El patio

Carme Chaparro Javier Salas

No sé si alguna de las mujeres poderosas que copan este número de Yo Dona jugaban al fútbol en el colegio, pero casi seguro que no. No conquistaron los patios escolares, pero sí -y menudo mérito- la vida después. Imaginen si las niñas pudieran hacerlo: apoderarse del patio del colegio igual que lo hacen los chicos, acostumbrados a adueñarse de casi toda la superficie para jugar al fútbol. ¿Cuál es la estampa habitual? Los niños dueños del territorio y las niñas relegadas a los rincones más allá del campo. Ellas se apartan para no recibir balonazos y aprenden a ser sumisas con la decisión masculina. Se quedan quietas en un rincón e idean juegos que se adaptan al espacio que les dejan.

Hay varias iniciativas que quieren acabar con los patios escolares ‘de toda la vida’. En Madrid, el proyecto MICOS está creando patios inclusivos, con nuevos espacios de juego -rocódromos, zona de bancos, estructuras para trepar…- y solo una pequeña zona para fútbol en la que las clases juegan por turnos. Las experiencias piloto en centros como el Vilaverde, en Pontevedra, están dando muy buenos resultados. Allí hace ya cuatro años que decidieron ofrecer otras alternativas, preguntando y debatiendo con los alumnos. Sus patios son resultado del consenso entre todos.

Porque los patios no son un paréntesis en la educación escolar, sino una herramienta más que tiene que evolucionar, al igual que lo hacen las aulas. El patio es el lugar donde los alumnos se relacionan con más libertad y donde se va a modelar su personalidad respecto al grupo -y por lo tanto respecto a la sociedad-. Si se da privilegios a un colectivo -a los niños que se adueñan de la superficie para jugar al fútbol- ellos se creen con derecho a tenerlos. Y ellas, a no exigirlos.

Aquí, en este número, tienen a muchísimas mujeres que de adultas han decidido exigir y conquistar su territorio hasta ser líderes en sus campos. Imaginen si las hubieran dejado ser dueñas del patio. Imaginen si les dejamos hacerlo a nuestras hijas.

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