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España

La política española, una insoportable contradicción

Las incoherencias son la moneda de uso corriente entre los partidos españoles. Ya a casi nadie le extraña que los líderes digan una cosa hoy, otra mañana y, si es preciso, otra pasado

JORGE ARÉVALO

El instinto de poder, dice Max Weber, «pertenece de hecho a las cualidades normales» de la política. En La política como profesión, el filósofo alemán alerta sobre ese instinto. «El político opera con la ambición de poder como un medio inevitable. Pero el pecado contra el Espíritu Santo de su profesión comienza cuando esta ambición de poder se convierte en algo que no toma en cuenta las cosas, cuando se convierte en objeto de una pura embriaguez personal, en vez de ponerse al servicio de su causa».

El cambio operado en el sistema político español -por decisión soberana de los ciudadanos al fragmentar su representación- ha desembocado en una realidad más deudora del instinto de poder que de las convicciones, de las causas o de los principios. Las contradicciones y las incoherencias son la moneda de uso corriente entre los partidos españoles. Ya a casi nadie le extraña que los líderes digan una cosa hoy, otra mañana y, si es preciso para satisfacer su instinto de poder, otra distinta pasado mañana. El valor de la palabra dada ha dejado de cotizar en la política. Los líderes de todos los partidos interpretan la realidad en cada momento de forma distinta y contradictoria según venga bien a sus intereses.

Los prolegómenos de la investidura de Pedro Sánchez como presidente del Gobierno, y el enloquecido mercado de los pactos municipales en vísperas de la constitución de los Ayuntamientos, evidencian que la política en España es una insoportable contradicción permanente.

El «no es no, ¿qué parte del no es la que no entiende Rajoy?», fue la convicción sobre la que Pedro Sánchez edificó su liderazgo en el PSOE. El líder socialista dimitió -por principios- para no abstenerse en la investidura de Rajoy. El PP hizo del «no es no» el arma fundamental de ataque contra Sánchez por no dejar gobernar al entonces presidente del PP. Ahora es al revés. Sánchez pide la abstención del PP para ser investido, aunque él mismo dimitió para no abstenerse. Y el PP le contesta: «No es no, ¿qué parte del no es la que no entiende Sánchez?». La hemeroteca ha devuelto a Pablo Casado esta incoherencia. «Imaginaos que el PSOE le saca 52 escaños y dos millones y medio de votos al PP. ¿Alguien podría entender que nosotros bloqueáramos la investidura del líder del PSOE?», dijo el actual líder del PP en el año 2016. El partido de Casado tiene 57 diputados menos que el PSOE.

El valor de la palabra dada ha dejado de cotizar en la política

Albert Rivera es en este instante político la viva imagen de la contradicción. Por principios, el líder de Ciudadanos ha edificado su iglesia en la piedra de combatir por todos los medios al independentismo catalán y en la defensa del Estado frente a los «golpistas». Cualquier amago de diálogo con ellos lo considera una traición a España y por tanto abomina de hacer depender la estabilidad del Gobierno de los partidos independentistas. Pedro Sánchez le ha pedido ayuda precisamente para no depender de ellos, pero Rivera le niega este auxilio. PSOE y Ciudadanos suman 180 escaños, una mayoría que garantizaría la gobernabilidad de España, si no fuera porque Albert Rivera detesta a Sánchez mucho más de lo que quiere al Estado. En una suerte de profecía autocumplida, el presidente de Ciudadanos descalifica al líder socialista por buscar la abstención de ERC, al tiempo que le empuja precisamente -porque no le deja otro camino posible- a buscar la abstención de ERC.

La constitución de los ayuntamientos y comunidades ha sido un auténtico festival de contradicciones y de pactos incoherentes con los principios defendidos hasta no hace mucho por los partidos. El valor supremo del derecho a gobernar de la lista más votada ha pasado a mejor vida. Como también otras cosas. No hace mucho, PP y Ciudadanos acuñaron dos conceptos como lo peor de lo peor en democracia: «el pacto de perdedores» y «el reparto de sillones». Hasta que llegó la constitución de los ayuntamientos elegidos el pasado 26-M. PP y Cs se han hecho con numerosas alcaldías con un «pacto de perdedores», después de tensas negociaciones en las que el «reparto de sillones» ha sido la disputa principal. Lo que antiguamente era torcer la voluntad popular o ganar en los despachos lo que se perdía en las urnas, se ha convertido ahora en «gobiernos de la libertad», último eslogan salido de la factoría del PP. Si hace cuatro años era el PP quien situaba el gobierno de la lista más votada como lo más democrático -cuando la izquierda le arrebató ayuntamientos a base de pactos-, ahora es el PSOE y en Madrid los partidarios de Manuela Carmena quienes levantan esa bandera.

Albert Rivera es en este instante político la viva imagen de la contradicción

Ciudadanos, que hasta hace no tanto defendía el criterio de apoyar a la lista más votada, ha hecho triples saltos mortales. Su único concejal elegido en Melilla será el alcalde, en Palencia ha logrado la Alcaldía con tres concejales y en Granada con cuatro.

En estas dos últimas gracias a los pactos con Vox. La tormentosa relación que Ciudadanos mantiene con el nuevo partido lleva camino de convertirse en el objeto simbólico de las contradicciones de la política española. Ciudadanos, cuyos dirigentes habían dicho que no negociarían con la formación de Santiago Abascal, son ya socios de hecho de Vox en numerosos ayuntamientos. El pacto PP-Ciudadanos-Vox -evolución lógica de la foto de Colón y consecuencia de una decisión firme y madurada de la ejecutiva que preside Abert Rivera- se ha hecho con el control de algunas importantes capitales. Madrid es la más relevante, pero no la única. Esto no tendría nada de particular si no fuera porque la dirección de Ciudadanos se empeña -aún hoy- en negar con su mano izquierda lo que hace con su derecha. La excepción al principio general de contradicción en España es un político francés, Manuel Valls, que ha cedido sus tres concejales a Ada Colau a cambio de nada para defender el principio que le trajo a Barcelona de la mano de Rivera: no permitir al independentismo ganar espacios de poder. Ciudadanos ha roto con él.

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