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España

Malo para España y ya no digamos para Ciudadanos

José Manuel Villegas, Albert Rivera, Inés Arrimadas y Fernando de Páramo, durante la Ejecutiva Nacional de Ciudadanos ALBERTO DI LOLLI

Es difícil saber en qué momento exacto un hombre o una organización pierden el contacto con la realidad. Y mucho más señalar las razones de la desconexión. Por desgracia para mí, y 4.136.599 españoles más, Albert Rivera no es el presidente del Gobierno. Ni lidera la oposición. Qué duda cabe que hubo un momento en que esto pareció probable. Pero la intromisión indigna y falaz de un juez en la política y su inmoral aprovechamiento por Sánchez propiciaron la moción de censura que acabó con la presidencia de Rajoy y las aspiraciones inmediatas de Rivera. Una desgracia, insisto. Y que Rivera ha multiplicado exponencialmente al negarse a leer los periódicos. Es urgente que alguien le lleve la doble noticia en mano.

El aspecto que ofrece el núcleo dirigente de Ciudadanos es el clásico de esta enfermedad de la visión. Un príncipe cada vez más ensimismado y solitario y a su alrededor cuatro personas (Arrimadas, Hervías, Villegas y Del Páramo) que comparten sus decisiones antes de ser anunciadas. Extramuros, una difusa discrepancia que cuaja como tal en los derrumbes que ayer empezaron a manifestarse: Roldán, Nart, Vázquez… El núcleo comparte la decisión y una característica: su férrea vigilancia ante cualquier manifestación de intelectualismo, la peor amenaza de la política contemporánea. Pericay, Nart, Garicano, Roldán, Igea, Maura, Prendes o Rivera de la Cruz son personas que, con aciertos y no, llevan años pensando en términos políticos. Al apiñado grupo dirigente no le dio tiempo: como el propio Rivera (en su caso, gracias al orden alfabético) pasaron de la nada al poder, sin pasar por la política. Y en algunos casos con la arrogancia propia del que evita molestas burocracias intermedias. Esta es una de las razones que explica cómo un político de la importancia de Valls no ha podido convertirse en un importantísimo valor de Cs. O como Giménez Barbat, la creadora de Euromind (ese foro ejemplar que pretende llevar la ciencia a la decisión política) solo cosechó desprecio en su pretensión de repetir como eurodiputada.

Urge controlar al Inescrupuloso. Cs pudo hacerlo desde el Gobierno, pero…

La ignorancia del principio de realidad y la insolvencia analítica han llevado a Cs a tomar una mala decisión respecto a las mayorías surgidas del 28-A. Y lo más asombroso ha sido el razonamiento subyacente, que incluso muchos de sus críticos han abonado: la idea de que una oferta de Gobierno a Sánchez sería mala para el partido, aunque pudiera ser buena para España. Ahí están los hechos a disposición, en primer lugar, de la analítica señora Arrimadas. Todo es especulación obligada respecto a lo que de bueno pudiera tener para España el acuerdo con Sánchez. Pero ya no cabe duda de lo malo que está siendo para Cs que sus dirigentes hayan tomado la decisión de evitar, incluso, el mero contacto físico, como así lo prueba la renuncia de Rivera a acudir a La Moncloa después de la llamada del presidente.

La peligrosidad política del Inescrupuloso está de más describirla. Llegó al poder a hombros de una mentira (los ciudadanos merecen un gobierno que no les mienta) y la mentira es una metástasis. Urge controlarla. Las elecciones otorgaron a Cs la posibilidad de hacerlo desde el Gobierno. Digo bien: desde el Gobierno. No hay mejor lugar para encadenar al Inescrupuloso. No hay mejor altavoz desde donde hablar a los españoles. Ni se trataba ni se trata ni se tratará de que Cs diese un flácido asentimiento a la investidura, y que luego con él (y su geometría y, sobre todo, su moral, variable), hiciese el Inescrupuloso lo que le pareciese conveniente. Es estúpido asentir a los planes que van a diseñar y gestionar otros. Muy distinto habría sido que Cs hubiese ofrecido a los españoles, en primer lugar, y luego al Psoe -y luego a Macron, traducido-, un minucioso programa de Gobierno y las condiciones para ejecutarlo, incluido el reparto de responsabilidades que le pareciese idóneo. La realidad, sin embargo, es que ese trabajo no está hoy al alcance de los dirigentes de Cs: no han sido capaces de concebir su potencia. No es nuevo: lo que impidió que Arrimadas se presentara a la investidura en Cataluña no fue una decisión estratégica, sino la pura impotencia intelectual y política.

Dicho todo esto, las mentes lúcidamente discrepantes de Cs deben aplicarse el cuento que predican para el pacto con Sánchez. Y no deben dejar a Rivera a sus anchas. Al contrario, deben permanecer a pie firme en sus responsabilidades, sean pocas o muchas, y propiciar un debate que permita la regeneración de un proyecto político imprescindible para la superación de una crisis española que Cs vio antes que nadie y mejor que nadie -y desde luego mucho antes y mucho mejor que Juan Luis Cebrián, que ayer enterraba el partido con gran pompa española-, porque de ella nació.

Arcadi Espada es columnista de EL MUNDO y miembro fundador de Ciudadanos

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