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España

El reportaje | Podemos y Vox, dos España en tres metros

EL REPORTAJE

El cielo de Valladolid es igual para los dos, viven de la misma agricultura y ganadería, y hasta comparten los molinos eólicos de la prosperidad. Son pueblos limítrofes y los separan dos kilómetros en línea recta y una frontera sin frontera de dos zancadas de ancho. Pero, el 28-A, en San Pelayo ganó Unidas Podemos y en Torrecilla de la Torre venció Vox. Es el ejemplo extremo de la polarización y el ‘mantra’ de la urna rural: «Aquí se vota a la persona».

La frontera es un camino de tres metros de ancho. A un lado, San Pelayo, 50 habitantes. Al otro, Torrecilla de la Torre, 36. El cielo de Valladolid, el silencio y los molinos eólicos son iguales para estos dos pueblos de la España en retirada, de ese oculto país sin muchedumbres. Todo es igual por fuera, un mundo horizontal de adobe y ladrillo contra la protuberancia de una iglesia y la vida con eco de azadas y vacas.

Pero al acercar la lupa de la condición humana salta la sorpresa.

El 28-A ha dejado un resultado inaudito: en Torrecilla de la Torre ha ganado Vox y en San Pelayo, Unidas Podemos. Dos pueblos pegados, dos partidos opuestos. Dos aldeas limítrofes, dos políticas antípodas.

¿Es posible un viaje ideológico en tres metros de distancia?

Desde fuera, esta historia suena a las dos Españas. Desde dentro serán muchas más. O una sola.

Atravesado por una carretera, Torrecilla de la Torre rebate la geometría rural. No hay plaza, ni edificio del Ayuntamiento, nada sobre lo que orbite el pueblo. La referencia es una iglesia inesperada del siglo XVI, un ejemplo del pasado vertical de la fe. Pronto sabremos que allá abajo, en las tripas de la aldea, no reina la paz.

«Aquí muchos ya no se hablan», dice Chari, concejal del PP. «En este pueblo hay enfrentamientos. Temas de familias y rencillas», dice Francisco Javier, párroco itinerante. «Yo estoy flipado. Aquí te denuncian por cualquier cosa. Es como el oeste sin ley… o con demasiadas leyes», dice José, un artista que se está haciendo una casa a este lado del Misisipí.

– Pero, alcalde, ¿esto qué es?

– Antes no, pero últimamente hay mal ambiente. Algunos están matando la convivencia. Uno me puso en el cuello unas tijeras de podar. Hay muchas denuncias y cabezonerías.

Se llama Eduardo Martín y es el alcalde de Torrecilla de la Torre desde hace 28 años. Vive de las 30 vacas que le hacen fichar en la cuadra y en el campo todos los días del año, sin fiestas de guardar. Nos muestra la restauración de la iglesia y cuenta que durante su Alcaldía se ha cercado el cementerio, donde los perros hozaban hasta llevarse los huesos de los muertos. Y que las calles ya están asfaltadas, hay aceras, se han renovado la luz y la conducción del agua, y la casa del viejo maestro es ayuntamiento y consultorio. «El edificio del Ayuntamiento se quemó en 1975 y no hemos podido reconstruirlo».

Este ganadero con manos de ordeño y mando no cobra por el cargo que ostenta, primero con el PSOE y desde hace dos décadas con el PP.

Porque, aquí, eso de la ideología es lo de menos.

Raquel Sanz acude al 26-M por el PSOE y su esposo, Carlos Real, por el PP. «Soy más de Ciudadanos, pero para ir por ellos me pidieron que mi marido se pasara a Ciudadanos. El PSOE fue el que más libertad me dio. Por el PP no podía presentarme porque ya hay tres. Pero aquí no se vota por ideología, se vota a la persona».

La gente se reúne y se acaba el cotilleo, dice la alcaldesa de UP de San Pelayo

¿Y entonces por qué ganó Vox en las generales? «El primer sorprendido fui yo», confiesa el alcalde. «El voto es secreto. Parece ser… parece, eh, que es una familia que votó entera a Vox. Pero no lo puedo asegurar. Lo que sí te digo es que no fui yo».

Aquel 28 de abril, Vox obtuvo 12 votos, el PP 11, Cs 3 y UP 3. Puede que en este suspiro de España no haya ideología, pero con un pacto a la andaluza, en Torrecilla la hierba no volvería a crecer a la izquierda de las ideas.

«No me explico lo de Vox. Aquí hay tradición pepera y eso ha traído despoblación, una visión rancia. Nosotros apostamos por repoblación, cultura, turismo… Por un local que una al pueblo. No todo se ha hecho mal, pero la gente ha votado en las generales contra un modo de gestionar lo municipal». Es Salomé Martín, candidata de Toma la Palabra (UP).

Vox es un misterio. Indagamos pero nadie ha votado a la derecha radical. Ni siquiera en la presunta familia de la papeleta verde cazamos un desliz. «Yo no he sido, eh». «El voto es secreto, ni idea». «Uf, a saber…».

