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Alemania

Combatieron a Hitler y fueron ejecutados, ahora descansan en paz

Los restos microscópicos de decenas de prisioneros, en su mayoría mujeres, que fueron ejecutados por combatir a Adolf Hitler y cuyos cadáveres fueron utilizados con fines de investigación por los médicos nazis, fueron enterrados en una sencilla caja de madera en un cementerio de Berlín este lunes.

Una placa que ofrece detalles sobre las víctimas será colocada sobre la tumba en el cementerio Dorotheenstadt, donde también están enterradas otras víctimas de los nazis. El camposanto se encuentra varias cuadras detrás del Hospital Charité, el centro de investigación médica más importante de Berlín.

Hace dos años, los descendientes de Hermann Stieve, un médico que hizo un acuerdo con los nazis para obtener los restos de los prisioneros con fines de investigación, le entregaron al hospital algunos fragmentos de los restos de los prisioneros. Habían sido asesinados en la prisión Plötzensee, que se encuentra en Berlín occidental.

Los fragmentos se encontraban en 300 portaobjetos de vidrio para microscopio; cada uno medía solo una centésima de milímetro de grosor y apenas una pulgada cuadrada de superficie.

“Con esto podemos devolverles parte de su dignidad a quienes fueron asesinados”, comentó Karl Max Einhäupl, director del Charité, en una ceremonia interreligiosa que fue seguida del entierro.

Después de recibir los portaobjetos, el hospital solicitó la ayuda del Centro Memorial de la Resistencia Alemana para analizar e identificar los restos. Pronto se dieron cuenta de que pertenecían a víctimas de los nazis, muchas de las cuales formaban parte de la resistencia política.

“Muy pocas víctimas de Plötzensee tienen tumbas”, afirmó Johannes Tuchel, director del centro de investigación, en la ceremonia a la que asistieron los descendientes de las víctimas y otros cuyos familiares lucharon en la resistencia contra los nazis.

De los más de 2800 prisioneros que fueron enviados a la guillotina o ahorcados en Plötzensee entre 1933 y 1945, solo 140 tienen una tumba, explicó Tuchel. Dijo que los nazis no querían que los prisioneros fueran sepultados por miedo a que sus tumbas se convirtieran en centros de congregación para la resistencia política.

“Ellos intentaron combatir la dictadura nazi”, agregó Tuchel. “Fueron personas que trataron de seguir siendo humanas en una época de inhumanidad”.

Stieve, profesor de anatomía en el hospital universitario, recibió los cadáveres poco después de que los prisioneros fueron ejecutados. Estaba especialmente interesado en el efecto físico del estrés y el miedo en el aparato reproductor de las mujeres.

A partir de los meticulosos registros que llevaban los guardias de la prisión, logró descubrir detalles sobre los últimos meses de vida de las víctimas que le interesaban particularmente, como la manera en la que reaccionaron a sus sentencias de muerte y cómo enfrentaron la ejecución.

Después de la guerra, Stieve continuó su investigación “y jamás se consideró culpable”, comentó Einhäupl. Falleció en 1952.

Aproximadamente 20 de las víctimas han sido identificadas gracias a sus restos.

Una de ellas fue Erika von Brockdorff, miembro de un grupo de la resistencia que la Gestapo llamó el movimiento de la Orquesta Roja. Se trataba de una red de artistas, intelectuales y estudiantes que difundieron panfletos y pósteres haciendo un llamado a la desobediencia civil. También reunieron información para enviarla a los gobiernos extranjeros en un esfuerzo por debilitar a los nazis a principios de la década de 1940.

Von Brockdorff fue arrestada en septiembre de 1942 y sentenciada a diez años de prisión en diciembre de ese año; pero los nazis, molestos porque alguien se había atrevido a desafiar su poder, exigieron una sentencia más severa. Ella fue asesinada junto con una decena de hombres el 13 de mayo de 1943, a los 32 años.

Para Stieve, ella se convirtió en la muestra número 103.

A su hija, Saskia von Brockdorff, de 81 años, la ceremonia de inhumación del lunes le dio un poco de paz y justicia. Durante años sintió que no tenía ningún lugar para llorar a su madre que no fuera el memorial de la prisión de Plötzensee.

“Cuando viví a las afueras de Berlín, solía evitar ir a ese lugar”, dijo respecto al memorial. “Siempre fue horrible”.

Después de que un ministro protestante dirigiera a los familiares en las oraciones y un rabino rezara el kadish, la oración judía para los muertos, Saskia von Brockdorff lanzó una rosa blanca a la tumba abierta donde habían colocado la caja.

“Por fin”, dijo. “Ya tengo un lugar para venir y recordar a mi madre”.

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