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Economía

El policía infiltrado que engañó a Pablo Escobar en Marruecos

«Españolito, don Emilio quiere hablar contigo». José Manuel Caamaño (Tánger, 1954) sintió miedo del de verdad. Mientras pronunciaba la frase, el colombiano le enseñaba la pistola oculta bajo la chaqueta: pintaban bastos en caso de negarse. Sintió el estómago ingrávido porque pensó que le habían descubierto. Don Emilio le esperaba al otro lado de la puerta de la lujosa mansión, en Casablanca…y era el mayor narco de todos los tiempos. ¿Su nombre completo? Pablo Emilio Escobar Gaviria. Ocurrió en septiembre de 1992, el año de la Expo de Sevilla y de los JJOO de Barcelona. Lo que aún no sabía es que, gracias a él, y con lo que acontecería antes y después, el cártel de Medellín no se instalaría en Marruecos.

José Manuel Caamaño es policía nacional desde los 18 años, tiene un leve acento gallego (su padre lo era), 1,60 cms, aspecto bonachón, inteligencia y extraordinarias habilidades sociales… Así estuvo 10 años en Marruecos como oficial de enlace, invisible, infiltrándose en las redes de los narcotraficantes para vigilar sus movimientos.

Ha estado presente en la mayoría de grandes casos relacionados con el narcotráfico en las últimas tres décadas. Engañó a Pablo Escobar, que además le quiso fichar y llevárselo a Colombia; infiltrado siete años en el clan de los Charlines, fue testigo en los juicios de la Operación Nécora… y también estuvo tras la primera detención del ceutí Mohamed El Ouazzani, El Nene, el último gran narco del Estrecho e inspirador de la película El Niño, con la que Caamaño colaboró aportando su experiencia.

A El Nene le detuvo en abril de 2008 tras cotejar sus huellas dactilares, que demostraron que Mohamed Taibeb Ahmed y Mohamed El Ouazzani eran la misma persona y pudo ser extraditado a España. Luego llegaría la noche, en 2014, en la que el narco fue tiroteado y cayó al mar. Nunca se halló su cuerpo. «Para mí que lo tenía preparado. Lo fingió. Ya cuando le detuvimos por lo de las huellas, me dijo que debería haber huido a Sudamérica».

Este 5 de agosto Caamaño entrega la placa. Historia viva de la lucha contra el narcotráfico en España hasta 2012, narra a Crónica lo que nunca ha contado.

En 1990 tiene 36 años y es oficial de enlace en Marruecos para vigilar el tráfico de estupefacientes o armas. Recababa datos, movimientos extraños de barcos… Casi un año después en 1991, un primo (un confidente) le avisó de que unos gallegos estaban dando vueltas. «Los gallegos siempre llevan barcos. Así que cogí un plano y peiné los puertos marroquíes». Tánger, Asilah, Larache, Kenitra, Salé, Yadida, Casablanca…. Pronto recibió el aviso de que un pesquero gallego había atracado en ésta ciudad. «Acaban de llegar al restaurante», le avisó otro primo.

DE CUANDO SE INFILTRÓ EN EL CLAN DE LOS CHARLINES

Caamaño solicitó una reserva para dos con único requisito: que la mesa estuviera cerca de los gallegos. Más para ser escuchado que para oír, y deslizar en alto la palabra Galicia en la conversación con su interlocutor. Le invitaron a la copa de postre. ¿Su tapadera?: trabaja para España y para la Unión Europea, en excavaciones arqueológicas en la frontera con Argelia, país en conflicto con Marruecos. Por eso su vehículo tiene matrícula diplomática y su trabajo se paraliza semanas por miedo a los secuestros. «Así podía justificar que pudiera pasar tiempo con ellos. Luego desaparecía».

Los gallegos eran Santiago Garabal Fraga y Jesús Carró Otero, del clan de Los Charlines. Garabal huiría antes de ingresar en prisión: lleva más de 25 años en paradero desconocido. «Creo que está en Namibia». Carró Otero fue absuelto en 2006 por la Audiencia Nacional por falta de pruebas, junto con otros 24 acusados de narcotráfico.

A través de sus contactos les consiguió en 24 horas una pieza para su barco cuando tenían para un mes. Se ganó su confianza y continuó viéndolos esporádicamente mucho tiempo hasta que se los encontró en el puerto de Casablanca con un barco, el Lady Vanessa, escorado hasta apoyarse en el cantil del muelle. «Me presté a ayudarlos y enseguida vi que el barco tenía dobles fondos». Hacían pruebas con agua para equilibrar y saber la cantidad de cocaína que podría transportar.

«Nosotros, de marineros, poco», reconocieron. «No me contéis cosas de las que después os arrepintáis. Somos españoles y nos echamos una mano», espetó Caamaño. Acabaron admitiendo que eran narcos. Su labor se centró en ir haciendo caer los cargamentos de cocaína que salían de Marruecos. En abril de 1991 lo haría el propio Lady Vanessa, interceptado en Muxía (A Coruña) con 2.500 kilos. Luego, declararía en la Audiencia Nacional en el juicio del caso Nécora identificando tripulaciones. Fue amenazado de muerte. Los narcos contrataron unos sicarios colombianos «que fueron detenidos en el garaje de mi casa en Ceuta».

