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Futbol

La entrevista final | Iturralde González: «Nadie sufre más bullying que los árbitros»

ÁNGEL NAVARRETE

Eduardo Iturralde González. Bilbao, 1967. Ex árbitro. Nadie ha pitado más partidos en Primera y pocos colegas han alcanzado tanta popularidad… buena y mala. Ahora es comentarista en la SER, pero no ha cambiado: sigue yendo a su aire y hace años que lo que se diga sobre él, le resbala. Al fin y al cabo, y pese a las gafas de niño bueno, es un punk de Bilbao.

¿Eras el que peor jugaba al fútbol en tu colegio?
No, soy árbitro por herencia. La mayoría lo somos influenciados por alguien de la familia. En mi caso, mi abuelo, mi padre y mi hermano. Siempre se ha dicho eso de que a uno lo ponen a pitar porque es el más tonto de clase, pero igual es más listo. Porque ¿cuántos futbolistas que se iban a comer el mundo se han quedado en Tercera mientras el único que quería ser árbitro está en Primera?
Es una profesión menos solicitada, eso seguro.
Ojo, que ahora hay mucha competencia porque ya hay muchísimo dinero. Los de Primera ganan 300.000 euros al año, mientras que en mi época estábamos entre 25 y 50.000. Yo durante toda mi carrera compatibilicé el arbitraje con el laboratorio dental que tenía. Ahora ya son profesionales. O medio profesionales, porque lo que es denigrante es que en 2019 sigan sin seguridad social. Es una pelea de los árbitros desde hace 25 años que nadie arregla.
¿Merece la pena ser árbitro y aguantar lo que se aguanta?
Claro que sí. Mi balance es superpositivo. He conocido gente buenísima y las alegrías superan con mucho a los disgustos. Yo ahora voy a un partido de regional y me asusto porque, a mi edad, no aguantaría a esa banda de cafres. Sin embargo, la realidad es que cuando yo empecé era exactamente igual, pero con 14 o 15 años pasas de todo. Y menos mal, porque más bullying que los árbitros no sufre nadie. Chavalitos aguantando cosas tremendas de adultos. Y ahora las chicas, que lo que sufren es todavía peor. Ser mujer y árbitra es tener los ovarios más grandes del mundo. No se puede ser más valiente. El mundo del fútbol es irrespetuoso, maleducado y machista. Está cambiando, pero aún es así.
En Alemania o Francia, ya hay árbitras en Primera. ¿Lo ves muy lejano en España?
Va a costar, porque para llegar a la élite necesitas empezar desde abajo. Mi hija fue árbitra y envía tú a una niña de 15 años a la selva que es un partido de regional… La sociedad española aún no está preparada para que una mujer sea árbitra. Queda un trabajo tremendo por hacer. A lo que ya aguantas como chico súmale ser chica, con unos jugadores que empiezan los partidos proponiéndose actuar con total normalidad, pero a los 20 minutos están recordándole a la mujer que es mujer e insultándola por su sexo. Y en la grada, multiplica por diez.
¿Cómo se aísla uno de un ambiente así para trabajar?
En la carrera de Filosofía debería haber una asignatura que fuese ‘Árbitro de fútbol’. Porque desde que eres un adolescente estás tomando decisiones difíciles e inmediatas sobre gente mucho mayor que tú. Eso te enseña a saber gestionar los conflictos, tratar con personas nerviosas… Te va creando poso y, cuando llegas a profesional, los insultos ya no te ofenden sino que sientes lástima por el que insulta, que se está retratando como persona. Lo ves ahí con su hijo y tienes ganas de decirle: «Jo, macho, qué pena me das… y tu pobre hijo, mucho más».
El papel del árbitro, sobre todo cuando no erais profesionales, es antinatural: un señor corriente, antes a menudo con bigote, decidiendo sobre un montón de millonarios con medio mundo mirando. Envidia no da.
Los árbitros siempre hemos vivido en una burbuja… y menos mal. Yo he aprendido mucho más sobre el mundo del fútbol desde que me retiré que estando en activo. Si entonces hubiera sabido todos los intereses que hay, todo lo que mueve… igual no hubiera llegado arriba por la presión.
¿Te han intentado comprar alguna vez?
No. En eso sí creo que en España somos los números 1. No hay casos. De hecho, cuando llega el final de temporada y se empieza con el tema de los maletines, siempre se habla de jugadores y nunca de árbitros. Que un país pueda decir que todos sus árbitros son honestos es un logro tremendo. Y, ahora, con todo lo que ganan, ni te cuento, aunque casi es peor…
¿Es peor que ganen tanto dinero los árbitros?
