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Sudán

Cuando una imagen dice más que mil protestas

De vez en vez, aparece una imagen que encuadra una historia humana de manera tan visceral en un momento de paroxismo social o político que se convierte en un símbolo. Ese es el caso de una foto tomada con un celular esta semana durante una protesta en Sudán contra el régimen represor del presidente Omar al Bashir, cuando las manifestaciones intermitentes que empezaron en diciembre alcanzaron un nuevo nivel de intensidad.

En la imagen, una mujer ataviada con un zaub o zobe blanco y pendientes dorados de disco está de pie sobre el techo de un auto. Se le fotografió de perfil, a mitad de su discurso, con un brazo alzado hacia el cielo y el dedo apuntando arriba y el otro brazo en la cintura, entre un mar de cabezas y brazos que enarbolaban teléfonos para capturar el momento. Lana H. Haroun la publicó el 9 de abril en Twitter y para la mañana del 10 de abril ya tenía cincuenta mil me gusta y había cobrado vida propia.

Aunque desde entonces se ha identificado a la oradora como Alaa Salah, una estudiante de 22 años, algunas personas la han llamado la Estatua de la Libertad Sudanesa y otras simplemente la Mujer en el Zaub Blanco. De cualquier modo, su imagen ha resonado mucho más allá de su lugar de origen.

“Estoy muy segura de que será la imagen de la revolución”, dijo Hind Makki, una educadora contra el racismo sudanesa-estadounidense de Chicago que compartió la foto en todas sus redes sociales.

No fue la única que lo creyó así.

Parte del poder de la imagen, argumentó Makki, se deriva del simbolismo inherente en la fotografía y mucho de él se encuentra en la taquigrafía visual de lo que Salah lleva puesto.

Sus pendientes, que reflejaban luz, dijo Makki, son accesorios tradicionales de boda que simbolizan la feminidad. El zaub o zobe blanco, una prenda que ya no es popular entre las jóvenes sudanesas (que lo asocian con una generación mayor), reflejaba la conexión con las madres y abuelas “que vestían así cuando marchaban en la calle contra las dictaduras militares previas”.

El zaub blanco también, dijo Makki, ha sido una prenda democrática que llevan secretarias y abogadas por igual. Y el blanco es el color adoptado por las estudiantes que empezaron a protestar en marzo, cuando muchas ocuparon la Universidad Femenina de Ahfad (AUW) y llevaron zobes blancos e inspiraron a otras a mostrar su apoyo con prendas similares (y a través de una etiqueta).

Desde entonces, a estas mujeres de blanco se les ha llamado a menudo Kandakas, una referencia a las antiguas reinas nubias, lo que conecta su poder con el poder de las mujeres que ahora ayudan a liderar las protestas.

Y aunque, como Makki ya ha señalado, estas referencias le dan al blanco su propia historia en Sudán, también se le ve generalmente como el color de los nuevos comienzos, el color de las sufragistas en Estados Unidos y Gran Bretaña, el color adoptado recientemente por las congresistas estadounidenses que asistieron vestidas de blanco al informe del presidente Donald Trump a principios de año para demostrar su solidaridad y momento de cambio.

“La respuesta ha sido fenomenal”, dijo Makki de la reacción a sus publicaciones. “Es un poco abrumador”.

Policías antidisturbios corrieron hacia Ieshia Evans durante una protesta contra la brutalidad policiaca afuera del Departamento de Policía de Baton Rouge en Luisiana en 2016. Jonathan Bachman/Reuters

La respuesta a la imagen de Haroun la ubica con fuerza en la misma línea que una serie de imágenes que se han vuelto sinónimo del momento histórico que representan, incluida la reciente de una “Mujer en un vestido de verano” que se enfrentó a la policía antimotines en Baton Rouge, Luisiana, en las protestas de 2016 contra el tiroteo de Alton Sterling —en cuya muerte estuvieron involucrados dos policías—; la de la “Mujer en un vestido rojo” que volteó la cabeza cuando la policía de Estambul tiraba gases lacrimógenos a los manifestantes de una marcha en 2013; la de un joven en manga corta que encaraba a los tanques que avanzaban sobre la Plaza Tianamén de Pekín en 1989.

Una manifestante se voltea conforme los policías antidisturbios turcos rociaban gas lacrimógeno durante una protesta en 2013 en la plaza Taksim de Estambul. Osman Orsal/Reuters

En cada caso, el poder de las imágenes se deriva en parte de la naturaleza cotidiana del individuo, que no va armado con equipamiento defensivo ni con uniformes militares que despersonalizan, sino vistiendo ropa de diario.

Es una de las muchas formas en que los espectadores se conectan con las personas en el cuadro, que se sienten cercanas y reconocibles porque visten colores y prendas reconocibles.

Un manifestante bloquea el avance de un convoy de tanques cerca de la Plaza Tiananmén en Pekín en 1989. Bettmann Archive vía Getty Images

Y no es un accidente que nos refiramos a dichas fotografías con los nombres de las prendas involucradas. No se trata solo del modo en que identificamos las fotografías, sino del modo en que nos identificamos con ellas.

De hecho, aunque algunos comentarios en redes sociales han expresado molestia sobre el hecho de que hizo falta una fotografía para captar la atención mundial hacia Sudán, Arthur Asseraf, un historiador de la Universidad de Cambridge en el Reino Unido, escribió en reacción a la imagen de Haroun: “Esto es increíblemente frustrante. Pero también es muy útil. Las imágenes de estas mujeres son un gran recurso estratégico para que estos movimientos llamen la atención. ¡Así que vístanse y salgan! ¡Usen sus teléfonos! ¡Aprovechen los medios de representación!”.

El efecto, como escribió Susan Sontag en su ensayo Sobre la fotografía, es “democratizar todas las experiencias traduciéndolas a imágenes”.

Hay un hilo conductor que une una imagen impresa en la memoria con la siguiente, un sentido compartido de sororidad y humanidad, aunque hayan sido tomadas en distintos momentos y a océanos de distancia.

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