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Futbol

Messi traumatiza a De Gea y devuelve al Barcelona a semifinales de Champions

Barcelona – Manchester United (3-0)

Messi celebra uno de sus goles al United con Coutinho. Andreu Dalmau EFE

La soledad del portero era eso. Había pasado una eternidad desde que un disparo manso y con la derecha de Messi había agujereado su cuerpo para zanjar la clasificación del Barcelona. Pero David de Gea, portero del Manchester United, aún miraba hacia arriba. Hacia abajo. Poco importaba. Nada separaba ya al cielo del infierno. Un puñado de aficionados se mofaban a su espalda. Él seguía caminando por el área. Hablando solo. Quizá intentando buscar razones a semejante condena. [Narración y estadísticas: 3-0]

Al guardameta, ya se sabe, no se le permite el error. Malditos y perseguidos. El brasileño Moacir Barbosa lo vivió con toda su crudeza tras fallar en el Mundial de 1950. Años después, agarró un hacha y cortó los postes de Maracaná. Los quemó hasta convertirlos en ceniza. Pero ni siquiera aquel exorcismo le libró de ser un muerto en vida. A Arconada no se le recuerdan sus paradas, sino aquel balón que, como a De Gea, acuchilló su vientre. Valdés, llegó a escribir: «Me gustaba el fútbol, pero odiaba ser portero». Y Nabokov, que también vivió aquello, lo remató: «Me veía a mí mismo como un fabuloso ser exótico disfrazado de futbolista inglés, que componía versos en un idioma que nadie entendía». El fútbol no perdona a quien más solo está.

Los focos, los vítores, las reverencias tenían un único destinatario. Bien lo mereció Messi, no sólo por completar otro partido sublime en una carrera deportiva que parece no tener fin, sino por ese afán en ir dejando a los monstruos en la cuneta. Venía el Barcelona de quedar eliminado en los cuartos de final de la Champions tres veces consecutivas. Y la última de ellas, la caída de Roma, provocó una profunda herida que el argentino lleva desde entonces intentando sanar. No ha protestado esta temporada en la gestión de sus esfuerzos y, pese a una pubalgia que en ocasiones le incomoda, ha llegado al tramo final con la fuerza suficiente. Justo lo que había penalizado en los últimos tiempos.

Le venían recordando a Messi que no marcaba un gol en esta ronda desde hacía seis años. Pero en cuatro minutos, entre el 16 y el 20, el rosarino mandó a la porra el mal fario y las cuentos de brujas. Se embolsó dos tantos, colocó al Barcelona en semifinales y perpetuó al United en esa indiferencia de la que sólo intentó rebelarse en el amanecer del partido.

Porque Solskjaer, consciente de que milagros como el de 1999 sólo ocurren una vez en la vida, prefirió centrarse en lo que él pudiera controlar para remontar el 0-1 de la ida. Formó con un equipo hecho para correr, con un 4-3-3 del que se caía Lukaku y en el que Lingard, como delantero mentiroso, debía escoltar en carrera a los velocistas Martial y Rashford. Pero la sublevación apenas duró un cuarto de hora.

Rashford, al que asistió Pogba en una de sus escasas apariciones de mérito, confirmó su mala traza con el disparo en esta eliminatoria al rematar al larguero al minuto de juego. Justo después, McTominay controlaba fatal en el área y Rashford volvía a las andadas con un latigazo a la nada.

Pero los triunfos también dependen de la buenaventura. El United erró en el área, y el Barcelona lució una pegada que quizá no tenga igual ahora en Europa. Nada importó que el árbitro, tras consultar en la pantalla del VAR, se corrigiera y decidiera no pitar penalti en una acción en la que, pese a que Fred se avanzó a Rakitic, también hubo contacto. Al menos, el colegiado tuvo imágenes sobre las que decidir.

Todo se precipitó en un suspiro. Entre Rakitic y Messi robaron a Young, y el argentino soltó su clásico zurdazo en plena diagonal. De Gea, lejos de recomponerse, engulló el segundo tras el toque de derecha del rosarino.

El meta aún pudo oponer la cara cuando Sergi Roberto buscó el tercero en el ocaso del primer acto, pero nada podría hacer ya el guardameta tras el descanso ante el ejercicio de redención de Coutinho. Su golpeo, desde fuera del área, fue tan precioso como controvertido su gesto de ponerse los dedos en los oídos ante su hinchada.

El Camp Nou no reparó en ello. Disfrutó de lo lindo ante la gran superioridad del Barcelona, se emocionó con una parada imposible de Ter Stegen a Alexis, y jaleó la gesta de los niños del Ajax frente a Cristiano. El camino se aclara.

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