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Estados Unidos

Los claroscuros del espionaje estadounidense se exhiben en este museo

El oficio de la inteligencia en la historia y la cultura estadounidenses decididamente es un asunto mixto. Ha ofrecido intriga, ingenio y heroísmo, astutos operativos encubiertos y dispositivos alucinantes; por ello es una pieza central del entretenimiento popular. Sin embargo, el oficio del espía también tiene una vertiente más oscura: ya que es propenso a fracasos épicos y con frecuencia se ve enfrascado en problemas éticos, en años recientes, las agencias de espionaje se han visto envueltas en escándalos relacionados con la tortura brutal y la vigilancia secreta.

Es como si los agentes Bond y Bourne se enfrentaran a la tortura de ahogamiento simulado y la escucha de conversaciones sin orden judicial.

El desafío que aceptó el Museo Internacional del Espionaje, renovado y ampliado, que se inaugurará el 12 de mayo en un asombroso edificio de cristal y acero no muy lejos del National Mall, fue capturar todas estas situaciones divergentes. Los curadores debían atraer a los niños bulliciosos de 8 años al igual que a los jubilados sombríos, los turistas cuya noción de la inteligencia secreta proviene de la película 007: La espía que me amó y (dada su ubicación) los visitantes hipercríticos de las filas de la CIA, la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) y todos los recovecos de la seguridad estatal.

En total, el nuevo museo, construido gracias a 162 millones de dólares provenientes de donativos privados y un bono municipal, hace un trabajo estupendo. Es más serio y realista que el Museo del Espionaje original, localizado a 1,6 kilómetros y fundado por el mismo hombre que financió gran parte del nuevo museo, Milton Maltz, emprendedor de la radio y la televisión. Durante su época de 2002 a 2018, el viejo museo se convirtió en un lugar popular de reunión para los autores y los conferencistas en materia de espionaje, pero algunas de las exposiciones resultaban planas y superficiales.

Las nuevas exposiciones usan todos los trucos tecnológicos que hay en la tradición de los museos modernos para enganchar a los visitantes. Pero también están diseñadas para presentar temas complejos de maneras que animan la consideración y el debate profundos. El museo está lleno de artefactos históricos, cuestionarios interactivos y cortometrajes originales.

Una sala dedicada a los interrogatorios y la tortura cuenta con un aparato real para ejecutar la tortura del ahogamiento simulado. Justin T. Gellerson para The New York Times

Lo más impresionante es que el renovado Museo del Espionaje encara los episodios más dolorosos y divisorios de la historia reciente del espionaje estadounidense. Una sala dedicada a la tortura y los interrogatorios tiene algo de historia (George Washington se opuso al maltrato de los prisioneros británicos) y un aparato real para ejecutar la tortura del ahogamiento simulado —el infame dispositivo usado en la Inquisición, por el régimen de Pol Pot en Camboya y por la CIA contra los sospechosos de Al Qaeda en 2002 y 2003—. En los videos que acompañan las exposiciones, dos diseñadores de las “técnicas mejoradas de interrogatorios” de la CIA las defienden como métodos necesarios y eficaces; un abogado militar, un entrenador de la Marina y otros las denuncian como métodos inútiles que se oponen drásticamente a los valores estadounidenses y de la civilización.

En otra sala, dedicada al hermetismo y la apertura, entre quienes hablan en el material audiovisual se encuentran Thomas Drake, exfuncionario de la NSA procesado por filtrar a la prensa información sobre un programa fallido y derrochador, y Ben Wizner, un abogado de la Unión Estadounidense por las Libertades Civiles (ACLU) que asesora a Edward Snowden, el excontratista de la NSA que les dio a los periodistas cientos de miles de documentos secretos. Los altos funcionarios de inteligencia también dan su opinión, pero no monopolizan el diálogo.

El museo también echa un vistazo directo a las fallas de inteligencia, pues analiza los cálculos catastróficamente errados acerca de las armas de destrucción masiva en Irak y compara los ataques de Pearl Harbor y del 11 de septiembre de 2001 de maneras iluminadoras. Un conjunto espeluznante de salas plasma a Berlín Oriental como una sociedad de vigilancia que se salió de control.

“Aquí cubrimos el lado oscuro”, dijo Anna Slafer, vicepresidenta de exposiciones y programas del museo. En el viejo museo, dijo, “en realidad no abordábamos la controversia. Era una versión más ligera”. Dados los feroces debates y los dilemas morales en las noticias desde el 11-S, un enfoque así ya no podía defenderse, comentó.

