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La cena de los idiotas – Manuel Povea

Me decía siempre una amiga que en las personas, a medida que envejecemos, se nos agudizan los rasgos predominantes de nuestro carácter, esto es, el soso se vuelve invisible; el bondadoso, un ángel; y el malicioso, ponzoñoso. Seguro que habrá excepciones, pero no le falta razón. Me da que en los momentos más oscuros ocurre algo parecido. Muchas voces han querido desde el principio reflexionar positivamente sobre cómo esta pandemia nos haría mejores. Yo creo, como mi amiga, que agudizará lo que ya éramos cada uno. No espero cambios, por lo menos a mejor. Será la condición humana, imagino.

Esta crisis nos desespera a todos: los que arriesgan la vida en el ejercicio de su profesión, los desgraciadamente fallecidos y sus familiares, los que han perdido o van a perder su negocio, o los que tienen la fortuna de simplemente haber sufrido algunas secuelas del confinamiento. Esa desesperación puede aflorar con distintas formas, pero una me sorprende mucho, y no porque no se viera venir: el ambiente guerracivilista, absolutamente patético y ridículo, en mi opinión.

Se supone que el paso del tiempo nos regala, sobre todo, distancia. La suficiente para estudiar y evaluar los acontecimientos sin caer en la visceralidad. Pero a día de hoy, parece que nos empujan hacia otro camino, bastante poco inteligente para la sociedad, aunque probablemente muy rentable para los que lo vienen hace tiempo alentando. Esta tendencia a etiquetarnos obligatoriamente para alinearnos en un bando; esto de conmigo o contra mí; o lo último que he leído: si no eres extremista tu opinión ya no vale.

«…a mí me parece que nos toman el pelo.»

Pues qué quieren que les diga, a mí me parece que nos toman el pelo. Primero porque entramos al trapo de cada discurso, populistas ambos, que nos llegan desde los extremos a izquierda y derecha. Segundo, porque la mayoría de los que ahora y aquí estamos, hemos nacido en democracia, en la transición y en la etapa final de la dictadura. ¿En serio estamos más interesados en el pasado que en mirar hacia el futuro y construir el presente? Y si se mira hacia atrás, debería ser para aprender de los errores, no para incitar a revivirlos, lo que, con todo respeto, parece bastante idiota.

Precisamente, ¿recuerdan aquella obra llamada “La cena de los idiotas”? Tipos adinerados organizaban cenas a las que asistían con un invitado, escogido al objeto de determinar cuál de todos ellos era el más idiota. Creo que nada lo es más que reaccionar espoleados por las consignas de aquellos que se aprovechan de nuestros momentos de fragilidad, de tristeza o de desesperación, que es cuando nos volvemos más vulnerables.

Los conflictos, que se diriman en los tribunales; los vencedores, que los determinen las urnas. Que el deseo del bien común sea verdaderamente común. De otro modo, sin ánimo de ofender, seremos los idiotas invitados a la cena de unos pocos.

Manuel Povea

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