Es fantástico que ganen 300.000 y ojalá sean tres millones, pero con ese sueldo pierdes la independencia. Cuando yo arbitraba había reuniones para discutir el reglamento en las que el más nuevo no tenía ningún problema en decirle al jefe que se estaba equivocando. Se argumentaba, se replicaba, se debatía. Era una universidad. Hoy, el de arriba dice que te tires al río y tú te tiras aunque no haya agua, porque no quieres arriesgar el dinero. Antes no te tirabas, porque te daba igual pirarte y seguir viviendo de tu trabajo real. Con 30 años, 300.000 euros, hoteles de cinco estrellas y viajes en business, si el de arriba te dice que esto es amarilla o que por esto no vayas al VAR, tú dices amén.
Te reconozco que a veces pienso que sería mejor jugar sin árbitro.
Te responde la historia. El fútbol empezó sin árbitros, hasta que vieron que 22 personas eran incapaces de ponerse de acuerdo. Y los propios jugadores dijeron: «Vamos a poner una persona para que tome una decisión y nosotros la respetemos». Al principio nadie pedía al árbitro que acertase, sólo que decidiese qué hacer. Ahora te exigen acertar siempre. Y eso es imposible.
¿Ni siquiera con el VAR?
Yo estoy a favor del VAR, pero lo hará bueno o malo cómo se utilice. Ha evitado ya unos 120 errores y ahora hace falta que se pierda el miedo a usarlo. Tienen que ser más valientes, pero el problema es que desde las altas instancias, con Velasco Carballo a la cabeza, se les ha dicho que sólo se avise al árbitro de campo cuando sea muy, muy, muy, muy evidente. Y esa es la gran trampa del VAR: el error claro y manifiesto. Están escudándose en eso para no corregir decisiones y se equivocan gravemente.
¿Por qué?
Porque un error es o no es. Cuando lo que se ve en la pantalla no es lo que se ha pitado, es un error y punto. Ni grande ni pequeño ni claro ni manifiesto: un error. Tan fácil como eso. ¿Qué error es más claro: 1+1=3 o 1+1=5? Ambos lo son por igual. Si tras un siglo y pico de fútbol metes una máquina, úsala tanto como puedas para que sea todo más justo. Pero como les han metido caña con que sólo avisen si no hay más remedio, dan por buena la apreciación del árbitro de campo. Ese poco intervencionismo es el gran error del VAR. Hay que mandar más al árbitro a mirar la pantalla. Aunque a mí me va bien así, porque sin polémicas, me echarían de la radio y hay que seguir chupando un poco de la vaca (risas).
¿Cuál fue tu equivocación más gorda como árbitro?
Hay tantas que, más que una concreta, recuerdo un partido. Un Atlético-Mérida del que salí contentísimo y me fui directo al avión. No había ni móviles de nada, así que llegué a casa más contento que el copón y, según abro, me suelta mi mujer: «La que has liado». Creí que me hablaba de algo nuestro, no del fútbol, y ahí pensando qué se me habría olvidado. Y me dice: «Que no, que te has comido tres penaltis». Pensé que me tomaba el pelo, así que puse el partido grabado y me había tragado tres penaltis como tres soles. Un desastre.
Desde que aparecieron los móviles, ¿en el descanso miráis las jugadas polémicas?
En mi época no, pero ahora con el VAR en el descanso les pasan todas las jugadas de la primera parte. Y es una idea horrible, no me gusta nada, porque no eres un robot y algo en la cabeza se te queda. Debería estar prohibido.
¿El árbitro tiende a ser cobarde y, ante la duda, favorece al poderoso?
Es la pregunta del millón. Yo creo que no, porque todo sucede muy rápido y no te da tiempo a planear tanto. Sí puede que seamos conservadores y, ante la duda, tendamos a tomar la decisión menos grave: no pitar penalti, señalar un fuera de juego no muy claro… Pero hay que relativizar. Esta temporada, el Huesca es el equipo al que más decisiones le ha cambiado a favor el VAR y, de no haber videoarbitraje, su afición hubiera dicho que le han descendido los árbitros cuando lo cierto es que ha descendido igual. No influimos tanto.
Bueno, eso respalda mi teoría de que los árbitros de campo se habían equivocado más con el más débil de Primera que con cualquier otro.
