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El dolor no se ha ido de Armero

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Enero de 2017. Festivo de ‘Reyes’. Era un viaje que durante gran parte de mi vida quise realizar. En esa ocasión me encontraba con mis abuelos paternos, mi tía, mi primo y algunos amigos de ellos.  Una pequeña casa ubicada en las afuera de Guaduas (Cundinamarca) era el lugar que nos acogía durante los primeros días del año. No se escuchaba más que el canto de los pájaros y el vaivén de las hojas de los árboles que se movían por la suave brisa que pasaba entonces por allí. La paz que durante tantos meses había buscado, por fin la encontraba.

Pero bueno, con una camioneta a nuestra disposición tampoco era fácil decirle “no” a recorrer algunas de las carreteras que cruzan el centro del país, y que en cierto sentido no son malas. Así una mañana decidimos “arriesgarnos”. “Nos vamos para Armero”, era el pensamiento que me acompañó durante los más de 73 kilómetros que separan Guaduas del lugar de la tragedia.

En el recorrido pasamos por municipios como Honda y Mariquita; sitios en los que, como en la mayoría de los que abarcan el departamento del Tolima, se siente la hospitalidad de su gente y el calor del ambiente. Se podía sentir un clima delicioso que se mezclaba con la frescura del viento que ingresaba por las ventanas del carro.

Hola, Armero

Entre chistes y chanzas se consumió la hora y media que duró el viaje, pero, de repente, todo acabó. Lo recuerdo como si fuera ayer. Como ocurre con los barcos sobre el mar, en el horizonte de la carretera se iba vislumbrando una edificación; o más bien, las ruinas de este. Lo poco que quedaba del Hospital San Lorenzo me estremeció. En solo un segundo mi corazón sintió tristeza, melancolía y dolor.

Desde ese momento, el silencio en la camioneta fue sepulcral. Tal vez lo único que se escuchaba era el pestañear de los que íbamos allí. Nunca en mi vida un lugar me había hecho sentir tan frágil. Atónitos veíamos los restos de una edificación que otrora representaba la vida, pero que hoy tiene una connotación completamente diferente.

Ahora bien, hasta ese momento no habíamos visto absolutamente nada. Todo fue peor cuando desviamos nuestro camino, a la izquierda, hacia el interior de lo que fue Armero. Es ingresar a otro mundo.

El 6 de julio de 1986, casi un año después de la catástrofe, el papa Juan Pablo II llegó hasta lo que quedaba del municipio, y antes de declararlo camposanto, dijo:

“A medida que me iban llegando las noticias de la tragedia, tantos muertos, tantas familias destrozadas, tantos hombres y mujeres desamparados, tantos niños huérfanos, junto con mi ferviente plegaria al Señor nacía en mi espíritu el deseo de visitar los lugares en los que se hallan sepultadas miles de víctimas”.

No tengo idea si el Sumo Pontífice habrá sentido lo mismo que yo, pero solo sé que cuando puse la primera mirada sobre las decenas de cruces que se ven sobre el pasto, el “deseo” que con tanto ahínco explicaba el Papa, en mí se desvaneció. En unos cuantos pasos, Armero era el último lugar de la tierra sobre el que quisiera estar.

No puedo negarlo, sentía miedo. Sentía sobre mí las almas de las más de 25 mil personas que el 13 de noviembre de 1985 (34 años atrás) perdieron la vida. Sentía el terror que se vivió aquella noche. Sentía un verdadero dolor.

Pero, siendo testarudo, decidí acompañar a mi familia hasta el interior del lugar. Tuvimos la oportunidad (o desdicha) de ver el altar de la iglesia (lo poco que quedó en pie) y la gigantesca piedra que bajó del Nevado del Ruiz y que, tras acabar con varias viviendas, se posó sobre lo que hoy es un pastizal.

Sin embargo, lo peor de todo fue llegar hasta el sitio en el que, tras días de sufrimiento, falleció Omayra Sánchez, la niña que sin quererlo tomó la responsabilidad de convertirse en el máximo símbolo de esta catástrofe. No cabe duda que esto fue lo más desgarrador. Cientos de velas, muñecas y mensajes puestos a disposición de su memoria, terminaron de sepultar las pocas ganas que aún tenía por estar en ese lugar.

¡Respeten!

La muerte se sentía en todos lados, y, lo que es más duro, se podía ver. No aguante más y pedí a mi familia y amigos que nos fuéramos de ese lugar. No podía estar allí. No soportaba imaginar la tragedia de esa noche, ni mucho menos ser testigo del circo comercial en el que han convertido dicha miseria. Me entristecía ver cómo había escoria que ponía su bien económico por sobre la desdicha de toda una comunidad; de todo un país.

Hoy recuerdo el fragmento de un texto escrito por Francisco González, un armerita que cuenta la historia del pueblo antes de su devastación:

“No pocos armeritas nos sentimos interpelados cuando nos preguntan de dónde somos (…) Y la respuesta casi siempre es la misma: “Yo era de Armero”. No respondemos: “Yo soy de Armero”, como lo hacen la mayoría de las personas que aún conservan su territorio”.

Por esto, por Francisco y los 9 mil armeritas que, aunque salvaron su vida, lo perdieron todo, es que debemos ver a Armero con el respeto que las víctimas se merecen. Este no es una plaza de mercado, es un lugar que nos recuerda la fragilidad del ser humano ante la imponencia de un gigante natural.

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