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TV/Cine

Dickinson, la apuesta de Apple TV+ por una protagonista rebelde y bisexual para las nuevas generaciones

El pasado 1 de noviembre Apple lanzó por todo lo alto su nuevo servicio OTT, Apple TV+. La compañía creada por Steve Jobs se suma así a la guerra del streaming, con una plataforma que viene avalada por grandes nombres del entretenimiento como Steven Spielberg, Oprah Winfrey o M. Night Shyamalan. Para hacer competencia a Netflix, Amazon y Disney+, Apple no ha reparado en gastos a la hora de contratar talento para desarrollar sus primeras series originales, algo que salta a la vista. Según los rumores, The Morning Show, drama periodístico con Jennifer Aniston, Reese Witherspoon y Steve Carell, le habría costado 14€ millones/$15 millones por episodio (vía Variety), una cifra desorbitada que viene a representar la gran apuesta de la compañía por el futuro de la televisión.

Los grandes nombres de The Morning Show, junto al gancho de Jason Momoa, que protagoniza el drama distópico See tras el éxito masivo de Juego de Tronos y Aquaman, son los señuelos diseñados para atraer a la audiencia a la plataforma. Pero su joya oculta es una serie mucho más pequeña y discreta: Dickinson. Esta comedia de época producida y protagonizada por la nominada al Oscar Hailee Steinfeld parte con la ventaja de no enfrentarse a grandes expectativas o campañas de promoción sobredimensionadas, con lo cual ha podido convertirse en la verdadera revelación del lanzamiento de Apple TV+ y el mejor título de su (por ahora) escuálido catálogo de productos originales.

Como indica su título, Dickinson narra la vida de una de las poetas más celebradas de la literatura norteamericana, Emily Dickinson. Creada por Alena Smith (coproductora y guionista de The Affair), la serie nos sumerge en la vida de la escritora a mediados del siglo XIX para llevar a cabo una relectura en clave moderna de su privilegiada pero encorsetada adolescencia en Nueva Inglaterra. Basándose en los escasos datos que conocemos sobre ella, tomándose bastantes licencias para rellenar los huecos y apoyándose fuertemente en sus poemas, Dickinson construye un homenaje a la poeta que sirve a su vez como retrato de la adolescencia y las nuevas generaciones, en un ejercicio similar (salvando las distancias) a lo que Sofia Coppola hizo con María Antonieta.

La primera temporada, que consta de 10 episodios de media hora de duración, sorprende por un tono mucho más cómico del esperado. La serie se adentra a menudo en terreno excéntrico con pinceladas de surrealismo y humor absurdo que la acercan por momentos a la parodia de Another Period. Pero en realidad con el género con el que tiene más en común es la comedia teen moderna. Dickinson es al fin y al cabo la historia de una adolescente adelantada a su tiempo que se rebela contra una sociedad que la oprime y decide hacer caso omiso a sus normas para perseguir su pasión. Steinfeld, que da vida a la poetisa con la frescura y el entusiasmo que se espera de ella, interpreta a Emily como si se tratara de la protagonista de una historia coming-of-age, personificando a la perfección la inquietud y el dolor de Emily mientras atraviesa una etapa de cambio y confusión, algo en común con sus papeles en Al filo de los diecisiete o Bumblebee.

Emily Elizabeth Dickinson nació en Amherst, Massachussetts en 1830 y murió en el mismo lugar en 1886. Tal y como nos muestra la serie, la poeta creció en el seno de una familia acomodada y de prestigio. De personalidad excéntrica y con tendencia a recluirse en casa, Dickinson no llegó a casarse nunca y mantuvo sus principales amistades mediante correspondencia. La serie también respeta el hecho de que durante su vida apenas se publicó una docena de los miles de poemas que había escrito en la intimidad de su hogar, siendo su obra descubierta tras su muerte. A través de los versos que aparecen sobreimpuestos en pantalla -como si fueran mensajes de texto en una serie de instituto moderna-, Dickinson celebra la poesía de la autora envolviéndonos en sus rimas imperfectas, su extraña puntuación y su embriagador romanticismo, descubriendo de esta manera su obra a las nuevas generaciones.

Por lo demás, Dickinson respeta a grandes rasgos los datos biográficos y familiares que conocemos de la autora. Su familia profesaba la religión protestante. Su posesivo padre, Edward Dickinson, era abogado de la Universidad de Yale, fundó una línea ferroviaria y su carrera política lo llevó hasta el Congreso. Su madre, Emily Norcross Dickinson, dedicó su vida a cuidar de su hogar y sus hijas. Emily tenía dos hermanos, uno mayor, Austin, y una menor, Lavinia, que fue quien halló todas sus poesías tras su muerte y se convirtió en la primera editora de su obra. Todo esto aparece reflejado en la serie, cuya mayor licencia es quizá la forma en la que reconstruye la que muchos creen que es la gran historia de amor de su vida: la que vivió con Susan Gilbert, amiga íntima que más tarde se convertiría en la esposa de su hermano.

