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Los juegos de poder de Putin pueden salirse de control

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Al presidente ruso Vladimir Putin le echaron a perder, irremediablemente, las vacaciones de fin de año. En primer lugar, el Congreso de Estados Unidos impuso sanciones a las empresas que construyen el oleoducto Nord Stream 2, el principal proyecto energético europeo del Kremlin. Luego, Israel, Chipre y Grecia -que mantienen relaciones cordiales con Moscú- le dieron otro golpe al anunciar la construcción de un gasoducto hacia Europa que podría socavar la rentabilidad de Nord Stream. Y sólo tres días antes de la Navidad ortodoxa rusa, los estadounidenses golpearon duramente al aliado iraní de Moscú matando al general Qassem Soleimani en Bagdad. Putin conocía muy bien al occiso, ya que jugó un papel clave en la creación de la alianza ruso-iraní, que salvó al régimen de Bashar al-Asad en Siria de lo que parecía en 2015 su inminente desaparición.

El hecho de que Donald Trump mandara a liquidar a alguien que muchos consideraban la segunda figura más influyente en Irán, después de su líder espiritual, el ayatolá Alí Jamenei, debe haber conmocionado al Kremlin, y resucitado el fantasma de otro inminente cambio de régimen. La amenaza de la Casa Blanca de bombardear, no solo los objetivos militares y económicos sino también los «culturales» en Irán, era realmente una amenaza contra Qom, la ciudad santa en donde Jamenei tiene su residencia oficial. Otra noticia que debió generarle ansiedad a Putin.

Un objetivo común

Konstantin Eggert, periodista de DW.

Pero el objetivo primordial de ambos regímenes, tanto del de Teherán como del de Moscú es, en última instancia, muy simple: la supervivencia. Y aunque Estados Unidos no cambiará (ni puede hacerlo) el sistema político de Rusia, la muerte de Soleimani será considerada en Moscú bajo esa perspectiva. El afán de Trump por jugar con los símbolos: los cincuenta y dos objetivos iraníes mencionados corresponden al número de funcionarios de la embajada estadounidense tomados como rehenes en Teherán en noviembre de 1979 por orden del ayatolá Ruhollah Jomeini. Todo esto debería preocupar a Moscú.

A primera vista, Rusia se beneficiaría de un aumento del precio del petróleo, si estallara una confrontación entre Estados Unidos e Irán. Sin duda, también empujaría a Teherán a comprar más armas a Moscú y a firmar más acuerdos con Rosatom, el monopolio ruso de energía nuclear que está construyendo el reactor de Bushehr en la costa iraní del golfo Pérsico. Pero a pesar de las duras declaraciones del ministerio de Asuntos Exteriores ruso y de la histeria antiestadounidense y pro iraní en los medios controlados por el Estado, el Kremlin debe estar confiando tras bambalinas en que Teherán limite su reacción al ataque de Bagdad.

Opciones limitadas

Si los iraníes optan por la confrontación, el presidente Putin tendrá dos opciones: o bien, permanecer junto a sus aliados iraníes en las buenas y en las malas, o bien, salir silenciosamente del escenario, dejando que Teherán se las arregle por sí mismo. La primera opción significa arriesgar una confrontación militar directa con Estados Unidos, casi con toda seguridad con más (y más severas) sanciones del Congreso estadounidense, dañando las relaciones que con muchos esfuerzos ha construido con saudíes e israelíes. Y, al final, todo habrá sido en vano porque Irán no tiene ninguna posibilidad de ganar tal conflagración.

La segunda opción para Putin es observar desde la barrera mientras sus aliados iraníes son aplastados militar y económicamente. Pero lo peor es que eso también puede significar un cambio de régimen en Teherán y los gobiernos que pierden guerras, por lo general, no ganan popularidad. El servicio de seguridad del difunto general Soleimani y sus colegas de la Policía ya han matado a docenas, si no a cientos de manifestantes contra el régimen iraní en los últimos meses. Para el Kremlin puede ser difícil -si no completamente imposible- tratar con un nuevo gobierno, que muy probablemente estará dispuesto a hacer la paz con Occidente y a darle la espalda a Moscú.

En tal caso, Rusia no sólo perdería un aliado clave en el apoyo a Asad en Siria, sino que también será mucho menos importante para Israel (que ve a Putin como una conexión influyente con los iraníes) y los saudíes. Una caída del régimen iraní también envalentonaría al presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, quien ya parece estar peleando con Rusia por Libia.

Con el régimen iraní masivamente socavado o destruido, la posición de Moscú en Oriente Medio, y el prestigio personal de Vladimir Putin, como la máxima autoridad mundial para detener el «cambio de régimen», se verían gravemente afectados, apareciendo mucho más débil de lo que parecen. El excesivo papel de Rusia en Oriente Medio se produce gracias a la intención de Estados Unidos de retirarse de la región, más que al propio peso político, económico y militar de Moscú.

¿Un entrometido convertido en pacificador?

El presidente Putin tiene todas las razones para desear que los iraníes reculen en la confrontación con Estados Unidos. Pero las señales no son alentadoras. El parlamento iraquí, influenciado por Teherán, votó por expulsar a las tropas extranjeras del país e Irán abandonó formalmente el ya difunto Plan de Acción Integral Conjunta, preparándose para relanzar sus centrifugadoras nucleares. La escalada está en la orden del día y los estadounidenses la lideran.

La mejor oportunidad que tiene Putin para evitar este drama es jugar al pacificador, no solo, sino en compañía de la canciller alemana, Angela Merkel, y del presidente turco, Erdogan, que presionan para reunirse con él en los próximos dos días. Berlín y Ankara no quieren una explosión del Cercano Oriente y le pedirán a Putin que utilice sus estrechos lazos con Teherán para llegar a un acuerdo y evitar la confrontación. Si este esfuerzo de último minuto no tiene éxito, el hombre fuerte de Rusia puede convertirse pronto en un espectador del drama cuyo libreto dictó, hasta ahora, pero puede que le resulte imposible terminarlo.

(jov/cp)

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