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España

Los problemas de los españoles (IV) | La campaña del odio en Cataluña: un sedimento de odio y asco tras el 'procés'

Los problemas de los españoles (IV)

La independencia de Cataluña

Una ruta por los enclaves míticos del independentismo como Vic, Berga o Amer, donde el nacionalismo ha derivado en los últimos tiempos en una biosfera de complicada coexistencia que se acrecenta en cuanto comparece el discrepante.

Cartel de Carles Puigdemont, en la plaza de la Villa de Amer (Gerona) J. LUENGO

Cayetana Álvarez de Toledo llega tarde al restaurante y, después de tranquilizar a los presentes, le echa una vistazo a las noticias que informan del boicot violento que acaba de sufrir en la Universidad Autónoma de Barcelona. Se ríe con algunos enfoques locales. «Mira este titular: Un acto de Álvarez de Toledo provoca tensión en la UAB. Provoca, dicen». El PP es un partido tan estigmatizado que tras lo ocurrido hay decenas de expresiones de solidaridad que terminan descarrilando. Es una solidaridad envenenada. Enfatizan que todos los partidos se merecen respeto, con lo que es inevitable completar la frase mentalmente: «Incluso» el PP se merece la libertad de expresión. La campaña de su candidata por Barcelona está provocando un gran desconcierto, precisamente porque no se resigna a jugar el papel de exotismo que el nacionalismo hegemónico le concede a su opción política. Al día siguiente, la portada de La Vanguardia ventila lo ocurrido en el campus de Bellaterra en un subtítulo y El Periódico de Catalunya ni siquiera lo lleva en su primera. Son sucesos inscritos en una cierta normalidad.

El nacionalismo ha sido durante décadas el árbitro de la convivencia en Cataluña y ha construido una biosfera tan delicada que todo se trastorna en cuanto comparece el discrepante. A eso lo llaman provocar. La ex consejera de Cultura y actual número dos de la candidatura en Barcelona de Junts per Catalunya, Laura Borràs, le pondrá rúbrica oficial a la teoría de la provocación un día después, cuando resume las agresiones a Álvarez de Toledo, Mayte Pagazaurtundúa y Josep Bou con la sabiduría del refranero: «Hay gente que busca problemas y, cuando buscas problemas, los encuentras».

Una ruta por la Gerona interior permite apreciar el paisaje que deja la segregación cuando se convierte en política consistorial. En pueblos como Anglés o La Cellera de Ter, la campaña es inapreciable precisamente porque viven durante todo el año en campaña. Son pueblos plastificados de amarillo, donde los niños juegan en parques donde todos los bolardos están pintados del negro estrellado de la bandera que conmemora el tricentenario de la Guerra de Sucesión. La vista no encuentra un punto de descanso entre tanto impacto propagandístico, ni siquiera en la carretera entre pueblo y pueblo. En los arcenes y las rotondas se alterna la propaganda de pretecnología con carteles de tipografía y maquetación cuidada financiados por la Òmnium Cultural, la organización independentista que preside Jordi Cuixart y vicepresidió Joaquim Torra.

