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Vivir

Heridas en la conciencia – Manuel Povea

Es humano comprender dónde se falló cuando ya ha ocurrido; y anticiparse suele ser indicativo de inteligencias superiores, menos frecuente, por lo tanto. El egoísmo o el orgullo, entre otras razones, acostumbran a esconderse detrás de esos fallos de los que, pasado el tiempo, nos arrepentimos. De entre todas las equivocaciones, fallarles a otras personas, especialmente a los que más nos quieren, es lo que mayor arrepentimiento desata cuando años después uno se reconoce en el error. Que no estén entre nosotros en ese momento endurece la penitencia.

Uno se va haciendo mayor y comprende que ha caído en la mayoría de los errores que una persona puede cometer. Cada uno de esos errores me habrá llevado a aprender, a mejorar en algún aspecto, dando forma a eso que llamamos experiencia. Pero cuando le fallas a las personas, por mucho que se haya aprendido de ello, entonces maltratamos la conciencia. Culpa, arrepentimiento, la necesidad de volver atrás sabiendo que no es posible, son como heridas abiertas en el corazón de tu conciencia. Esas heridas van poco a poco dejando de sangrar, aunque nunca dejan de doler.

Decía Albert Einstein que “el peligro no llega sólo de las personas que hacen el mal, sino de las que se sientan a ver qué pasa”, y es eso mismo,  el permitirme la inacción, lo que más atormenta mi conciencia. No se trata de revivir utópicamente el pasado, imaginando resultados que habrían sido distintos merced a diferentes comportamientos. “El hubiera sido no existe”, como se argumenta en la película “Nueces para el amor”, así que fuera de mí esos pensamientos sobre los caminos escogidos. Creo que una vez elegido, la única verdad se encuentra delante de uno; no existen caminos equivocados, sólo incapacidad para llegar hasta el final.

No es elegir mal, sino sentarse a ver qué ocurre y fingir que no nos atañe, que no nos importa o que no está a nuestro alcance, lo que constituye el mayor de los errores, para mí, en una vida. Y lo que inflige, al menos en mi caso, las heridas más profundas en mi conciencia.

Ofrecida la posibilidad de publicar, se te da permiso para aporrear las teclas e inundar con tus ideas el tiempo del lector. A veces, como hoy, algunos sentimientos apartan esas ideas, quizás simplemente porque algún riachuelo de recuerdos se me ha desbordado.

En ocasiones, el movimiento más inteligente consiste en no moverse. Esto es cierto, sin duda, pero no es eso la inacción; lo primero es una acción invisible y que implica un resultado, lo segundo es su ausencia o abandono. Intervengamos, en lo que sea. Actuemos, aún temerosos del error. Que nada sea consecuencia de sentarnos a mirar, porque un día comprenderemos que podíamos haber cambiado nuestro mundo y ya será tarde para enmendarlo.

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