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España

El rompeolas | El PP, a lo neandertal

El rompeolas

Opinión

Pablo Casado e Isabel Díaz Ayuso, ayer en la Pradera. JAVIER BARBANCHO

La lona que cubre la sede del PP en Génova, donde la imagen de Pablo Casado deja menos rastro que una cara de Bélmez, puede ser una señal de demolición interna. Isabel Díaz Ayuso es el reloj biológico de la deflagración de la derecha en Madrid. La elección de la candidata es una apuesta muy seria del líder para dejar escapar definitivamente la Comunidad y, de paso, llevarse por el desagüe a Martínez-Almeida (con su ilusión de neoalcalde). Este hombre y víctima nunca imaginó unas semanas peores al borde del hundimiento. No por una catástrofe natural, sino por una catástrofe verbal: el disloque de esa compañera de partido que a las ocho de la mañana tiene a las radios alerta para el disparate que deslizará después del «Buenos días». Martínez-Almeida necesita que la campaña acabe cuanto antes, que en Madrid salga lo que sea, e ingresar en una clínica del sueño para volver a recuperar la fe en la ciudad, en la política, en el chotis, en sus gafas y, por resumir, en el género humano.

El PP ha trabajado muy duro para merecerse estos políticos. Lo de la candidata a la Comunidad es fascinante. En vez de salir a no arriesgar la posición del partido, decidió arrojar por la ventana las opciones de algo. Llevo viviendo aquí mis 43 años de vida, sin faltar ni uno, y es la primera vez que veo a Madrid encogerse de hombros cuando Díaz Ayuso baldea una frase de las suyas, de esas que nadie entiende hacia dónde va. Y tampoco haces por reírte hasta que no ves riendo a otros, por si acaso. Lo mejor que le podía suceder a Gabilondo (tan necesario), a Errejón (tan audaz) y a Serra (por descubrir) es que Pablo Casado innovase para estas elecciones de Madrid con un nuevo sistema de resistencia al éxito. No le bastó con perder en las generales enganchado al garfio de Aznar, además quiere probar (»dejadme solo») el sabor que deja el desastre cuando un sujeto se entrega locamente al mundo sin sustancia que lo sostenga.

Me gusta la encuesta de este periódico. No por la alarma que genera en algunos, sino por la mínima tranquilidad exigible que deja en tantos otros. Por la solvencia política que puede generar un gobierno que provenga del cambio de agujas. Para eso sería de ayuda que Díaz Ayuso salga de ronda en un último sprint. Ha inaugurado una nueva forma de vivir la política: aquella que todo lo impregna de un locurón tan desbordado que deja adivinar un nuevo PP sin estructuras ni jerarquía. Y si me apuran, hasta sin PP.

Madrid es una ciudad incalculable. Pero no es difícil descubrir dónde se encuentra el embrión del relevo que podría desactivar a Pablo Casado y su desacomplejada troupe, a la que ya no se le abre el paracaídas. El polen del cambio está ahí. Se empieza desapareciendo como imagen del partido y se acaba de doble para las escenas de desnudo del hombre desenfocado de Woody Allen. Estas cosas pasan cuando uno confunde renovar con exhumar. Y lo que desentierras, claro, suelen ser ideas vergonzosas, rancias, olvidadas o matonas. Incluso neandertales.

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