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Música

Miss Caffeina: «El indie se reviste de culto pero está igual de contaminado»

En una sala del paseo madrileño de la Castellana, Alberto Jiménez, Antonio Poza y Sergio Sastre, tres de los cuatro miembros de Miss Caffeina, hablan sobre su nuevo trabajo: Oh Long Johnson (Warner), que consiguió colocarse en el n.º 1 en ventas en España, dos semanas tras su lanzamiento.

Oh Long Johnson, la canción que compuso Sergio y que da título al disco, reflexiona sobre el presente hiperconectado. ¿Qué es lo que les da miedo de esa realidad?
Sergio Sastre (S.): Lo que más me inquieta es perder conexión con el mundo real, el mundo material.
Antonio Poza (A. P.): En mi caso, tener más inseguridad todavía. También me da miedo perderme cosas cotidianas.

¿Más inseguridad por qué?
A. P.: Yo ya de por sí soy una persona insegura. Entonces, ver la vida de otras personas que es tan guay, tan bonita, tan perfecta… y, de repente, verme a mí [todos ríen]… Hago el ejercicio de separarlo pero, muchas veces, me afecta.
Alberto Jiménez (A. J.): Sí, en redes sociales se vende mucho la vida idílica. Este life style es en un 70% mentira. Entonces, puedes decir: «¿Por qué a mí no me va tan bien como a toda esta gente? Yo no tengo esos cuerpos ni hago esos viajes».

¿Se han planteado que ese mismo efecto, quizá, le ocurra a la gente cuando ve su Instagram?
S.: Puede ser, pero con mi Instagram personal seguro que no les pasa [risas].
A. J.: Con el de la banda puede ser, porque, claro, nosotros no contamos penurias en redes, sino las cosas que nos van bien. Entiendo que para otras bandas a las que no les va tan bien podamos crear el mismo efecto. Cuando hablamos de este tipo de cosas [la hiperconexión], no es desde el exterior. Estamos metidos también en la movida.
S.: También hay un rango de la proyección del éxito y, dentro de él, no somos un grupo que la exagere demasiado. Somos muy de mostrar las cosas tal cual son. No tenemos un fotógrafo para nuestro Instagram, son fotografías que nos tomamos nosotros. Hemos tenido gente cercana que nos ha invitado a vernder humo. Y hacerlo es muy llamativo, porque hincha tu imagen, pero por el aprendizaje que hemos tenido no lo hacemos.
A. P.: De todas maneras, en el plano artístico, cuando veo otras bandas de mucho éxito, no me produce esa sensación.

Es más a nivel personal.
A. P.: Exactamente, cuando te fijas en otras personas. Creo que, para la gente que está empezando, ver nuestras redes no está mal.
A. J.: Puede ser inspirador.

Igual que consideran que su Instagram es honesto, ¿creen que sus canciones y su forma de hacer música lo son?
A. J.: De hecho, si no hubiésemos sido siempre tan honestos, nos hubiese ido un poco mejor. Desde el principio, hemos hecho lo que nos ha dado la gana, hemos hablado de las cosas que hemos querido al margen de que pudiese ser polémico, de que nuestra forma de expresarnos fuese ñoña en algún momento de nuestra carrera. Siempre hemos intentando ser lo más reales posible. Yo no subestimo nunca al público, pienso que es inteligente y sabe lo que es verdad y lo que no.

Entonces, si impostasen algo, ¿el público lo notaría?
A. J.: Sí, creo que sí, porque yo lo noto de otros artistas.
S.: Hay una cosa muy humana de los impostores: puedes pensar en algún cantante famoso y luego lo ves en una entrevista y sabes que tiene un personaje. Creo que en nuestra música no hay ese personaje.
A. P.: Que no está mal tampoco.
S.: No, no. Puedes crearte el personaje que quieras, pero a nivel de honestidad musical…

En un momento en el que parece que la fórmula perfecta es seguir lanzando canciones aisladas, ¿por qué siguen creyendo en la necesidad de crear concepto, un disco?
S.: Supongo que por amor a la música. Es cierto que las estrategias han cambiado y puede no ser incompatible sacar canciones sueltas con sacar discos, pero en nuestro caso estamos bastante vinculados a lo que hemos mamado a nivel musical. El amor al álbum también nos hace más fácil estar de gira.
A. J.: Y mostrar las diferentes facetas, porque limitarnos a singles… Hay canciones de los discos que igual no serían sencillos en ningún momento; pero esas canciones son necesarias dentro de un disco y, curiosamente, se vuelven las favoritas de mucha gente.