Rosario Nieto repite por el PP. Cuida a los dos únicos niños que hemos visto y ayuda en la iglesia. «A Vox lo ha votado una familia grande muy conservadora. Pero la ideología da igual; a todos nos dan caña. Se vota a la persona. O contra ella».

Vox no se presenta. ¿Qué será de sus votos? Dado el gen personalista del 26-M, podría ser que votantes de Vox den el poder a la izquierda… «Veo difícil mi reelección. Siempre ha sido un pueblo de derechas, pero…», dice el alcalde.

Resumen: tenemos un pueblo popular donde surge una pulsión voxista pegado a otro con mayoría de izquierda.

– ¿Y cómo se llevan los pueblos?

– ¡Genial! ¿No te digo que la ideología no importa?- suelta el alcalde.

– Siempre ha habido muy buen rollo, sentencia la concejal del PP.

Tres metros de ancho separan los territorios de Torrecilla de la Torre y San Pelayo. Pero a lo largo las poblaciones están a dos kilómetros.

A Vox parece que lo votó una familia. Yo no fui, dice el alcalde ‘popular’ de Torrecilla

En San Pelayo hay una plaza, un Ayuntamiento con banderas, un centro social y un parque infantil. Y a las tres de la tarde ni un alma callejea.

Graciela y Gabriel se están construyendo una casa. Son argentinos y, por tanto, hablan bien. «Esto no es un pueblo, es un barrio privado donde la gente se ayuda. El bar es un club social, no un asilo. Ganó UP por la alcaldesa; ha hecho cosas por las familias y los mayores. No votan por ideología, sino por la persona».

Miriam y Ángela Frayle están de acuerdo. Pero al revés: «Este pueblo siempre ha sido de derechas. La izquierda gana porque hay algún joven más y por gente que se empadrona por Virginia. Porque aunque el censo haya subido, aquí vivimos siempre los mismos. Lo de Virginia se nota en las actividades, pero hay que arreglar las calles. En el fondo, el pueblo no cambia mucho. Y la gente no es de ideales, es de personas».

Hemos hallado la verdad: «No se vota la ideología, se vota la persona».

Un pastor y sus ovejas en San Pelayo.

Es el mantra de la urna rural, el axioma eterno del municipio en España, la grandeza de una política en minúsculas o la pequeñez de la política en mayúsculas. Elijan ustedes.

En San Pelayo la Reconquista ha sido de izquierdas. En 2015, los votantes le dieron la Alcaldía a Podemos y la comunidad al PP. Un pueblo de morado municipal y azul regional. Y hoy, de izquierda general: el 28-A, UP tuvo 14 votos, el PP 11, el PSOE 6, Cs 5 y el Pacma 2.

Carlos Cantalapiedra, «el del bar», es un viudo bonachón que hace 18 años prejubiló su existencia de obrero y riñonada en Valladolid y vino a estrenar vida con su mujer a San Pelayo. «Yo no salía de casa porque el pueblo estaba muerto. Mi mujer iba a misa, pero yo, perdóneme, no soy de iglesia y no veía a nadie. Pero ahora hay un centro social y yo ayudo en el bar todos los días. Ha salido UP porque la muchacha hace las cosas bien. Me dolería que Virginia no repitiera. Aquí se vota a la persona».

Con el mantra en el espíritu y en el tímpano buscamos a Virginia.

La alcaldesa. La persona.

– Aquí hablan pestes de usted…

– Sí, ja, ja… Hemos hecho que la gente se relacione; eso pone fin al cotilleo y las rencillas. Hemos creado un centro social. Ha habido exposiciones, conciertos, teatro, cine, informática, gimnasia… Hasta compramos una tele el día de la Champions. Lo cultural no es sólo urbano».

Virginia Hernández trabaja en la Diputación de Valladolid. El tiempo restante es para su pueblo. «San Pelayo da para trabajar 10 horas al día. Me he acostumbrado a tomar un vino en el centro social con el ordenador en las piernas». Ella tampoco sabe por qué en Torrecilla gana Vox y también cree que en San Pelayo gana UP «por la influencia de lo local».

– ¿Y cómo se llevan los pueblos?

– Sin problema-, dicen las Frayle.

– Todo bien. Como esto es tan pequeño, con 15 años íbamos a Torrecilla a contarnos cosas. Íbamos al secretismo, revela la alcaldesa.

Mientras hablamos, el fotógrafo brujulea por el pueblo. Ve un perro precioso y hace click. Pero el ladrido no será animal. «Has hecho una foto a mi perro sin permiso. ¡Bórrala ya!».

No pasa nada. A Carlos García Pozo le interesa más otra imagen.

Vamos con Virginia y Eduardo al límite entre San Pelayo y Torrecilla de la Torre. Estamos bajo las imponentes figuras eólicas que han engordado los presupuestos de los pueblos donde se levantan. Así que no son molinos, son gigantes.

Y así, juntos, la alcaldesa morada de un pueblo de Unidas Podemos y el alcalde azul de un pueblo de Vox posan y se ríen como si fueran las dos Españas… en una.

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