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Deporte

El entrenador y la soledad – Manuel Povea

Ejercer como entrenador, a cualquier nivel, conlleva momentos de soledad, eso es indiscutible. De todos es sabido que, expresado con diferentes rangos de crueldad, los jugadores ganan los partidos y el entrenador los pierde. Y no sólo porque ese entrenador que cada espectador lleva dentro, le dicte con meridiana claridad lo que se debe hacer en cada momento; un curioso derecho que parece adquirirse al pagar la entrada, pero del que muchos se apropian simplemente por estar observando. Divina clarividencia, quien la tuviera. Pero esto se asume como parte del trabajo.

Entrenadores de renombre han abordado esta cuestión y entrenadores de formación la relatan en sus post. Hay quien le da la vuelta y sugiere que no se está solo si uno se apoya en su equipo de trabajo. Lo que parece indudable es que ese sentimiento de soledad existe, está ahí, y quizás merece la pena reflexionar sobre él.

Yo creo que la soledad del entrenador tiene que ver con la soledad del líder, de la persona que decide. Tendemos a banalizar el peso de la responsabilidad del gobernante, del directivo de alto nivel o de nuestra propia jefa de departamento. Nos sentimos con frecuencia maltratados por sus decisiones y soñamos por un momento en ostentar ese poder. Sin embargo, basta que nos dejen a los mandos un ratito para sentir en la piel cómo quema ese asiento. Porque la capacidad de decidir se concede siempre junto con la obligación de acertar.

Es cierto que el equipo de trabajo ayuda a tomar las mejores decisiones. En eso el fútbol nos lleva mucha ventaja. En muchos casos se contrata al entrenador como cabeza visible de un equipo que él mismo se encarga de elegir, gestionar y pagar, y eso cambia bastante la perspectiva de esos colaboradores en el trabajo, las horas dedicadas y la responsabilidad compartida. Primero por propia profesionalidad, pero también porque el fracaso del jefe implica el del grupo de colaboradores al completo. Todos se la juegan.

En baloncesto, por lo general, esto no ocurre, de manera que cada miembro de ese staff ha llegado ahí por diferentes caminos; y eso determina diferentes grados de implicación. No hablamos de tener enemigos dentro, no me entiendan mal, es simplemente la evidencia de que tu contrato no depende sólo del éxito del entrenador, por mucho que se le respete, se esté de acuerdo con él o hasta se le aprecie. El grado de implicación acaba por depender casi exclusivamente de la personalidad y los valores de cada uno. Qué quieren que les diga, no es el escenario más confortable para jugársela.

Después da dar unos cuantos tumbos por esos mundos del baloncesto, he podido disfrutar de compañeros que se implicaban conmigo en lo profesional y en lo personal; le robaban tiempo a sus familias para acompañarme porque estaba solo en mi tiempo libre. Personas que hicieron suyas mis ideas o mis métodos y que defendían a capa y espada lo que hacíamos. Hoy, claro, continúan siendo grandes amigos. Otras veces solo cumplían, con voluntad de ganar, por supuesto; con el deseo de que todo fuera bien, sin duda; pero al lado, no juntos. Y uno se siente más solo.

Entrenar representa una tarea multidisciplinar que no todo el mundo es capaz de realizar, igual que un puesto de responsabilidad empresarial no puede ser ejercido por cualquiera, aunque sea el empleado más avezado. Una de las dificultades, seguro, es sufrir esa soledad que viene asociada a la posición. Lo que he aprendido de ese sentimiento de soledad, es que ayuda y motiva para prepararse mejor. Estudiar más, contemplar todas las posibilidades, elaborar más de un plan, y sobre todo, prepararse para tener respuestas que resuelvan, tanto como capacidad para rectificar.

Pero el entrenador, como todos los que son responsables de tomar la última decisión, es un líder que inevitablemente se queda solo. Porque tiene la obligación de pensar por todos, de anteponer lo individual al bien colectivo, y de hacer lo necesario para alcanzar los objetivos. Ya sea en tiempos de guerra, en tiempos de gobierno o en tiempos de baloncesto, eso conlleva un nivel de decisión, de sacrificio y de visión que sólo el líder asume. Y aunque la sufra, no es la soledad lo que teme, sino no estar a la altura.

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