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Fútbol | El Atlético se agarra a la locura para retrasar el cierre

Atlético 3 – Valencia 2

Un derechazo de Correa, como el curso pasado, acaba con el Valencia y aplaza, al menos hasta el sábado, el alirón del Barcelona

Los jugadores del Atlético celebran el gol de Correa. Denis Doyle Getty Images

Pues no. Resultó al final que el diluvio no amenazaba Apocalipsis, sino locura. Porque el Atlético luchaba contra el destino, tratando de estirar al máximo esta Liga que apenas respira. Y si lo sigue haciendo es, entre otras cosas, por ese último derechazo de Correa, que de locura entiende un rato. O por el inconformismo de Griezmann, Morata, del Atlético, en definitiva, cuando el Valencia, que trata de no perder de vista la Champions, amagó con su revuelta. Bajo ese cielo roto, los chicos de Simeone se resistieron a su suerte, sobre una pista de patinaje donde acabó perdiéndose (para bien) la cordura. Aún así tdo está en manos del Barcelona. Una victoria frente al Levante, le servirá para volver a ceñirse la corona. Siempre que el Atlético no falle antes, claro. [Narración y estadísticas]

Más allá de ese mensaje que Simeone ha grabado a sus jugadores de no bajar los brazos hasta que no quede aliento, hay quien trata de aprobar en este último sprint muchas de las asignaturas que han quedado pendiente durante el curso. Por ejemplo, Thomas Lemar, convencido de que aún le queda tiempo para cambiar el gesto de su afición. El sábado echó abajo Ipurua con su segundo gol en Liga y, frente al Valencia, desde el costado zurdo, primero, volvió a edulcorar su figura. Velocidad, regate y el periscopio bien afinado. Amagó por dos veces hasta que a la tercera ideó un plan perfecto. Se asomó al balcón del área, encontró a Juanfran, dueño de su futuro en el Atlético, y éste colgó un balón como en esos primeros años en los que dejó enamorado para siempre a Simeone. Sólo que ahora quien anda por ahí, hambriento como un lobo, es Álvaro Morata. Y el delantero, por supuesto, se zambulló en la piscina para empalar su sexto gol en apenas tres meses como rojiblanco.

Morata no es el miedo, como Diego Costa. Morata es el pulmón que nunca pierde la cara a un balón, por imposible que parezca. Con apetito y, por ahora, con puntería. Sus números ya superan en 12 partidos los que hizo en la Premier en 16. Al delantero le buscan porque sus compañeros, y sobre todo su íntimo Koke, saben que siempre anda merodeando el gol. Aunque no valió (era fuera de juego), su giro y disparo, casi sin ángulo, como si fuera aquel Vieri de 1997 en el Calderón, explica todo lo que ahora mismo pasa por la oxigenada cabeza del delantero.

Pero el Valencia escapó del shock al son de Parejo. De la bora derecha del capitán ché comenzaron a escapar argumentos para aquellos que les dieran por ahogados. Nada de eso. La lluvia aceleró los contragolpes visitantes, al tiempo que iba convirtiendo el balón en una trampa para el Atlético. Rodrigo pudo salvar el primer aviso de Guedes. Sin embargo, el segundo acabó con Oblak asaltado por un ex compañero. Mina hizo bailar a Godín y con la defensa atlética tratando de no resbalar, Kevin Gameiro, pitado por la grada, reinició el partido antes del parón. Para entonces, todos estaban hechos una sopa.

La ovación a Lemar

Y debió pensar el Atlético que antes de volver a empaparse, lo mejor era remendar el asunto. Salió con la idea bien aprendida del vestuario porque en cinco minutos volvió a ponerse por delante. Entre Morata, Lemar y Griezmann hilvanaron la solución. El delantero paró el reloj, el extremo envolvió el balón con su zurda y el delantero resolvió con su cabeza. Lemar se ganó la bula, y la ovación de la grada, claro, que al caso viene a ser lo mismo. Aún tiene cuatro tardes para remontar algún peldaño más.

La locura se adueñó del Metropolitano en el último cuarto de hora. Un disparo de Gameiro acabó estampado en el brazo de Saúl y el árbitro, tras consultar al VAR, consideró que era penalti. El lugar donde Parejo no suele conceder segundas oportunidades. Y no lo hizo, a pesar de que Oblak llegó a olisquear el balón. Pero el Atlético no quiso bajar los brazos. No suele hacerlo. Griezmann no acertó por un palmo con otro milimétrico centro de Juanfran. Pero sí lo hizo Correa que, como si el tiempo se hubiera detenido, repitió frente a Neto el derechazo ganador del año pasado. Un zapatazo de locura para mantener viva la Liga, al menos hasta el sábado.

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