Las Estaciones y los Días: El Tostón

Las Estaciones y los Días: El Tostón

Las Estaciones y los Días: El Tostón – “…que se celebra con castañas asadas y aguardiente como ingredientes principales, en una remembranza antigua de última recogida, de recolecta de los excedentes de la cosecha.”

Las Estaciones y los Días: El Tostón

Las Estaciones y los Días: El Tostón

El castañero utiliza su radio a pilas como altavoz del mundo, como una llamada profética de un tiempo de cambio profundo en el que la naturaleza se recoge y se repliega sobre sí misma para soportar la crudeza del invierno. Y en este recogimiento, el ser humano salpica de actividades paganas y ancestrales el tránsito. Y se despide de sus congéneres con un abrazo de solaz festivo.

En el punteo de la memoria, uno recuerda la llegada del castañero como el punto final definitivo a los veranillos, a los veroños, y la preparación de un tiempo más frío, más recogido, más solitario y aislado. Pero también la arribada de nuevos perfumes, de nuevos colores, de nuevos sabores. Y la castaña como punto de inflexión en todo este cambio.

Porque el perfume, humo saturado de blancos, que puebla las esquinas de las ciudades en este tiempo, es el hilo conductor que nos lleva al importado e imbatible Halloween, al Día de los Difuntos y, en diversos puntos de la provincia de Málaga, al Tostón.

Una fiesta singular que en la serranía de Ronda, tremendas laderas, umbríos valles, se tiñe de cobrizos y de naranjas y de ocres en un espectacular manto y cobra una intensidad especial. Una fiesta, esta del Tostón, que se celebra con castañas asadas y aguardiente como ingredientes principales, en una remembranza antigua de última recogida, de recolecta de los excedentes de la cosecha, de celebración por el trabajo realizado. Y que se traslada a otros lugares como la Sierra de las Nieves y localidades como Ojén, con su Tostón Popular, Fiesta de Singularidad Turística Provincial, o Marbella, que aún conserva la tradición del Tostón entre su agitada vida turística.

Un buen día, 1 de noviembre, para acudir al campo, prender una candela en los espacios habilitados, echarse al coleto un par de vasos de aguardiente y esperar el asado de la castaña en esas fraguas culinarias de ollas agujereadas en su fondo y el carbón ardiente que las tuesta con caricia hasta curtir su exterior y mantener su corazón al punto.

Esa espera se ha acompañado en la fiesta del Tostón de otros avíos como pasas en aguardiente, tocino asado, chorizos a la lumbre y todos aquellos preparados tradicionales que espantan los fantasmas de los difuntos y calientan el alma de los vivos.

Es una jornada, además de contacto con la naturaleza, de posar las manos sobre la tierra fría y sentir el poder telúrico que emana de ella, de reconciliarnos con los espacios verdes que tenemos a nuestro alrededor, de mostrar respeto a los ciclos de la vida en los que una parte se destruye o ausenta para hibernar y despertar después con nuevos bríos en la primavera.

Y si se hace con amigos y amigas, mejor. El calor humano, trascendental en estos tientos, razón de existir en tantas ocasiones.

Y es importante que en el frenesí de la fiesta de Halloween que todo la ha fagotizado, que todo lo ha engullido, que todo lo ha devorado, guardemos el 1 de noviembre para recoger la tradición de nuestros ancestros, llevarse un puñado de castañas en la faltriquera y festejar con la naturaleza la llegada definitiva del otoño de la mano del tostón.

El castañero utiliza su radio a pilas como altavoz del mundo, y yo celebro su llegada como una llamada profética.

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