás bien hija?’ Y ella me dijo muy bajito: ‘Ayúdame, mamá’. Entonces, me vine directo para acá”, le relató la mujer a los efectivos que la escuchaban.

La denuncia llegó a la Fiscalía Nº1 de Quilmes a cargo del doctor Ariel Rivas, quien ordenó que de inmediato vaya un grupo de policías junto a dos testigos para constatar el estado de L.. Cuando llegaron lo atendió su pareja, Gastón Romero, de 38 años. Dos oficiales mujeres abordaron a L. La joven quebró en llanto y les dijo: “Me va a matar. Por favor ayúdenme. No se vayan. No me dejen. Me va a matar. Se los suplico no se vayan. Me tiene encerrada. No me deja salir”.

Inmediatamente se procedió a la detención de Romero. El fiscal Rivas le imputó el delito de privación ilegítima de la libertad agravada por vínculo lesiones. L. estaba visiblemente golpeada. El detenido fue llevado a una comisaría. Cuando los efectivos ingresaron a la humilde casilla se encontraron con mucha suciedad, escombros y ropa de la mujer tirada en el piso.

Hasta ese momento no estaba claro que era lo que sucedía en el lugar. Para conocerlo fue clave el testimonio que dio la víctima. Luego de ser asistida y calmada por personal médico, pudo declarar en la fiscalía a última hora de ayer.

Una alta fuente de la Justicia bonaerense que tuvo acceso al testimonio quedó sorprendido de lo que escuchó a pesar de su experiencia: “Pocas veces escuché un relato como el de esta chica. Fue sometida a las peores torturas y humillaciones. La valentía de la madre logró que se terminara el calvario que pudo haberla llevado a la muerte. Las cosas que contó fueron muy fuertes”

Infobae logró reconstruir el testimonio de L. La víctima explicó que conoció a Romero en la casa de una amiga donde vivía desde hacía pocos meses: “Tuvimos una discusión con mi mamá y me fui de mi casa. Fui a vivir con una amiga. Ahí lo conocí a él, en una reunión. Primero fue una relación de amistad y después nos pusimos en pareja. Me invitó a que vaya a vivir con él a la casa de la mamá con los hermanos. Ahí estuvimos un tiempo, unos dos meses, y después nos mudamos a donde pasó todo, que queda a la vuelta. En total desde que me puse de novia hasta ahora fueron cuatro meses”, declaró L.

Cuando L. comienza a relatar lo que vivió adentro de la casa que compartió con Romero la voz se le entrecorta y sobreviene el llanto: “Se puso muy violento. Enfermo de celos. Obsesivo. Primero me pegaba porque decía que yo había estado coqueteando con su hermano, cosa que era mentira. Nosotros íbamos a la iglesia que queda cerca, cuando volvíamos a la casa me pegaba porque decía que yo había mirado mucho al pastor. Me pegó con una herramienta”. Se refería a una pinza pico de loro que fue encontrada en la casa y con la que la golpeaba sistemáticamente. Otro detalle que surge de la declaración es que luego de herirla la encerraba en el fondo de la casa alguno días hasta que se le curaran las heridas. También relata que no la dejaba salir sola, siempre tenía que estar acompañada por él.

L. también declaró que Romero la obligaba a dormir en el piso, desnuda y que no le permitía bañarse: “Siempre descansada en el suelo. Además me hacía cocinar pero no me daba de comer. Yo no podía comer la misma comida que él, que era la que yo le hacía. Pasé mucha hambre. Cuando estaba en el piso me daba con un cable como si fuese un látigo”

Luego llegó la peor parte. Leila contó que había sido violada en reiteradas oportunidades. Incluso durante largas horas. Inmediatamente el fiscal Rivas, que había conseguido rescatar a la víctima, se desentendió de la causa como marca el protocolo y la envió a la UFI Nº8, especializada en abuso sexual a cargo de Alejandro Ruggeri.

Con la causa en sus fiscalía, el doctor Ruggeri tomó las pruebas recolectadas por su colega para cambiar la imputación inicial y transformarla en abuso sexual gravemente ultrajante en concurso real en el marco de la ley de violencia de género.

Infobae recorrió el barrio Colino donde L. estuvo secuestrada, un asentamiento ubicado en pleno Quilmes Oeste a pocas cuadras de la avenida Camino General Belgrano. Los vecinos consultados coinciden en señalar que Romero es “un hombre violento” y que ya había “golpeado a varias ex parejas”. “Con esta chica habían venido hacía dos meses. La veíamos poco a ella. Siempre estaba acompañada por él. La casa estaba siempre tapada en las ventanas. Incluso la madre de él vive acá cerca. Son gente pesada”, señala una vecina.

Más allá del testimonio de los vecinos, Gastón Romero cuenta con antecedentes. Tiene varias denuncias y causas por violencia de género de distintas mujeres que fueron sus parejas. Incluso estuvo preso dos años por lesiones graves.

El fiscal Ruggeri intentó tomarle declaración indagatoria en el día de hoy. Romero comunicó que a pesar de la recomendación de su defensor iba a hablar por qué “Dios lo obliga a decir la verdad y Dios mata abogado”. Finalmente primo la opinión del letrado y se negó a hablar.

Mientras tanto, L. se recupera asistida por la Subsecretaría de Violencia de la Municipalidad de Quilmes. Está junto a su madre y el resto de su familia.

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