Hay una diferencia paisajística entre la comarca de Osona, donde se encuentran algunos de los enclaves míticos del independentismo como Vic o Berga, y la comarca de La Selva. En la segunda, el fervor independentista ha ido deslizándose hacia el culto a la personalidad, una especie de mesianismo que se va haciendo más evidente según te vas acercando a Amer. Allí nació Puigdemont -«Hombre, aquí todos conocemos al Carles»- y desde hace semanas una lona gigante con su rostro domina la plaza del pueblo. Provoca un efecto distópico. No es fácil encontrar otra plaza en toda España -ni tampoco en toda Europa– bajo la permanente mirada de un rostro flotante. Allí quiso celebrar Ciudadanos un acto. Carina Mejías, concejala en Barcelona, explica lo que ocurre cuando quieren hacer política en un pueblo como éste: «En Vic o en Amer se produjo la viva imagen de la fractura social que se vive en Cataluña, de un lado unas personas que tratan de hacer política y gritan ‘Libertad, libertad’ y del otro un grupo de gente insultando, increpando y exigiéndote que te vayas. En Vilanova se nos acercó una señora y nos dijo: ‘No os queremos aquí, largaos’. ¡Y encima allí 30% del voto es constitucionalista! Yo he roto amistades de años por culpa del procés pero esto es más fácil de explicar fuera de Cataluña que lo que se vive en estos pueblos». Cuando Inés Arrimadas y sus compañeros se fueron de Amer, uno de los paisanos de este pueblo de 2000 habitantes y apariencia unánime pasó una fregona con lejía para desinfectar el suelo donde pisaron los constitucionalistas. A la presencia de Ciudadanos en Amer también lo llamaron provocación, aun hoy muchos insisten en que lo fue y no sólo los radicales.

En una de las calles que sale de la plaza de Amer está la Pastisseria Puigdemont, una pequeña repostería adornada con un cartel con letras art decó y estanterías rebosantes de monas de Pascua. Detrás del mostrador está la hermana de Carles Puigdemont, que recibe sonriente al visitante y le invita a poner algo en el libro de firmas que ha colocado en un altarcito dedicado al president. «Viene mucha gente a visitarnos», dice sonriente, «de hecho ya hemos llenado tres libros con dedicatorias de los que vienen». En los mostradores hay algunos cohetes del Tintín de Objetivo: la Luna hechos de chocolate. Es la única concesión alimenticia a la propaganda, el resto está en la decoración.

En Amer hay ajetreo en torno a la iglesia. Al visitante lo convocan los propios parroquianos a la procesión del Viernes de Dolores. Dicen que es un verdadero acontecimiento. Una jubilada está coordinando la convocatoria, debe de llevar una decena de lazos amarillos entre la pechera y el bolso. Los agita y dice: «Aquí nos toca mucho lo del Carles». De los presentes en el templo sólo una mujer va sin lazo. Mientras enseña algunas de las ruinas de la iglesia, que encontraron en unas obras y ahora almacenan en una de las naves laterales, suelta un par de comentarios sarcásticos levemente reveladores. «Aquí ahora andamos todo el día a la independencia». A ella no le gusta el ambiente porque no le gusta que «la gente se pelee». Es difícil concretar, habla en circunloquios. Cuando se le pregunta por el horrendo paño amarillo que hay en el atrio del templo, se atreve a precisar: «Uy, aquí el cura no se encarga de salvar las almas, más bien lo contrario. Menudas homilías, merece la pena que os quedéis a escucharlo. Él hace la campaña desde el púlpito».

Todos estos pueblos de la comarca de La Selva tienen mucho en común. Una elevada tasa de inmigración, una vida parroquial muy activa, pertenecen al AMI (Asociación de Municipios por la Independencia), tienen un pasado carlista y es muy probable que hayan declarado a Enric Millopersona non grata. Más de 100 municipios catalanes lo han hecho, entre ellos la ciudad de Gerona. Su ciudad durante muchos años.