Un exyihadista danés, Morten Storm, recuenta las aterradoras aventuras que vivió al infiltrarse en Al Qaeda en Yemen, en una sala del nuevo museo. Justin T. Gellerson para The New York Times

Una de las exposiciones interactivas en el museo te permite tratar de salvar al mundo. Justin T. Gellerson para The New York Times

Desde luego, si el viejo museo era la versión ligera, esta no es del todo pesada. Hay cientos de artículos de la colección de artefactos de espionaje, que no es como ninguna otra, de H. Keith Melton, quien ha asesorado a la CIA en asuntos históricos y ha donado sus hallazgos al museo. Hay una cámara soviética oculta en un estuche para anteojos, un mensaje con tecnología de micropuntos de Alemania Oriental en un diente hueco, un traje para fingir un embarazo para las espías de la CIA y un escroto falso que oculta un transmisor para los hombres. Hay exploraciones del gigantesco tema del espionaje en la cultura popular, pero no se permite que predominen las historias ficticias.

Alexis Albion, el principal curador (que trabajó como parte del equipo de la Comisión del 11-S y en el Departamento de Estado), dijo que después de consultar a un pánel de historiadores desde hace casi cinco años, los diseñadores decidieron “contar menos historias, pero más detalladas”.

“El objetivo no es ser pedante, pero sí hay que animar a la gente a que entienda cómo es este trabajo en realidad”, comentó Albion. “La gente cree que el espionaje es sexi y divertido. Pero a veces termina mal. Siempre creímos que sería maravilloso si algunas personas salieran de la exposición y dijeran: ‘Yo no podría hacer eso’”.

Ya que es internacional, el renovado museo busca ir más allá de las experiencias estadounidense y británica. Entre los espías cuyas historias se cuentan en detalle hay algunas de China, Rusia e Israel. Un exyihadista danés, Morten Storm, recuenta las aterradoras aventuras que vivió al infiltrarse en Al Qaeda en Yemen.

En otra exposición interactiva, el museo presenta el complejo acertijo al que los analistas de la CIA se enfrentaron al final de la cacería de Osama bin Laden. Justin T. Gellerson para The New York Times

La exposición incluye un modelo del complejo en Abbottabad, Pakistán, que se enciende para indicar pistas. Justin T. Gellerson para The New York Times

Pocas películas se basan en el trabajo del análisis de inteligencia. No obstante, el museo logra que el tema cobre vida gracias a una compleja presentación del acertijo al que los analistas de la CIA se enfrentaron al final de la cacería de Osama bin Laden: ¿el hombre que se encontraba tras los muros del complejo en Abbottabad, Pakistán, era el fundador de Al Qaeda? ¿O acaso era el hogar de un líder criminal, un capo de la droga o un empresario aislado?

Los visitantes ven cómo Michael Morell, un exdirector adjunto de la CIA, presenta los hechos conocidos en video. Un modelo del complejo se enciende para indicar pistas: un balcón está rodeado por un muro alto; la basura se quema en vez de sacarse para su recolección; un hombre alto recorre el terreno.

En otra estación, los aficionados pueden evaluar las publicaciones en redes sociales de un sospechoso de terrorismo y así probar su suerte en un desafío diario para el FBI y la CIA: ¿la persona es simplemente arrogante y fantasiosa? ¿O supone una amenaza real de violencia?

Con casi una veintena de exposiciones interactivas, todos los visitantes, identificados con una tarjeta electrónica que deben colgarse en el cuello, pueden probar su habilidad en el arte del espionaje. Al final de su recorrido —alrededor de dos horas y media en promedio, según calculan los curadores— los visitantes obtienen una suerte de reporte sobre sus aptitudes para varias especialidades de inteligencia. Pueden darle seguimiento en un sitio web para obtener un informe más detallado.

Todos los visitantes, identificados con una tarjeta electrónica que llevan alrededor del cuello, pueden probar su habilidad en el arte del espionaje en todo el museo. Justin T. Gellerson para The New York Times

A algunas personas les parecerá evidentemente artificioso; a otras, genial. El museo busca agradar a todos y apuesta a convertirse en una atracción imperdible para las hordas de turistas que llegan a la capital estadounidense todos los años. Aunque el museo es una organización sin fines de lucro, es costoso respecto a otros museos nuevos: 24,95 dólares por adulto (2 dólares de descuento en las compras en línea), con descuentos para adultos mayores, miembros de las fuerzas militares y niños.

“La inteligencia quizá es una de las profesiones menos comprendidas y más tergiversadas”, escribió Allen W. Dulles, uno de los directores con más antigüedad de la CIA, después de que se retiró, en un libro publicado en 1963. En efecto: tuvieron que pasar varios años después de la muerte de Dulles, a mediados de la década de los setenta, para que el Comité Church del Senado ayudara a que el público entendiera parte de lo que había estado haciendo la agencia durante su mandato, una mezcla de planes de asesinatos, experimentos con drogas y espionaje doméstico.

Con el impacto aún vívido de los ataques del 11-S, es poco probable que Estados Unidos dé marcha atrás a su extenso y poderoso complejo de inteligencia en el corto plazo. Ninguna parte del gobierno tiene más necesidad de supervisión democrática e informada. El Museo del Espionaje les dará a los turistas algunas horas fascinantes, pero también ayudará a que los estadounidenses entiendan lo que hacen las agencias secretas en su nombre y con su dinero.

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