Cierto, los números respaldan tu teoría, pero el resultado final respalda la mía: sin esos errores, han bajado igual.
¿Qué piensas cuando oyes a los grandes clubes quejarse?
Es absurdo. Los que menos se pueden quejar de los árbitros son Madrid y Barça. Porque los ellos siempre dominan la posesión, atacan más y eso acaba por forzar que haya más errores a su favor. Pero no es porque el árbitro lo decida fríamente, al menos ahora. No te juegas que te desciendan y perder 300.000 euros por beneficiar a Messi. Antes, cuando no había dinero, no sé si alguno tendría otros intereses…
¿Tú nunca los tuviste?
¿Yo? Yo tengo el récord de partidos perdidos del Real Madrid en el Bernabéu… y se lo quité a mi abuelo. Me enteré de que ese dato leyendo el As, porque hay dos mentiras que dicen los árbitros: una es que no leen lo que se escribe de ellos en los periódicos y otra es que no son de ningún equipo. Todos leemos hasta la última línea y somos de un equipo, como cualquier persona a la que le guste el fútbol.
Eres del Athletic, ¿hubieras sido capaz de arbitrarle con normalidad de tenerlo permitido?
Deja, deja, mejor no pitarle. Cuando le arbitraba en amistosos era injusto en dirección contraria: le perjudicaba más de manera inconsciente para demostrar que no me influían mis colores. Siempre eres más severo con los que más quieres.
Hay una escena mítica antes de la final de la Eurocopa 2008 en la que Luis Aragonés aconseja a los jugadores llamar a los árbitros por su nombre y darles palmaditas en el culo, porque eso les hace sentirse importante y les predispone a favor. ¿Impresionan los futbolistas a los árbitros?
La relación con los jugadores evoluciona con los años. Tus primeras temporadas, el futbolista te mira como a un bulto sospechoso. Luego, según te va conociendo, te va aceptando el error. Eso es lo más difícil del arbitraje: que el jugador acepte que puedes fallar. A partir de ahí, ya te ve como una parte más del juego y todo se normaliza. Por eso, el peor año para un árbitro siempre es el segundo. Porque el jugador ya te conoce y sabe tus debilidades. Y los futbolistas tienen un gen que parecen lobos hambrientos: cuando ven sangre, si ven al árbitro dubitativo o con miedo, se lanzan a por ti y te hacen 90 minutos insoportables. Huelen la debilidad.
¿Qué futbolistas te hacían más incómodo arbitrar?
Yo con los más cabrones, entre comillas, me llevaba muy bien. Con Mostovoi, con Karpin… Con esa gente de mucho carácter es con la que mejor congeniaba. El que era un pesado increíble, seguramente el que más, era Xavi Hernández. Me llevo de maravilla con él y es para mí el mejor futbolista que hemos tenido, pero en el campo era una máquina de hablar y protestar. Antes de los partidos le preguntaba si venía a jugar o a ser locutor de radio. Agotaba. Otro que en el campo es desagradable es Raúl García, pero lo sabe hacer muy bien porque siempre se mantiene en el filo para que no lo puedas expulsar. Es listísimo. Jordi Alba es de los peores, también.
¿Y estadios? ¿Alguno al que no te gustase ir?
Al del Compostela, San Lázaro, era tan frío que estabas a disgusto. A mí me encantaba ir al Calderón. Allí me compusieron hasta una canción con la música del Yellow submarine: «I-tu-rral-de, qué hijoputa es, qué hijoputa es, qué hijoputa es». Y yo me partía, porque cuando en tu profesión te insultan tanto, aunque no hay que quitarle la importancia que tiene, acabas por relativizar. Así que en mis últimos años tenía una apuesta con mis asistentes cada vez que iba al Manzanares: si me insultaban antes del minuto 15, pagaba yo la cena. Yo a los árbitros jóvenes siempre les decía que lo más difícil de arbitrar en Primera es poner a todo un estadio en pie, pero que si tienes los cojones de hacerlo, que ya no se siente más. Es decir, que si has sido valiente para enfadarles, no puedes asustarte luego y cambiar tu forma de arbitrar. Sigue igual.
¿Son la compensación y los cambios de criterio los dos grandes males del arbitraje?
