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Ecuador - Templo del Sol galería de Cristóbal Ortega, uno de los pintores más veloces del mundo
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Ecuador – Templo del Sol galería de Cristóbal Ortega, uno de los pintores más veloces del mundo

Cristobal Ortega Maila, oriundo de Collacoto, una comunidad del Distrito Metropolitano de Quito (Ecuador), tiene la capacidad de pintar un cuadro en pocos minutos con su técnica de ‘dactilopintura’, es decir, usando sus dedos como herramienta para aplicar la pintura en el lienzo.

Templo del Sol galería de Cristóbal Ortega

La semana pasada recibió en su taller, ubicado al lado de su Museo Templo del Sol, a unos 17 kilómetros al norte de Quito, a estudiantes de secundaria, ante quienes pintó un paisaje con cielo, árboles, río y aves volando, mientras les explicaba lo que hacía en aproximadamente dos minutos.

Este maestro de la dactilopintura, quien nació el 24 de octubre de 1965, registra su primer contacto con el arte a los 8 años. «En el campo empieza mi vida de manchas, de garabatos. Me llamó siempre la atención las semillas de los árboles, las diluía en mis manos, veía los colores de la naturaleza y luego iba a manchar», explica en entrevista con este medio.

Relata que también aprovechaba el barro, luego de los aguaceros, para hacer obras con ese material. Cuando estaba en sexto grado de básica, comenzó a «hacer dibujos, copiar de los libros de estudio», cuenta el artista, señalando que fue incentivado por su maestro de entonces Leonidas Zambrano, quien le decía que «era un buen dibujante».

Aventura fuera de casa

A los 14 años, por una discusión familiar, Ortega se va de casa. Se refugia en el Centro Histórico de Quito y durante tres meses deambuló en la calle, junto con otros niños y adolescentes, durmiendo en los grandes portales de la zona.

Ahí —cuenta— tomaba carbones de la madera que quemaba en las noches y «recreaba lo que veía en el piso, cartones, papeles blancos, lo que encontraba». En una oportunidad, se acerca una señora y le pide que le dibuje el retrato de una niña, accedió y vendió su primera obra, que hizo con carboncillo sobre cartulina blanca.

«Eso marcó mi vida artística», dice Ortega, quien comenta que comenzó a observar y a relacionarse con otros artistas que estaban de paso por Quito y hacían dibujos en el Centro Histórico. «Ahí empiezo a conocer los materiales, pinceles, el lienzo, acrílicos, la espátula, que en el campo no veía, y comienzo a trabajar con ellos y con las diferentes técnicas que aprendía».

Aunque probaba esas nuevas técnicas, «regresaba a mis dedos, mi forma de pintar», menciona. Desde entonces, comenzó a hacer ‘mixtura’, una mezcla de varias técnicas; y, sobre lienzos, empezó a dibujar otras temáticas, como paisajes, «una pintura más comercial, lo que le gusta a la gente» y se dio cuenta que podía vivir del arte.

Mientras pintaba en la calle, estudió en el Centro de Extensión Cultural Universitaria (CECU), al que acudían quienes no podían acceder a la universidad. «Estudié pintura, de noche, durante tres años», dice Ortega, que enfatiza: «Poco me sirvió, creo que he roto todos esos paradigmas de la técnica, hago lo que siento».

Su primer taller lo tuvo a los 16 años, frente a la Universidad Central de Ecuador (UCE) en Quito, un espacio que le cedió el artista colombiano Aurelio Hurtado, quien también le enseñó algunas técnicas de pintura antes de partir a su país.

Luego recorrió todo Ecuador, principalmente iba a las fiestas de cada ciudad a exponer y vender sus obras.

El Guinness

Cuando tenía 19 años, Ortega recibe una invitación para viajar a EE.UU. y exponer su arte. «Un señor en la calle me compró mis obras y resultó ser dueño de una galería en Nueva York, que estaba ubicada en una de las Torres Gemelas, hice mi primera exposición internacional ahí», explica.

Decidió quedarse en ese país y se estableció en Los Ángeles, California; ubicó su estudio de arte en Hollywood y recibió más invitaciones de otras galerías para exponer sus obras.

«En ese trajinar del arte, me grabaron para el récord Guinness«, cuenta Ortega, cuya hazaña fue hacer 100 pinturas en una hora. Sobre ese reconocimiento, dice no interesarle mucho ni haberle brindado mucha atención. «Ni siquiera sé si estoy en el libro. Los medios, la gente… son los que me han catalogado como el artista, el pintor más veloz del mundo».

En 2014 alcanzó otra hazaña, cuando fue invitado por la organización del Miss Universo para pintar un mural ante las candidatas en uno de los eventos preliminares del concurso. Fue una pintura de 6×2 metros, que la hizo en aproximadamente siete minutos.

«El arte es medicina»

Pese a esa velocidad para pintar, Ortega aclara que «el arte no es rapidez, el arte son sentimientos, son momentos» y señala que, aunque le gusta brindar espectáculos de realización de cuadros al momento, el resto de obras que expone tienen un «proceso de investigación», es «un arte más detallado, con más creación» e, incluso, invitan a la reflexión.

