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Cada jugador es único – Manuel Povea

Las leyes nos hacen a todos iguales y sin embargo, los individuos destacan, precisamente, por aquello que los hace diferentes al resto. Las reglas en un equipo de baloncesto son para todos, aunque no hay nada menos justo que considerar que todos los jugadores son iguales.

Algunos entrenadores piensan que repartir el tiempo de juego equitativamente es lo justo. Están los que entienden que son los más dotados los que deben jugar más, olvidando que difícilmente se crece sin jugar. Hay quien en nombre de la formación, resta cualquier valor a la competición, convirtiendo el día de partido en un entrenamiento al que asisten compañeros distintos. A veces cuesta conciliar los conceptos de igualdad, equidad y justicia con cada jugador.

Cada jugador es único

Yo creo que cada jugador es un caso único. Y es por ello que requiere un tratamiento exclusivo. Las normas, eso sí, deben ser para todos, pero es obligación del entrenador conocer y atender a cada jugador como un elemento único que necesita detalles singulares que serán útiles para él y quizás no para otros. Es en el establecimiento de desafíos individuales y de compromiso personal donde nace la base de la progresión de cada jugador. Donde se alimenta su inquietud por avanzar.

Nadie sabe cómo ni cuándo crecerá el joven al que entrenamos hoy, y es por eso que debemos entrenarlos a todos para su mejora en cada faceta, siempre hasta el límite de sus posibilidades. Luego la naturaleza hará su parte. El jugador necesita entender el valor de cada cosa. El valor del resultado – que puede ser ninguno -, el valor del esfuerzo y más aún, el coste de ese esfuerzo. Porque no es lo mismo el esfuerzo de unos que de otros. Por ejemplo, tendemos a considerar esforzado al pequeño que no para de correr – que lo es – y perezoso al grande con dificultades para coordinar sus zancadas.

El valor del esfuerzo no lo mide el resultado obtenido, sino que es relativo al coste que para cada cual representa realizarlo. La única manera de salir de un entrenamiento o un partido en paz contigo mismo, es la conciencia de que lo has hecho lo mejor que podías hacer, ya sea en tu físico, tu atención o interpretación del juego. Este tipo de esfuerzo es el que debemos pedir a nuestros jugadores. Parafraseando al mítico John Wooden: No se trata de ser mejor jugador que el otro, sino de ser el mejor jugador que tú puedes llegar a ser.

Cada jugador es único, y su proceso de aprendizaje también lo es. Si no le atendemos individualmente, se perderán detalles, momentos de crecimiento y oportunidades de mejora. Pero esa singularidad no puede conducir a una visión egoísta del proceso, algo que puede suceder cuando extrapolamos su evolución del contexto de equipo. Todo esfuerzo pierde sentido cuando no se enfoca en el colectivo, por grande que sea la voluntad individual de mejorar.

Manuel Povea

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