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El diablo de al lado, cuando un vecino pudo haber sido uno de los guardias más crueles del Holocausto

Dolor. Mucho dolor. Es lo que transmite El diablo de al lado, la docuserie de Netflix que relata cronológicamente la más de dos décadas de juicio que vivió John Demjanjuk, un guarda ucraniano que sirvió en campos de concentración nazis en Polonia. O eso dicen. Un relato increíble que entre testimonios del pasado, entrevistas actuales e imágenes de archivo siembra la duda en el espectador solo para culminar clavando una daga en la historia del mundo.

Formada por cinco episodios, El diablo de al lado no es fácil de ver. Cuenta con imágenes jamás vistas de los campos de concentración polacos y testimonios de unos supervivientes entrados en edad que transmiten el dolor grabado a fuego en sus memorias a través de sus miradas, sus voces y unos gestos anclados en un pasado arrollador. Conozcas o no el caso de John Demjanjuk, estamos ante una docuserie que retuerce las entrañas, que nos hace dudar de nuestro propio juicio sembrando la culpa por hacernos cómplices del alegato de inocencia de un guardia que habría sido responsable de la muerte de decenas de miles de judíos durante la Segunda Guerra Mundial.

Pero vamos por partes.

El diablo de al lado arranca transportándonos al año 1983, a la ciudad de Cleveland, en EEUU, donde reside un inmigrante ucraniano, marido, padre y abuelo llamado John Demjanjuk a quien una tarjeta de identificación enviada por la Unión Soviética lo identifica como Iván el Terrible, el responsable de torturar y asesinar a cientos de miles de judíos, operario de la cámara de gas en el campo de exterminio de Treblinka. Aunque muchos ponían en duda la validez del documento, el gobierno estadounidense revocó su ciudadanía y Demjanjuk fue deportado a Israel en febrero de 1986 donde se enfrentó a un juicio de casi dos años (noviembre de 1986 a abril de 1988) acusado de crímenes de guerra.

Su defensa: que era un error de identificación. Él no era Iván, el terrible ni había estado jamás en el campo de concentración de Treblinka.

A lo largo de sus cinco episodios, la serie nos presenta el caso desde el punto de vista claro de la defensa, jugando al mismo juego que jugó Making a murderer o The staircase en plantar la duda desde el minuto uno. La docuserie quiere que mantengamos la mente abierta, desafiándonos a darle una oportunidad al personaje protagonista a pesar de sentar su relato en pleno Holocausto. Así vamos conociendo a los abogados de la defensa, y del estado, a los jueces, a la familia y sí, también, a varios supervivientes. Cada lado tiene su versión. Es Iván o no es Iván. Y así pasaron casi dos años de juicio que tuvo en vilo a todo Israel, trasmitiendo en directo cada jornada por radio y televisión, consumiendo los sentimientos de una nación arraigada al dolor de un pasado que no se olvida. El juicio se convirtió en un espectáculo de reivindicación para los judíos y en su banquillo se oyeron muchos testimonios de los pocos supervivientes de Treblinka, que describieron con lujo de detalles las torturas y el dolor provocado por Ivan el Terrible quien, según todos ellos, era el acusado sentado al otro lado.

La serie transmite la fervorosa pasión por la justicia de una comunidad que sufrió el mayor exterminio de nuestra historia moderna, haciéndonos sentir culpables por siquiera considerar que Demjanjuk haya dicho la verdad y no sea el responsable de cortar la carne de los judíos antes de entrar a las cámaras de gas o de forzar a los niños a arrastrar cadáveres en este campo cuyo único propósito era el exterminio en masa. Según los datos, los prisioneros morían a los dos días de haber llegado. O menos.

El personaje más llamativo de la historia es el abogado israelí, Yoram Sheftel, que desafió a su propio pueblo al defender la inocencia de Demjanjuk, convirtiendo su defensa en un espectáculo que incluso lo llevó a dar decenas de entrevistas y escribir un libro sobre el caso. Las imágenes de archivo del juicio nos muestran el dolor de los supervivientes y la convicción de culpabilidad que los jueces tenían desde el principio, pero también a un John Demjanjuk que no dejaba de reírse. Como si la pena de muerte que pesaba sobre él jamás ocurriría. Y aun así, sus gestos nos hacen dudar. ¿Será? ¿No será?

Poco a poco vamos conociendo los documentos que fueron surgiendo y que demostraron que quizás era Ivan el terrible. O quizás no. El que su nombre real fuera Ivan y que un superviviente se acercara y lo mirara a los ojos en el juicio “reconociéndolo”, sin dudas siembran la duda.

Al final, fue declarado culpable y sentenciado a morir en la horca.