Entre sus colecciones figuran ‘Vivencias’, que incluyen algunos cuadros vinculados a su familia, al ambiente de donde salió y al que llegó; ‘Hacia la luz’, que es una búsqueda hacia la esperanza y en cuyos lienzos se puede apreciar la presencia del sol, la luna y ese deseo de las personas de conducirse hacia ellos; ‘El reencuentro’, que recoge danzas, rostros, fiestas y tradiciones de distintos lugares que ha recorrido, incluyendo su pueblo; ‘En peligro de extinción’, que hace referencia a guerras, industrialización y destrucción de la naturaleza y la sociedad, parte de ella está inspirada en una visita que hizo al Museo del Holocausto de Berlín, Alemania.

En sus viajes hizo una investigación de templos milenarios, visitó estos sitios en México, Guatemala, Perú, Bolivia y Ecuador. «Empiezo a ver las vasijas, las obras de arte que tenían, mi sangre, mi pueblo», dice. De esa inspiración nació su colección de «arte ancestral», con énfasis en la «cosmovisión andina», que también expuso con éxito en diferentes partes del mundo.

Actualmente, refugiándose cada semana en el Área de Conservación y Uso Sustentable Mashpi, dentro del Distrito Metropolitano de Quito, trabaja en sus obras para su colección sobre «el espíritu de la naturaleza».

«El arte es aprendizaje, sigo creando; el arte es medicina, alegría, tristeza», dice.

De una «espinita» al Templo del Sol

Ortega cuenta que antes de partir a EE.UU., a temprana edad, quiso exponer en la Casa de la Cultura Ecuatoriana Benjamín Carrión de Quito, pero le negaron su petición: «Yo, emocionado, pensé que ese lugar era para fomentar a los artistas jóvenes y no, era para gente con trayectoria, profesionales, yo era un artista autodidacta que me estaba formando».

Tras el rechazo, y con su viaje en puertas, se dijo: «Voy a volver y voy a hacer mi propio espacio». Quedó «con esa espinita [expresión que denota dolor, tristeza]».

Al volver al país, algunos años después, visitó los santuarios sagrados, investigó sobre la cultura y el arte ancestral y determinó hacer un templo con la cosmovisión y arquitectura de sus antepasados. «Para eso me tuve que nutrir, estudiar y con los permisos de ‘los abuelos’ (ancestros) decidí recrear este espacio», que hoy es el Museo Templo del Sol.

Escogió para su emplazamiento un lugar cercano a la ‘mitad del mundo’, en las faldas del volcán Pululahua, uno de los dos únicos volcanes habitados del planeta. «Es un sitio estratégico, energético, espiritual», dice. La construcción del Museo Templo del Sol comenzó en la década de 1990 y en el año 2000 abrió al público.

El Taita Inti

El templo es un lugar que hace reverencia al Padre Sol (Taita Inti) y a la cultura ancestral andina.

«Para nosotros, el Taita Inti, que ilumina la tierra, es sagrado; si una milésima de segundo dejara de iluminar, nos congelaríamos», menciona el entrevistado, añadiendo que el Templo del Sol «es el único sitio sacro del continente donde se puede palpar la luz solar entrando perpendicularmente».

En el centro de la edificación, que es de tres pisos, hay una inmensa vasija, desde la cual se levanta una máscara del astro rey, que, a su vez, recibe la luz natural que proviene del exterior. En ese primer piso también hay un cuarto de relajación, en el cual invitan a meditar, con rocas y plantas de la región.

En el templo —dice Ortega— se ha enfocado en socializar cuatro fiestas, que son parte de la cosmovisión andina:

  • 21 de marzo, Mushuk Nina o, en español, Fuego Nuevo, que es el inicio del año indígena. Aunque desde febrero hasta ese día se celebra el Pawkar Raymi, que es la época del florecimiento de las plantas, que ya se están llenando de frutos.
  • 21 de junio, el Inti Raymi o, en español, Fiesta del Sol. Se ofrecen al astro rey los productos que han cosechado.
  • 21 de septiembre, el Koya o Kolla Raymi. Fiesta del fin de la preparación del suelo e inicio de los cultivos. También es el comienzo de la vida, por ello, en esas fiestas, se exalta a la mujer como expresión de la fertilidad.
  • 21 de diciembre, el Kapak Raymi. Es la fiesta donde las plantas están en crecimiento. Celebran además la juventud, el paso de niños a adolescentes y de adolescentes a adultos.

También esculpe

Los pisos restantes son una galería de arte, en el que Ortega exhibe parte de sus colecciones, pero no solo de pintura, sino de esculturas, profesión a la que también se dedica.

Entre esas esculturas está la colección ‘Despertar de los Espíritus’. Ortega hizo, en roca andesita (piedra volcánica), los rostros de los grandes líderes indígenas del continente, como Atahualpa, Rumiñahui o Tupac Amaru, entre otros.

Al lado del templo está su taller de pintura, donde cada fin de semana comparte con el público sus habilidades. Y en las afueras se pueden observar grandes escaleras de piedra y otras esculturas realizadas por el artista, sobre diferentes temáticas.

El lugar es visitado por un promedio de 500 personas semanalmente. «Lo estoy disfrutando con la gente del mundo que les gusta nuestra esencia, nuestra raíz, me siento satisfecho porque estoy viviendo ese sueño que tuve años atrás», dice Ortega.

El pintor y escultor, dejó a un lado el «resentimiento» —dice— y, aunque ya cuenta con su propio espacio de exposición, accedió, luego de varias invitaciones, a exhibir sus obras en la Casa de la Cultura Benjamín Carrión de Quito, institución que, además, publicó en 2017 un extenso libro y catálogo sobre el trabajo de este ecuatoriano, titulado ‘Retrospectiva, Ortega Maila’. «Creo que ya estoy en paz», comenta.

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