Felipe VI, en el 40 aniversario de la Constitución: un discurso para pasar de puntillas

El Rey Felipe VI, durante su discurso por el 40 aniversario de la Constitución Óscar del PozoAFP

Desde su proclamación como Rey, Felipe VI se ha caracterizado por unas intervenciones públicas con mucha más carga y contenido de la que estábamos acostumbrados en los discursos de elevado tono institucional de su padre, Juan Carlos I. No es cuestión de volver al excepcional Mensaje a la Nación del 3 de octubre, eficaz y necesario antídoto contra el proceso golpista en marcha en Cataluña. En otros discursos más serenos con motivo de ocasiones tan solemnes como su jura como jefe del Estado o la apertura de la legislatura, el Monarca ha puesto siempre el foco sobre cuestiones sensibles, hasta el punto de que los partidos más obsesionados con derribar la Corona siempre encontraban algún argumento o frase con el que podían retorcer las interpretaciones para acusarle de sobrepasar la neutralidad de la institución que encarna.

Con el discurso pronunciado esta vez por Don Felipe en el Congreso para conmemorar los 40 años de la Constitución esto último es sencillamente imposible. Porque el Rey ha optado por pasar de puntillas por todo. Con buena voluntad y aparcando los apriorismos ideológicos, sus palabras las podrían suscribir hasta Pablo Iglesias y los parlamentarios que le negaron el aplauso mientras en su fuero interno se las verían y desearían para encontrar la mínima objeción.

¿Pero no es acaso una oportunidad perdida que Don Felipe, con la que está cayendo, haya optado por no salirse un milímetro del corsé tan institucional y de la retórica? Cuando se tiene tanto cuidado para no pisar ninguna ampolla se acaba dejando fríos a casi todos. Y, en este caso, estamos ante un discurso que apenas habrá satisfecho de verdad al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, por cuanto ha sido un ejercicio deliberado de abstracción de todos los desafíos concretos a los que se enfrenta en este momento ese marco democrático de convivencia y de unidad nacional consagrados en la Carta Magna que se trataba de reivindicar.

No se le puede pedir -antes al contrario- al Rey que actúe como un político que no es. Pero sí como jefe del Estado que debe aprovechar ocasiones de tanta trascendencia y solemnidad para subrayar, desde su atalaya apolítica y neutral, pero también independiente, los retos que dominan el debate público. Como subraya Manuel Aragón, en una Monarquía parlamentaria como la nuestra, el Rey carece de poder y, sin embargo, sus poderes son de una extraordinaria relevancia. Y, más allá del cumplimiento escrupuloso de todas sus funciones constitucionales, está obligado a desplegar su influencia a través de clásicas facultades como la de “advertir y animar”. Algo que parece que en esta ocasión al Gobierno le interesaba más que no ocurriera.

El Rey volvió a recordar que es símbolo de la unidad y la permanencia de la Nación. Pero también es el primer servidor obligado a “guardar y hacer guardar la Constitución”. Y no cabe otro momento mejor que la celebración de su 40º cumpleaños para recordarlo y para contrarrestar los ataques de tantos batalladores contra la Ley Fundamental que asoman por todos los flancos. Diríase que Pedro Sánchez prefería tener la fiesta en paz. No se olvide que las palabras del Rey están necesariamente sujetas al refrendo del Ejecutivo.

Dicho todo esto, mensajes subliminales no han faltado en el Discurso. Aun sin énfasis y sin alusiones a las palabras tabúes -Cataluña, reforma de la Constitución, etcétera-, Don Felipe ha recordado que “la Constitución es un mandato permanente de convivencia” en el que sólo cabe resolver los desencuentros mediante el diálogo. A buen entendedor basta, aunque en Cataluña los líderes independentistas presumiblemente optarían por hacer oídos sordos. Volvió a recordar el Monarca, cargado de razón, que nuestra Ley Fundamental ha propiciado la mayor descentralización política en España de toda la Historia y la mayor protección de todas las lenguas cooficiales.

El Rey ha puesto todo el énfasis en preservar los ideales constitucionales “sin desvirtuarlos”, destacando los valores de “reconciliación”, “entendimiento” y “espíritu integrador” que conformaron el espíritu alumbrador de nuestra Ley Fundamental en 1978. Pero del mismo modo en que Don Felipe ha hecho un repaso a los éxitos de estos 40 años de indudable progreso en democracia, se ha limitado a constatar que se han producido “equivocaciones, errores e insuficiencias”, que han causado “problemas políticos o económicos” muy serios, sin citar uno solo. No está hoy España para tanta retórica. Y, en un clima en algunos aspectos tan parecido al de hace 40 años, lo que necesitamos los ciudadanos son diagnósticos en los que se llame a las cosas por su nombre.

Como último aspecto a destacar, es obligado subrayar la trascendencia histórica del hecho de que coincidieran en un acto tan solemne en el Hemiciclo el Rey Felipe, Don Juan Carlos y la Princesa de Asturias. El reconocimiento a sus padres fue el único momento del discurso interrumpido por una cálida ovación en la Cámara Baja. Era sin duda de justicia que el Jefe del Estado reconociera así a quien en 1978 fue uno de los artífices de la Constitución y de la próspera democracia que disfrutamos desde entonces. Y, con sus palabras, Don Felipe reparaba la injusticia que supuso la marginación del Rey Juan Carlos del acto en el que se conmemoró el año pasado el 40º aniversario de las primeras elecciones democráticas. Pero, si el Discurso regio no hubiera pretendido pasar tan de puntillas por todo, quizá hubiera sido oportuno algún mensaje de autocrítica por tantos errores que sobrevolaban ayer en la celebración, y que hubiera engrandecido a la Corona, “institución ya indisolublemente unida, en la vida de España, a la democracia y la libertad”.

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