Pero la historia es aun más increíble. Mientras construían la horca al lado de su celda pasaron cinco años, y justo cuando llegaba el día de presentar la apelación su abogado encontró la prueba que confirmaría su identidad. Con la caída de la Unión Soviética en 1991, la KGB abrió sus archivos y miles de documentos sobre los campos de exterminación en Polonia quedaron expuestos. Se trataba de testimonios de varios guardas ucranianos de los campos polacos que aseguraban que Iván el Terrible se llamaba Ivan Marchenko, y que no solo era unos diez años mayor que Demjanjuk, sino que su descripción física y hasta el color de sus ojos era diferente. Los testimonios estaban escritos y no podían ser corroborados porque todos fueron fusilados tras declarar por traición, pero la Corte Suprema de Israel los dio como válidos. Y al sembrar la duda sobre la identidad del acusado, revocaron la pena de muerte. Demjanjuk era libre tras haber dejado algunos cabos sueltos en el juicio.

En ese momento, la serie nos atraviesa por dentro. Porque el testimonio de guardas responsables de la muerte de miles de personas tuvo la misma valía que aquellas que dieron los supervivientes que identificaron a Demjanjuk. Es cierto que habían pasado más de 40 años y la memoria y el dolor pueden traicionar, pero como dice el juez en la serie, cómo olvidar lo vivido en aquel lugar.

La historia continua, y si quieres descubrir el final de John quizás es mejor que dejes de leer y dediques unas cinco horas a la miniserie de Netflix. Pero si quieres saber, sigue leyendo.

Demjanjuk regresó a EEUU en 1993 exonerado y libre, y con la ciudadanía estadounidense devuelta. Pero en 2002, el pasado volvió para intentar cobrar su justicia. Perdió la ciudadanía, otra vez, por haber mentido sobre su verdadera participación en el Holocausto. Es cierto que no fue Ivan el Terrible, pero sí había sido guarda en varios campos de concentración nazis.

En 2009 fue deportado en silla de ruedas a Alemania donde fue procesado en Múnich cuando nueva evidencia demostró que había sido guarda en Sobibor y Majdanek en Polonia, y en el campo de Flossenburg en Alemania. Muchos, incluso su primer abogado, lo acusaron de actuar convalecencia para obtener simpatía del público, pero fue acusado de 27.900 cargos por actuar como accesorio de asesinato, uno por cada víctima fallecida en Sobibor en el tiempo que supuestamente estuvo allí. Una vez más, pasaron dos años de juicio hasta que fue declarado culpable y condenado a cinco años de prisión. Cinco años solamente. Y ya tenía 91 años.

Lo increíble del caso, si cabe aún, es que como iba a apelar la sentencia, la justicia alemana lo dejó libre. Murió poco después a la espera de oír la decisión de la apelación, por lo tanto, oficialmente murió libre de cargos según las leyes alemanas. Murió inocente en los ojos de la ley.

Resulta increíble cómo la serie juega con nuestras reacciones y sentimientos. Cómo la propia justicia israelí tuvo en sus manos a un posible guarda de campos de exterminio que, no fue Iván el Terrible pero sí tuvo otra función, y al final, murió libre.

Si se puede destacar un fallo en El diablo de al lado es que no termina de contarnos quién fue en realidad John Demjanjuk en los años del Holocausto. De esta manera, la duda se mantiene y la serie como relato funciona en sostener el suspense. Pero hay mucho más que se deja en el tintero. Y es que Demjanjuk, nacido en Ucrania, fue reclutado por el Ejército Rojo soviético durante la Segunda Guerra Mundial con poco más de 20 años, pero fue capturado por los alemanes convirtiéndose en prisionero de guerra. Debido al trato inhumano que recibían los prisioneros de guerra soviéticos -que llevó a la muerte de entre 3.3 y 3.5 millones de personas-, Demjanjuk se prestó como voluntario para realizar el entrenamiento necesario para ser guarda en campos de exterminio. Un acto que, para muchos, puede ser visto como pura supervivencia.

Así llegó a servir en Sobibor, donde documentos afirman que colaboró en el asesinato sistemático de 28.060 personas. Al terminar la guerra emigró a EEUU donde recibió la ciudadanía americana en 1958.

Si algo nos enseña El diablo de al lado es que la justicia puede ser cobarde. Israel lo dejó libre traicionando el testimonio y los recuerdos de sus víctimas, Alemania no dio su veredicto a tiempo y EEUU le dio refugio sin titubear tras el final de la guerra. Quizás Demjanjuk haya sido un granjero como dijo en alguna ocasión, o quizás haya sido ese guarda que los documentos indican que colaboró con el exterminio de miles de personas. Pero lo cierto es que sin esos guardas, voluntarios o no, quizás no habría habido Holocausto.

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