Elogio del hinchapelotas

Un aficionado, junto a las figuras de Palermo y Maradona, cerca de La Bombonera. J.I. RoncoroniEFE

Hincha viene de hinchar las pelotas. Y no nos referimos únicamente a la idiosincrasia polemista de cierto aficionado hiperbólico, sino también al mero origen etimológico.

Era uruguayo, se llamaba Prudencio Reyes, trabajaba en una guarnicionería y fue contratado como utillero por el Nacional de Montevideo a principios del siglo XX. Prudencio -mal nombre para un hincha- limpiaba las botas, adecentaba el vestuario y también hinchaba los balones. Nadie animaba ni celebraba los goles de Nacional como aquel hombre que se dedicaba a darle aire al esférico. Por eso, desde entonces, en medio mundo, al aficionado fiel se le denomina hincha.

El hincha es un hinchapelotas. En un día como el del Boca-River de hoy de la Copa Libertadores, madruga sin necesidad, queda cuatro horas antes del partido, no duerme siesta, adelgaza, come carne cruda y, de los nervios, destroza una guitarra como en un concierto de The Who.

Contaba Villoro que la primera vez que fue a ver el clásico en el Monumental, un aficionado se dio cuenta de que era mexicano y le dijo: «Me han dicho que en México el equivalente de un hincha de River se puede sentar al lado del equivalente a un hincha de Boca». Villoro le dijo que sí. Aquel hombre le contestó: «¡Oh, pero qué degenerados!».

(…)

En una maravillosa ciudad como Buenos Aires -que acaba de celebrar los JJOO de la Juventud sin el más mínimo incidente y que ha acogido la organización de la próxima Cumbre del G-20-, la cuestión de la seguridad en el clásico argentino recuerda a aquellas zonas inexploradas de los antiguos mapas medievales donde nadie se atrevía a entrar y escribían: «A partir de aquí hay monstruos». En efecto, los encuentros de ida y de vuelta se jugarán sin público visitante.

Lo dice muy bien la AFA en un vídeo con motivo de la final a doble partido que empieza hoy.

«A los argentinos nos pasan cosas inexplicables. ¿Qué posibilidades hay de tener a los dos mejores jugadores de la historia y que los dos sean zurdos? Inexplicable. ¿Qué posibilidades hay de ver humo blanco y que el Papa sea argentino? Inexplicable. ¿Qué posibilidades hay de tener cinco presidentes en una semana y de sobrevivir a todos? Inexplicable. ¿Qué posibilidades hay de que una final continental sea un clásico de barrio…? Juez, no me explique nada, lo inexplicable somos nosotros».

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