Caamaño le detuvo en abril de 2008. Inspiró la película El Niño. En 2014 fue tiroteado pero nunca se le encontró. «Para mí que lo tenía preparado, que fingió y está huido en Sudamérica».

Pero antes, en agosto de 1992, se vio con los charlines en una comida a la que acudieron dos marroquíes. Negociaban, para traer cantidades más grandes, el depósito de mercancía en territorio marroquí y calibraban si su posterior salida debía de ser de golpe o escalonada. «Uno de los marroquíes, el intérprete, se puso a hablar por teléfono en árabe y le oí que para sacar la mercancía tendrían que volver a pagar». Al acabar la reunión, se lo contó a los gallegos. A los pocos días le dijeron que tenían una reunión con unos colombianos e iban a tratar el tema. «Así que te vienes y lo explicas». La reunión era en esa lujosa mansión al sur de Casablanca. Sería el primero de cinco encuentros, a lo largo de tres semanas de septiembre.

DE CÓMO ENGAÑÓ A PABLO ESCOBAR, QUE QUISO CONTRATARLE COMO ASESOR

Había muchos colombianos. Parecía una película con montañas de coca y chicas sudamericanas y marroquíes. Ahí estaba: el nexo entre el narcotráfico gallego y el cártel de Medellín. «Me dicen los amigos españoles que hay un problema», le preguntó uno. Antes de responder, Caamaño pidió que todo el servicio de la casa saliese de la habitación. «Todos son confidentes de la Policía», explicaría. Finalmente el tipo le explicó que por 1.000 kilos de mercancía depositada iban a pagar 100 millones de dólares, pero que los marroquíes querían que pagaran de nuevo para sacarla. «Uno de los colombianos salió y volvió acompañado de otro hombre». Se lo presentaron como don Emilio. No le reconoció. Y le hizo repetir la historia. «La mercancía es mía», replicó el tal don Emilio. «Sí, pero tú eres colombiano, tratas con españoles y la mercancía está en Marruecos, así que vas a tener que pagar una parte al Estado corrupto y a los narcos marroquíes». Le respondió: «Pues me lío a tiros».

Caamaño le replicó que eso sería declarar una guerra, y que la DEA intervendría. «Le convencí de que le salía más rentable negociar con Guinea, Namibia o Mauritania, donde haría lo mismo por la mitad de dinero. Cuando dijo que pensaba traer armas en avión o adquirirlas aquí, le expliqué que en Marruecos era imposible tener armas sin llamar la atención». Luego le daría otros consejos, como apalabrar el negocio con los marroquíes hablándoles de 130 millones de pesetas para engordar psicológicamente la cifra de 100 millones de dólares, como entrar en la casa con mando a distancia evitando así que un sirviente le abriera o tener intérpretes de árabe sin aspecto marroquí.

Se lo pintó negro. «No quería que los colombianos se instalasen en Marruecos: tenía que ser para los gallegos y que fueran éstos los que cerrasen el trato, porque era imposible infiltrarse en el cártel colombiano». La última vez que le vio fue cuando le mandó llamar. «¿Tú sabes quién soy yo, españolito?». Caamaño le respondió que don Emilio. «Yo soy Pablo Emilio Escobar Gaviria». Y le ofreció ser su asesor porque necesitaba gente con su capacidad para resolver problemas. «Le dije que me lo pensaría y que tenía que poner en orden mis cosas. Me respondió que contactara con los gallegos si aceptaba».

Todo consta por escrito «en los informes que depositaba cada cierto tiempo en el Consulado de España en Tánger».

A Pablo Escobar «estuvimos a punto de detenerle meses antes, en Jerez de la Frontera. Recibimos un chivatazo de que estaba en un evento en la finca de un rejoneador, con gente muy importante. Se confirmó. Vinieron hasta los GEO, pero se nos escapó en avioneta por 10 minutos».

Caamaño cree que, tras escapar en julio de 1992 de La Catedral, la lujosa prisión colombiana con la que evitó su extradición a Estados Unidos, se refugió en Marruecos. Al volver a Colombia murió, el 2 de diciembre de 1993. De haberle detenido en España, su final hubiera sido distinto. «Escobar era un poco bipolar. Pasaba de la amabilidad a las amenazas y la violencia con mucha facilidad». Hoy los narcos sudamericanos están en Argelia y Marruecos. «Sé que mis informes de hace 25 años llegaron a la DEA. Y ahora, con las aprehensiones, se empiezan a descubrir estas ramificaciones».

José Manuel Caamaño ha volcado sus vivencias en una novela, Bebedores de té (Círculo Rojo), y ultima la segunda, La conexión gallega. Mitad realidad y mitad ficción, refleja los dos mundos que vivió. Con su jubilación, ya como comisario, planea la tercera. «Ahora el narco vive la era Instagram: tiene que presumir de sus riquezas. Es violento y hace vuelcos (roba la droga) a otros si lo necesita. Y antes había un código ético entre narcos y policía. Todo eso se ha perdido».

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