Sí. Yo veo si un árbitro es bueno o malo en el error, en cómo reacciona. Hay una gran verdad en el arbitraje en España: no te haces árbitro hasta que te estrellas con el autobús blanco. Le beneficies o le perjudiques. Porque nos guste o no nos guste, lo que menea el Real Madrid a nivel mediático no lo menean el Barça y el Atlético juntos. Y después del primer choque con el autobús blanco es cuando ves la categoría de un árbitro: cómo lleva los siguientes partidos, si cambia su estilo…
¿Cómo fue tu relación con el autobús blanco?
Con los jugadores me llevaba muy, muy, muy bien y con su prensa mediática muy, muy, muy mal. El Madrid perdió mucho conmigo, pero eran las circunstancias. Les pité tres clásicos y perdieron 5-0, 3-0 y 0-3. Y a ese tipo de prensa no le interesa el arbitraje sino sus consecuencias, que conmigo siempre eran nefastas. Daba igual si acertaba expulsando a Roberto Carlos y Mijatovic o si no tenía influencia en las derrotas, su conclusión era que con Iturralde el Madrid perdía. Sin embargo, con los jugadores me llevaba de cine y tengo anécdotas fantásticas.
Soy todo oídos…
Una vez en el Bernabéu me estaban insultando tanto que se me acercó Fernando Sanz, que estaba jugando aquel día, y me dijo: «Itu, yo soy el hijo del presidente y me silban más que a ti, así que tranquilo». Y otra con Del Bosque que le define como persona. El Madrid había perdido la ida de la Supercopa 1-0 con el Zaragoza y, en la vuelta, le hacen una falta en la frontal a Raúl. Empiezo a pitar, apenas un silbidito inaudible, pero la jugada continúa y marca el Madrid. Sólo me escucharon un par de jugadores del Zaragoza. Todos celebrando y yo sabía que lo justo era anularlo, aunque se iba a liar. Y eso hice. Pero lo peor fue después. Saca el Madrid la falta, toca en la barrera, veo claramente que es córner… y pito saque de puerta. Aún no sé por qué, me quedé bloqueado. Y cuando voy al vestuario en el descanso, veo que me espera Del Bosque. Yo creía que me la iba a montar, con razón, pero me dice: «Eh, Itu, esto es fútbol, aquí fallamos todos y no pasa nada». Me sonríe y se va. Ese es Vicente del Bosque.
Eres un gran aficionado a la música, ¿te motivabas escuchando algo concreto antes de los partidos?
Creo que fui el primer árbitro que empezó a poner música en el vestuario. Iba variando, pero en el Bernabéu me encantaba tocar un poco las narices y poner punk a todo volumen. Recuerdo que, en esa misma final de Supercopa, puse muy alto La Polla Records y entró Villar sin llamar. Aquello parecía una rave. Yo me quedé cortadísimo y le dije que ya lo bajaba y, muy serio, me contestó: «No, no, haz lo que quieras, estás en tu casa». La última canción que escuchaba siempre antes de salir al campo era The memory remains, de Metallica. Y así salía yo: como una moto.
Tu imagen de WhatsApp es la portada del ‘Harvest’, de Neil Young. ¿De dónde te vino esta pasión por el rock?
Tuve la suerte de tener cuatro hermanos mayores y cada uno me educó en un estilo: rock sureño americano, rock sinfónico, cantautores, pop clásico… Y a mí sólo me quedó el punk para investigar por mí mismo. Si fuiste joven en el Bilbao de los 80, ¿cómo no te va a gustar el punk? Si llego a nacer en Sanlúcar, seguramente estaría loco escuchando a Camarón, pero en el ambiente que yo crecí, lo que nos flipaba era Kortatu o Negu Gorriak. Era un Bilbao muy heavy aquel, un Bilbao sucio. Yo les cuento a mis hijas cómo era la ciudad y no se lo creen. ¡Si ahora parecemos Europa! Entonces todo estaba marcado por dos problemas: el político y la droga. La música bebía de esas fuentes y tú, te gustase o no, bebías de esa música. Eres lo que vives.
¿Han heredado tus hijas esta afición?
Mira, en mi casa lo que no puede entrar es el reggaeton. Llamadme racista, antiguo o lo que queráis. Me da igual: no entra. Tengo hijas jóvenes, pero muy bien educadas musicalmente. A mi hija mayor lo que más le va es el rap y me ha descubierto IRA, unas chicas de Vallecas que están bien. No es mi rollo, pero oye… Y la examino cuando ponen un anuncio con canciones clásicas. Según empieza, le pregunto qué suena. «Nina Simone». Y yo: «Bien, bien, que se note la educación ahí».

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