Del 'boom' de la construcción a la era de los peones digitales

Los mensajeros de Glovo, como el de la foto, son sobre todo jóvenes que no encuentran trabajo. Cobran entre tres y cinco euros por recado. ANTONIO HEREDIA

Llega al volante de un VTC, es decir, un «vehículo de alquiler con conductor», como oficialmente los llaman Uber y Cabify. Ambas firmas operan a través de una red de empresarios que compran vehículos y licencias y buscan conductores, quienes reciben clientes a través de una App. En sólo un año, ha cambiado cuatro veces de empresario y también de marca -de Uber a Cabify y viceversa- por su descontento con las condiciones. «En el primer sitio el sueldo era de 1.050 euros, pero había que facturar 3.600 euros y sólo podía gastar un 10% de gasolina. Trabajaba 12 horas y aunque llegaba a los 3.600 de facturación siempre me pasaba con la gasolina. Un mes cobré 700 euros, al siguiente 740… Dije: “Me voy, no puedo quedarme aquí”», relata sus primeros pasos en Uber.

Tiene 39 años, esposa y dos hijos, emigró a España desde Brasil en 2000 y pide que no se muestre su rostro ni su nombre «para no tener problemas con la empresa». Llamémosle Joao. Joao llega a estas páginas en la búsqueda de una persona cuyas vida profesional en la última década sirva de hilo conductor para contar cómo era el mercado laboral español en 2008, cómo ha evolucionado en los años siguientes y cuál es su estado de salud hoy, al cumplirse el décimo aniversario de la crisis.

La trayectoria de Joao encaja perfectamente en el análisis grueso de lo sucedido que elaboran los expertos. Inmigró a España en los años de bonanza y se empleó en el sector de la construcción, pero la explosión de la burbuja inmobiliaria lo arrojó al desempleo, y 10 años después aún no ha reconducido su vida laboral.

La única salida que ha encontrado es como conductor a través de las controvertidas apps y plataformas digitales, inexistentes en aquel 2008 y acusadas de ser uno de los principales focos de precariedad laboral en la actualidad. Los mensajeros en bicicleta de Deliveroo o Glovo, los conductores de Uber o Cabify o los albañiles que se ofrecen para chapuzas a través de Taskia o Jobin, quienes trabajan sin relación contractual con la empresa y, por tanto, escasean sus derechos laborales. Los sindicatos se refieren a este gremio emergente como el «feudalismo digital» y a los trabajadores como Joao como «peones digitales».

Miremos primero por el espejo retrovisor del Uber de Joao y regresemos a la antesala de la crisis. En 2007 el primer Iphone acaba de salir al mercado y la posibilidad de pedir un vehículo con conductor mediante una apps en móvil es una entelequia; el Pocero desayuna pan bimbo con caviar mientras levanta una ciudad –Seseña (Toledo)– en medio de la nada; 920.000 inmigrantes llegan ese año a España atraídos por la enorme demanda de trabajo de proyectos urbanísticos como el suyo.

Joao fue los pioneros. Aterrizó en Madrid en julio de 2000, cuando se iniciaban 600.000 casas al año. «Llegué a las seis de la mañana y a las diez ya estaba lijando la pared en la obra de una vivienda», cuenta. Da fe de la voracidad con la que el sector de la construcción absorbía entonces mano de obra la economista Sara de La Rica, catedrática de Economía de la UPV-EHU y de la fundación Fedea. «En 2008 el mercado laboral español llegó a tener 20 millones de personas empleadas. Había absorbido en ocho años -desde 2000- cinco millones de personas provenientes fundamentalmente de Marruecos, de América Latina y de Rumanía y Bulgaria. El PIB crecía con fuerza y el mercado laboral también».

La radiografía de esta aparentemente idílica situación previa a la crisis es la siguiente: 20.620.000 ocupados en el último trimestre de 2007 -récord histórico de los últimos 30 años- y una tasa de paro del 8,57%. La economía doméstica de Joao era igual de saludable. «Trabajaba como pintor y con las horas extras ganaba 2.000-2.100 euros al mes», cuenta.

«La caída de Lehman Brothers [15 de septiembre de 2008] cambia radicalmente esta situación», explica De la Rica. «La burbuja inmobiliaria se explota y ello arrasa en primer lugar el sector de la construcción. Más de dos millones de empleos se pierden en los primeros años de la crisis en este sector». En total desaparecen cuatro millones de empleos. Había 2.679.500 personas trabajando en la construcción antes de la crisis; hoy son 1.151.900.