Se cree que Sue (como se la llama en la serie) es la destinataria de casi trescientos poemas de Emily, y que su amor era correspondido. Dickinson nos muestra esta relación amorosa de forma abierta, pero también le otorga a la protagonista un interés amoroso masculino (Ben Newton también formó parte de su vida real, aunque no está claro si mantuvieron un romance), retratando a Emily Dickinson explícitamente como bisexual.

Lo más llamativo de Dickinson es cómo moderniza la historia de Emily Dickinson mediante anacronismos que resultan chocantes al principio pero que, una vez acostumbrados, le imprimen mucha personalidad. La serie está ambientada en el siglo XIX y es acorde a la época en muchos aspectos (vestuario, escenarios, contexto histórico), pero la trae a nuestros días tratando temas como el feminismo, la orientación sexual o el slut-shaming desde una perspectiva actual (algo parecido a lo que también hace Anne with an E con Ana de las Tejas Verdes), haciendo que sus protagonistas hablen como los adolescentes de 2019 (abusan del “like” y utilizan expresiones como “cool”, “woke” o “no spoilers”) y acompañándola de una selección de canciones de hip hop y pop rock y una banda sonora electrónica que la acerca a Euphoria. Una combinación cuanto menos llamativa que nos deja una serie de época distinta, estimulante y arriesgada.

De forma similar a las recientes Historia de una pasión y Wild Nights with Emily, Alena Smith creó este nuevo retrato de Emily Dickinson basándose en recientes estudios sobre su figura, que contradicen la tradicional imagen frágil y virginal de la escritora, y en su lugar presentan a Emily Dickinson como una mujer rebelde, atrevida y muy queer que plantó cara a la sociedad y a su familia, desafiando las expectativas impuestas a las mujeres (dedicar su vida a criar hijos y servir a su marido) para centrarse en su propósito de convertirse en la mejor poeta de su país. Partiendo de esta idea, Smith reimagina la juventud de Emily en la era pre-Guerra Civil como un relato moderno sobre una joven radical e incomprendida que se obsesiona con el futuro, la muerte y la inmortalidad. No es de extrañar que a lo largo de la primera temporada suene varias veces la cantante de moda de la Generación Z, Billie Eilish, cuyas canciones Bury a Friend y All the Good Girls Go to Hell parecen haber sido escritas para la serie, ya que expresan perfectamente el tormento interior de la protagonista.

Con un estilo visual precioso, Dickinson incorpora escenas fantásticas con las que exterioriza los pensamientos y delirios de Emily Dickinson, como visiones que la llevan en un paseo en carruaje con la mismísima Muerte (interpretada por el rapero Wiz Khalifa) o conversaciones con una avispa parlante gigante (no se nos escapa la ironía de que Steinfeld protagonizase recientemente Bumblebee, de la saga Transformers). Pero estas digresiones (que no obstante se inspiran directamente en su obra), junto a los diálogos modernos, los guiños a la política actual, las aventuras de Emily y Sue disfrazadas de hombre al ritmo de Boys de Lizzo o las fiestas desenfrenadas en casa de los Dickinson con twerking incluido, son ornamentos (muy divertidos) para lo que es en realidad una reconstrucción de la vida de la poetisa más fiel a la realidad de lo que parece.

La primera temporada de Dickinson sorprende por su combinación de rigor histórico y un estilo llamativamente moderno con el que su creadora nos habla de problemas de hace más de un siglo que siguen vigentes en la actualidad. Aunque su tono entre el drama adolescente y la comedia disparatada puede chocar al principio, Dickinson acaba encontrando su voz precisamente en esos contrastes. La serie está llena de momentos divertidísimos (a destacar la aparición de Zosia Mamet como Louisa May Alcott y el hilarante origen de Mujercitas, justo cuando la versión de Greta Gerwig está a punto de llegar a los cines), detalles muy meta (hay una parodia deliciosa de las series de Aaron Sorkin) y frases para bordar y enmarcar en todos los capítulos (“Este club de Shakespeare tiene demasiado drama”). Feminista, excéntrica y en última instancia profundamente emotiva, Dickinson es una serie en la que las normas están para saltárselas y puede pasar cualquier cosa. Es decir, el homenaje perfecto a una voz única.

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