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Baloncesto

El milagro de Carroll: un triple sobre la bocina evita una victoria que ya celebraba el Barcelona

Real Madrid 81 – 80 Barcelona

El Real Madrid, a un paso de la Liga tras una increíble remontada coronada con un triple del estadounidense. El Barça, liderado por Heurtel, había dominado tras un partido áspero y trabado

Carroll lanza el triple que dio la victoria al Real Madrid, Emilio Cobos / ACBPhoto

Es la recompensa a la obstinación, el milagro como premio. No es la primera vez que ocurre, que los fenómenos paranormales aúpan al Real Madrid. El corazón de los guerreros, el triple sobre la bocina de Jaycee Carroll. Seguir creyendo, seguir creyendo, seguir creyendo, pese a todo. Porque todo estaba sentenciado en el WiZink Center, la final con 1-1, las crónicas relatándose. Hablaban de un Barcelona durísimo dominador, seguro de sí mismo hasta que pisó el abismo y se derritió como si le hubieran disparado munición anti elefante. Un parcial final de 18-6, cuatro triples desesperados, un tiro libre fallado de Claver, un rebote ofensivo de Rudy Fernández (¿tiró Llull a fallar?), una asistencia de Llull, una finta de Carroll, y el triple de todos los tiempos, el quinto en su cuenta, el que deja el título de Liga Endesa a un paso para los blancos. Quién lo diría. [Narración y estadísticas]

Porque lo de antes no fue una final, fue una pelea callejera. El Barcelona había convertido la batalla en un episodio trabado y agónico, en un rompecabezas exasperante. Mutó de rostro por completo en apenas dos días y amenazó con arruinar al Real Madrid, a despertar los fantasmas pasados, a igualar el desenlace de una Liga Endesa que, pese a todo, ahora viaja ahora al Palau Blaugrana con 2-0, lo que nadie ha levantado jamás. Entre tanta grisura y polémica, había habido un tipo sin complejos al que nadie pudo parar en el WiZink Center, ni siquiera el empeño de su técnico por cortarle las alas. Thomas Heurtel fue un diablo, una vez más. En vano. Porque el destino tenía guardado un requiebro

El base francés, siempre con el mazazo oportuno, lúcido como nadie en ataque, el apabullante dominio visitante del rebote y la incapacidad del Real Madrid para escapar de la jaula azulgrana, sólo con Carroll y los arreones de Llull como argumentos ofensivos, estaban dando un triunfo rotundo al Barça, que espantaba todas las sensaciones del primer día. En finales así, el porvenir inmediato es un país desconocido. Pero también la siguiente jugada.

Cuando Pangos anotó cinco puntos consecutivos (63-72) tras el enésimo intento de resurgir blanco, todo parecía finiquitado. Pero el Madrid, fiel a sus costumbres, siguió apretando hasta el bocinazo final. A veces da sus frutos. Fue como un escorpión: miró, picó y se fue. Los triples de Randolph y Llull y el final de Carroll dejaron al Barça tieso y desataron una increíble fiesta en el Palacio. Había que frotrarse los ojos.

De tanto elevar la intensidad, el partido fue un espanto. No resulta sencillo para los árbitros lidiar con semejante actividad, contactos aquí y allá, simulaciones, grescas, con el listón de la agresividad por las nubes. Es tan fácil la equivocación como la posterior compensación. Por momentos no dieron ni una.

El Barça no podía permitirse otro ejercicio de dejadez, por ganas no podía ser esta vez en el WiZink. Dejó al Madrid en 11 puntos en el acto inicial, sin salida desatada de los blancos esta vez, fallón Randolph -que siempre es un martillo en el amanecer-, perdido Campazzo (noche para olvidar), incapaz de anotar con soltura el conjunto, de adaptarse a los contactos, al fango en el que Pesic convirtió el duelo.

Cualquier rastro de baloncesto había desaparecido. Era como avanzar en un campo de minas. Heurtel y Oriola hicieron daño mientras el Madrid seguía sin meter un triple. Era como una tortilla del revés con respecto al envite del sábado; también el acierto había abandonado a los locales, a los que sostenía en ese impás Ayón. Cuando apareció Carroll con dos triples y un parcial de 10-0, el equipo de Laso logró ponerse por delante (29-27). Ese era el único pero azulgrana, que pese a todo el dominio, también de todo lo que despedían los aros, no podía poner tierra de por medio en el marcador. El arreón final, con un triple de despedida de Claver -otra enorme actuación-, le dio cierto aire.

Como el ardor de la guerra no desaparecía, el Madrid empezó a perder los nervios. No es la primera vez que le ocurre esta temporada y bien que lo sabe Pesic, que jugueteó con eso. Pese a la cuarta falta de Tomic a la vuelta del descanso, cada vez estaba más cómodo el Barça, bailando salsa Heurtel, que esta vez se zampó a Campazzo, a Taylor y a todo aquel que se le puso enfrente. Su despliegue fue asombroso.

Desesperado, al Madrid optó por tocar a rebato ya tan pronto. Por espabilar a las bravas. Nada más sentarse Heurtel, encadenó tres triples consecutivos que parecieron un oasis (50-55), con Carroll como capitán de la revolución, pero el rebote era un lastre. Recurrió a Felipe Reyes y a todo lo que estuvo en su mano y finalmente le rescató la pura fe. Y un final de partido para nunca olvidar, ya en la historia del baloncesto español. El del triple imposible de Carroll, eterno.

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