Las decisiones pendientes de Solari

Santiago Solari, durante el partido en Ipurua. Javier EtxezarretaEFE

Era la pregunta del día dentro del Real Madrid. ¿Qué partido se recuerda peor que el de Eibar? Mucha memoria había que exprimir para encontrar una función tan mediocre, tan insustancial, tan menor. Algunos la comparaban con el Alcorconazo de 2009, aquel 4-0 que le echó de la Copa ante un Segunda B. Costaba asimilar en todos los estamentos del club semejante parón súbito, tras el esperanzador arranque de Solari en el banquillo. Era incomprensible la actitud del equipo, sin poner ni siquiera un rato en apuros al rival, más allá de la ocasión suelta de Benzema al principio. Pocas veces había tal coincidencia en la entidad, del vestuario a los despachos. La autocrítica de los jugadores fue severa, desde Varane a pie de campo, hasta Sergio Ramos, camino del autobús.

Falta de agresividad, de intensidad, de interés, de energía en los duelos… El diagnóstico, sin una sola excusa, se repetía entre los protagonistas, analizado con una seriedad y distancia llamativa, como si hubieran visto el partido por la televisión. Santiago Solari fue el más suave en el comentario, quizá porque era al que peor le venía ese inesperado 3-0 en Ipurua. En el hotel de Bilbao donde estaba alojado el Madrid, el once sorprendió a miembros de la expedición. Era el dibujo casi de gala, cuando quizá se esperaban cambios tras el parón de selecciones. Zidane removía el equipo de arriba a abajo en las mismas circunstancias, pero el argentino colocó a las fichas más titulares, una formación interpretada dentro del club como diplomática, por los tintes políticos de ciertas apuestas.

Gareth Bale, después de apenas entrenar tras su viaje con la selección de Gales, no faltó en el ataque. Ni tampoco Asensio, que volvió a ser titular justo después de sus polémicas declaraciones donde se descargaba de responsabilidad. Con Benzema, formaron español y británico un ataque de finos pinceles, cuando la tarde demostró requerir más brocha. Lucas Vázquez, fijo en los primeros partidos de Solari, no jugó ni un minuto. Tanto Bale como Asensio firmaron un pésimo partido.

Más atrás, en la medular, tapó el técnico la baja de Casemiro con un trío de volantes creativos, donde Ceballos ocupaba la plaza del brasileño. Si en Vigo el internacional destacó en el pivote, en Eibar fue devorado por la incansable presión de los centrocampistas de Mendilibar. O no se esperaba el entrenador rosarino este plan, habitual del conjunto vasco, o sus hombres le fallaron en esa zona. Atrás, sin muchas alternativas por culpa de las lesiones, a Marcelo se le notó todavía falto de forma. El frenético ritmo que impuso el cuadro armero se llevó por delante a un Madrid sin capacidad de reacción.

El portazo en la cara de Eibar devuelve al equipo blanco a sus días grises camino del despido de Lopetegui, con la diferencia de que la bala del cambio de entrenador ya se ha gastado. Por eso, recuerdan en el club, todo queda en manos de Solari, obligado a tomar medidas para reconducir las cosas. Si en la Liga, por culpa del irregular paso de Barça y Atlético, los daños son reparables, la Champions exige ya una versión seria, para cumplir en Roma mañana y no verse en la última jornada de la fase de grupos con la clasificación para octavos por cerrar. Así sería si el Madrid pierde en el Olímpico y el CSKA gana al Pilsen.

«Tenemos que replantearnos cosas», dijo Solari el sábado, a modo de advertencia. ¿Sacudirá el once titular? En el club estudian sus movimientos. La Roma y el Valencia (sábado, Bernabéu) serán dos exámenes de primer nivel esta semana, tanto para el técnico como para sus jugadores más discutidos.

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