Entre los despedidos, Joao, quien, sin embargo, encontró una oportunidad en el apocalíptico panorama. «Me hice autónomo y comencé a enviarles la mudanza por container a los brasileños que se marchaban». Entre 2012 y 2015 calcula que envió unos 500 containers, el 85% llenos con las pertenencias de los compatriotas que retornaban por la crisis. Según el INE, entre 2008 y 2012, 1.300.000 extranjeros se dieron baja en el padrón y se marcharon de España. Entrado 2015, a Joao se le agotó el negocio justo cuando los indicadores económicos comenzaban a dibujar líneas ascendentes. «Desde el inicio de 2014 comenzamos a ver la recuperación de la actividad económica y el empleo y llevamos ya un periodo dilatado, con más intensidad en 2015, 2016 y 2017, donde se han creado más de 500.000 empleos al año, lo que ha permitido recuperar dos millones de empleos respecto al periodo anterior. Si tenemos en cuenta que la cifra de empleo de 2008 era artificial por la burbuja inmobiliaria, yo diría que la situación actual está muy cerca a la previa a la crisis», dice Valentín Bote, director de Randstad Research.

Puestos de trabajo perdidos

El número de ocupados en España en la actualidad -primer trimestre de 2018- es de 18.874.200, es decir, 1.843.700 menos que al inicio de 2008. Y la tasa de paro alcanza el 16,74% prácticamente el doble que a finales de 2007. «Hemos recuperado algo más de la mitad de los puestos que se perdieron», explica Sara de La Rica. «Sin embargo, se han producido cambios profundos: En primer lugar, muchos trabajadores de la construcción que perdieron su trabajo se han cronificado en el desempleo o han cambiado de sector, teniendo unas condiciones laborales en general muy inferiores. En segundo lugar, aquellos que han sido contratados a partir de 2012 en general lo han hecho bajo una fuerte devaluación salarial y con condiciones más flexibles para el empresario. En tercer lugar, el turismo está tirando con enorme fuerza en nuestro país, y este vuelve a ser un sector que emplea mucha mano de obra poco cualificada».

Que las cifras de empleo no hayan alcanzado aún los niveles previos a la crisis no es lo que más preocupa a los expertos sino que los puestos de trabajo que se han creado son más precarios: mayoritariamente contratos temporales y de jornada parcial y mal pagados. En 2017, se firmaron 19,5 millones de contratos temporales por 1,2 millones de indefinidos. Los trabajadores a tiempo parcial suman hoy 2.814.300 -382.100 más que hace una década- y aun ha crecido más el número de quienes están en esta situación no por gusto, sino por no haber podido encontrar trabajo a jornada completa: 774.000 en 2008; 1.540.400 ahora. La precariedad es especialmente visible en los empleos que se generan a través de las plataformas digitales.

Carlos Gutiérrez es secretario de Juventud y Nuevas Realidades del Trabajo de CCOO. Su segunda función -Nuevas Realidades del Trabajo- se creó hace sólo un año precisamente por la necesidad de cubrir a estos recién nacidos «peones digitales». «Las plataformas llevan pocos años implantadas en muy pocas capitales pero se expanden rápidamente a otras y a todo tipo de tareas. Sus trabajadores, como los riders [los mensajeros en bici o motocicleta], no tienen los derechos que recoge el estatuto de los trabajadores porque la plataforma no reconoce relación laboral con ellos. Además, las condiciones mutan de forma muy rápida. La justicia y las organizaciones no vamos a la par de los cambios que se producen en este tipo de entornos laborales».

Sólo en los últimos meses el número de las licencias VTC concedidas por las comunidades autónomas a Uber y Cabify han aumentado un 37,2% pasando de 7.821 en mayo a 10.731 en agosto. El incremento ha recrudecido la guerra con el sector de taxi que ha llevado a cabo recientemente una huelga en plena operación de salida de vacaciones.

La primera sentencia judicial que da la razón a los peones digitales la emitió este junio el juzgado de los social número 6 de Valencia al considerar improcedente el despido de un rider de Deliveroo y estimar que en realidad era un trabajador por cuenta ajena. El denunciante se llama Víctor Sánchez y tiene 28 años. Los riders son mayoritariamente jóvenes como él. En su franja de edad -de 25 a 29 años-, antes de la crisis el desempleo se situaba por debajo del 10% mientras que actualmente está en el 21,7%. Los jóvenes y los trabajadores poco cualificados, sobre todo los mayores de 40 años, son los colectivos más vulnerables del mercado laboral. Entre los segundos se encuentra Joao, quien espera tiempos mejores al volante de un VTC por menos de 1.000 euros al mes. «Muchos inmigrantes como yo y gente que se quedó sin trabajo por la crisis, que está a unos años de jubilarse y esta es su única opción», dice sobre el perfil de sus colegas de profesión.

Joao pasó de la construcción a conductor de Uber. | SERGIO ENRÍQUEZ-NISTAL

También puede interesar

Dejar un comentario