Falta un par de horas para que la campaña arranque oficialmente. Millo va a acompañar a los compañeros del PP de Gerona a pesar de que no va en las listas y de que las perspectivas para el partido en la provincia son peor que aciagas. Deprimentes. Al independentista gerundense le gusta decir que su provincia es la única de las cuatro catalanas que no toca con España y más le gusta saber que en caso de un referéndum separatista sería también la única en la que está claro que ganaría el sí a la independencia. Millo llega escoltado al encuentro en un hotel situado en lo alto, desde el que se divisa toda la ciudad, y habla con una sorprendente serenidad de una cotidianeidad atroz. «No hay un sólo día que yo no salga a la calle y alguien no se dirija directamente a mí para insultarme». Cuando dejó la delegación del Gobierno en Cataluña, tras la moción de censura que llevó a Pedro Sánchez a la Presidencia de España, la distancia que impone la institución desapareció y el acoso se hizo constante. Aun habría de agravarse cuando le tocó testificar en el juicio a los líderes independentistas del 1 de octubre. Ningún otro testimonio despertó semejante ira. «A mí lo que me sorprendió fue la reacción de algunas personas que yo consideraba moderadas y que han salido de una forma hostil y violenta contra mí, cuando yo me limité a decir la verdad. Yo no tengo ningún interés personal en perjudicar a nadie. Los procesados sabían perfectamente, cuando tomaron sus decisiones, que esto podía tener consecuencias. Entre otras cosas, porque lo habíamos hablado», continúa. Aquella declaración, de la que la cacareada trampa del Fairy fue apenas un detalle marginal, le trajo muchos disgustos a él y también a su familia. Eso es lo que le ha llevado a pensar en mudarse. Pero no se arrepiente: «El juicio es una clara muestra de transparencia y de correcto funcionamiento del Estado de Derecho. No suma ni un voto para los radicales, al revés, yo creo que hay gente a la que le hace ver algo que antes no veía. Tanto en un extremo como en el otro».

La decisión del presidente del tribunal Manuel Marchena de no interrumpir el calendario previsto para la vista por la convocatoria de elecciones ha provocado que inevitablemente se viva en Cataluña como si hubiera dos campañas. La tradicional, con sus mítines y sus carteles, y la que irradia sus mensajes desde Las Salesas de Madrid, si acaso más descarnadamente sincera. Varios medios independentistas se han volcado en el minutado del juicio. Basta un vistazo a ese flujo ininterrumpido de información para advertir una cesura en el proceso. Las declaraciones de los acusados, que pudieron renunciar a contestar las preguntas de la Fiscalía e incluso podían mentir para defenderse, provocaron un estallido de euforia que, por su apariencia sincera, revelaba un notable desconocimiento acerca de cómo funciona un juicio. Las pruebas testificales enfriaron los ánimos de inmediato, porque el relato de los testigos hizo aflorar una realidad tan comprometedora para los procesados como preocupante para la sociedad en general.

Ante los siete magistrados, decenas de agentes han ido describiendo bajo juramento el acoso que sufrieron en los días más dramáticos del procés. En pueblos como el leridano de La Seu d’Urgell, las ceremonias de repudio a los agentes eran constantes y se produjeron episodios de violencia que bordearon la tragedia. Como lo que relató el oficial de policía 091126 de lo ocurrido con su convoy policial el 2 de octubre en Gerona: «Estábamos prestando un servicio de reserva en dicha localidad por si fuera necesaria nuestra intervención en cualquier punto. Teníamos que estar cambiando de posición constantemente cada vez que los ciudadanos se percataban de nuestra presencia. Cuando el servicio finaliza, el convoy se desplaza hasta el lugar de pernoctación. Al vernos pasar, era normal que hicieran gestos despectivos, pero un conductor intentó cortar el convoy. El tercer vehículo no pudo rebasarlo y se produjo una colisión». Hay decenas de testimonios que componen eso que el jefe de la policía judicial de la Guardia Civil de Cataluña, el teniente coronel Daniel Baena, describió como «clima insurreccional» y que ha dejado un sedimento de odio y asco en Cataluña. La elección de Jordi Sànchez como cabeza de lista de Junts per Catalunya para estas generales sólo contribuyó a cronificar la anomalía, pues es lo que permite a la intelligentsia nacionalista sostener la idea de una campaña justamente trastornada y de que es imposible aspirar a la normalidad cuando uno de los candidatos duerme cada noche en la cárcel. Que la razón es que existan graves indicios de que contribuyó decisivamente a quebrar la convivencia es algo que no arredra al independentismo, cuya capacidad por sustituir unas ficciones por otras para que el desafío no cese sigue intacta. Pronto se verá si también la credulidad de una parte de su ciudadanía.

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