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España

La metamorfosis de Rivera

Asuntos internos

Opinión

Albert Rivera, en rueda de prensa en el Congreso Víctor Lerena EFE

El cuerpo de Albert Rivera le ha dado un susto. En forma de «deshidratación severa». Aunque el detalle es lo de menos. El susto podría habérsele aparecido encarnado en cualquier otra patología. Hay ocasiones en las que el cuerpo habla y dice: «Hasta aquí hemos llegado, muchacho, no me fuerces más». El joven político Rivera, que nació como líder nacional renovador e hipermoderno hace ahora cuatro años, ha crecido a la vista de todos. Casi como Truman el del Show. Los ciudadanos han podido asistir en directo a la gran metamorfosis del presidente de Ciudadanos.

Poco queda del político que con su cara de niño aparentaba tener menos edad de la que tenía, 38 años. Aquel que chocaba sus manos con las de Pablo Iglesias, presentándose como la generación dispuesta a echarse España sobre los hombros para transformar la política de arriba a abajo. Ellos han cambiado la política, no cabe duda. Pero la política les ha cambiado aún más a ellos.

Rivera construyó un partido con mucho mérito y no sin dificultades. Pero en los últimos meses, el joven líder ha aparecido ante los españoles tal y como decían sus amigos que vivía el atormentado filósofo Walter Benjamin. «Siempre parece que está a punto de bajar de una cruz para subirse en otra». Con el rostro y la palabra en cabreo, angustia, agobio y estrés permanente. Con la mente y el cuerpo en un continuo «baile de San Vito», expresión que usaban las abuelas para definir a las personas que no paran quietas un minuto. A mí, que me cayó bien Rivera cuando apareció en escena, me ha preocupado verle con ese desasosiego emocional y no me extraña nada que su cuerpo le haya dicho: «hasta aquí hemos llegado».

No han sido fáciles sus últimos meses. Las cañas que ensalzaban diariamente su liderazgo se han tornado lanzas. Los mismos despachos del poder económico y mediático que antes le coronaban de flores, ahora le dan la espalda. Sus mayores le llaman adolescente inmaduro. El partido se le deshilacha por el centro. La tensión acompaña siempre a los dirigentes de Ciudadanos, que aparecen en escena con el arco de la flecha siempre tenso para disparar contra el «sanchismo», categoría política acuñada por ellos para definir la maldad en estado puro. Hasta Inés Arrimadas, la líder política admirada por su elocuencia, se ha convertido en una mujer enfurruñada que habla por encima de sus decibelios.

Después del susto que le dio su cuerpo, Rivera salió del hospital acompañado por la cantante Malú ataviada con una camiseta que ponía «Love». Mucho mejor así.

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