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Baloncesto | El trastorno que marcó la infancia de Larkin, la sensación de la Final Four

Final Four

CSKA – Anadolu Efes

El base, que acapara los focos en Vitoria tras su partido récord del viernes, sufrió de niño el trastorno obsesivo-compulsivo: no soportaba la suciedad. Este domingo busca llevar al Efes a la primera Euroliga de su historia ante el CSKA

Larkin, tras derrotar al Fenerbahçe en semifinales. REUTERS

«Han tenido un jugador que ha estado increíble». Obradovic acabó rendido a la evidencia. El Buesa Arena, que fue su casa, gritaba MVP. La exhibición de Shane Larkin el viernes quedará para la historia de las Final Four (récord de valoración). Pocas veces se había visto a un jugador dominar así una semifinal, hacer pedazos la condición de favorito del Fenerbahçe, manejar el escenario con semejante velocidad y control.

Con el cero a la espalda y el pelo enmarañado, el pequeño base acapara los focos en Vitoria. Él y Micic son el quebradero de cabeza para el Chacho y el CSKA, su rival este domingo (20.30 h.) en una sorprendente final. Pero en la historia vital de Larkin no todo fue de color de rosas, pese a proceder de una familia ligada al deporte profesional: su padre, Barry Larkin, fue una leyenda del béisbol. Según confesó en 2018 a la ESPN, la canasta fue su gran aliada para escapar del trastorno obsesivo-compulsivo (TOC) que sufría de niño. Shane odiaba la suciedad.

«No podía apretar el botón del ascensor o el grifo para abrir el agua. ‘¡Eso está sucio!’, pensaba. Pero un día me di cuenta de que podía correr en una cancha donde los chavales se agarraban por las axilas y tocaban el balón después de haberse hurgado la nariz», admitió a Jackie MacMullan en la serie de entrevistas a deportistas que habían padecido problemas mentales. El baloncesto como solución, porque las píldoras antidepresivas sólo le quitaban energía. Larkin, por ejemplo, no soportaba que le lamiera su propio perro o que el bajo de sus pantalones rozara la alfombra. En cada trance, se lavaba las manos, hasta ocho veces seguidas, hasta tal punto que le sangraban. «Un día jugué, salí de la cancha y me comí una hamburguesa sin haberme lavado las manos. No tenía ningún sentido», reflexionaba.

Esas nubes negras levantaron las sospechas de las franquicias antes del verano de 2013, cuando Larkin fue drafteado. Porque ahora domina Europa, pero sus anhelos están en la NBA. Lo intentó una y otra vez, quizá motivado por el ejemplo de su padre. En este caso, no aguanta la comparación. Barry, estrella de los Cincinatti Reds, fue 12 veces All Star y campeón de las Series Mundiales en 1990. Pero, como en tantas ocasiones, las puertas de la mejor liga del mundo no son tan fáciles de derribar.

Aunque nació en Ohio, Shane se crió en Florida y jugó dos temporadas para la Universidad de Miami. Fue el 13 del draft de 2013 por los Hawks, y rápidamente traspasado a Dallas. Allí debutó en noviembre, tras superar una grave lesión de rodilla que se produjo en la Summer League. Después, en un movimiento en el que también fue incluido Jose Calderón, se marchó a los Knicks, donde gozó de sus mejores partidos en la NBA. También en Brooklyn rindió a buen nivel. 154 en dos temporadas que, sin embargo, no fueron suficientes para continuar.

La temporada 2016/2017 Larkin dio el salto a Europa, donde lideró al Baskonia de Sito Alonso, que se lo quiso llevar con él al Barça. De hecho, llegó a cerrar un acuerdo, que se rompió por su marcha a los Celtics. De nuevo el reto de la NBA, aunque fuera con un contrato de solo un año en el que perdía dinero. De verde, a la sombra de Kyrie Irving, su estrella perdía luz, apenas 54 partidos. Otra vez las maletas.

El base ha sido clave en el estallido del Efes -negocia su continuidad-, sobre todo en los dos últimos meses, olvidados ya los problemas físicos. Su serie de cuartos contra el Barça fue espectacular: 19,6 puntos por partido con un 50% en triples. El viernes subió la apuesta nada menos que ante la jaula de Obradovic. Ni Sloukas ni ninguno de los perros de presa pudo echar el guante a Larkin, que espera completar su obra en la finalísima.

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