¿Cuál creen que es el hilo conductor de Oh Long Johnson?
S.: Si hay un hilo conductor es el de estar mirando una pantalla, levantar la vista y observarte por un momento hacia dentro. Se trata de intentar tener un poco de perspectiva, aunque estés mojado, con el agua hasta la garganta, y dentro de estas dinámicas. Yo lo interpreto así: ser un poco más persona y un poco menos pantalla.

Al final buena parte de las canciones terminan hablando de la idea de amor, como en El gran temblor o Prende. ¿Por qué creen que siempre tenemos que terminar hablando sobre ese asunto?
S.: Hay poco amor en este disco, o por lo menos poco amor formal. Justo, en El gran temblor, sí.
A. J.: Sí, pero hay mucho amor de otro tipo: amor propio. Cuando te quejas, haciendo mención a cosas que no te gustan, es porque sientes amor hacia las cosas más puras, más importantes.
S.: Yo no sé si es amor propio, pero es quitarse cosas de encima. No tanto ajustar cuentas, como dejarte una nota mental a ti mismo. No sé qué expresión del amor hay en Oh Long Johnson, porque igual es más abstracta. Igual es amor por la vida. Es aprender a ser más feliz y transitar más ligero.

La canción Reina refleja un aprendizaje. En una entrevista, Alberto hablaba sobre su infancia y la homofobia. ¿Cree que ahora los niños y niñas tienen más herramientas para enfrentarse a esa realidad?
A. J.: No creo que los niños tengan herramientas para eso, porque no deben tenerlas. Lo que sí pueden tener son más referentes y más gente pendiente de lo que pueda pasar, por mucho que últimamente haya personas que intenten que eso no se lleve a cabo.

Y en la cuestión de los referentes, la música tiene importancia, ¿verdad?
A. J.: Cuando yo era preadolescente, no había muchos referentes que tuviesen éxito y de los que yo pudiese decir: «Bueno, a esta persona le ha ido bien siendo así». Ahora sí que los encuentras y eso me parece sanador en todos los aspectos.

Al final, se trata de que las personas estén representadas.
A. J.: Claro, y que puedas saber que ser diferente es normal. Pero no solo en la sexualidad, sino en cualquier cosa. Lo malo es cuando piensas que todo el mundo tiene que ser igual.

¿Miss Caffeina es un grupo diferente, que no encaja?
A. J.: Yo lo he sentido así desde hace mucho tiempo. Mis compañeros, a veces, sienten que no. Álvaro me dice: “No, eso son cosas tuyas”.
S.: La escena indie ha ido evolucionando en los últimos años, pero, ¿a cuántos cantantes homosexuales conoces de ese ámbito? Porque conozco varios, pero que lo digan… O de la escena mainstream, también. Sí, somos diferentes, pero yo no me he sentido nunca discriminado por tener a un cantante homosexual [risas]. Nuestra diferencia tiene más que ver con el estilo, con que nos percibiesen como ñoños y como que no estábamos a la altura del rock y sus expectativas.

Es curioso: parece que dentro del indie todo es más diverso. ¿Muchas cosas siguen siendo tabú?
A. J.: Totalmente.
S.: Sí, es tabú. Tampoco hay muchas mujeres.

¿Lesbianas o bisexuales reconocidas?
S.: Y mujeres en general. Hasta hace poco no ha habido un reconocimiento de los grupos de mujeres. Con el fenómeno de Russian Red, luego todas las chicas eran como Russian Reds.
A. J.: Sí, decían: “Otra chica con guitarra”. ¿Y cuántos chicos con guitarras hay?
S.: Creo que el indie está igual de contaminado de esas dinámicas que tiene la sociedad en general. Lo que pasa es que se reviste de una cosa culta, de una especie de experiencia guay.
A. J.: A parte, se supone que lo underground, que es lo que yo entiendo por indie, tiene como unos ideales de diversidad, ideas más de izquierdas.

¿Pero muchas veces se queda en la estética?
A. J.: Sí
S.: Totalmente. Es un reflejo de la sociedad y lo mismo que vas a encontrar en la industria de la música, lo vas encontrar en la moda, el periodismo…
A. P.: Yo nunca me había planteado esto hasta que, en la promo del disco anterior, hubo varios medios que nos preguntaron: “¿Qué se siente al tener un cantante homosexual?”. Y era como: “Hostias, ¿qué sienten ellos por tener un bajista pelirrojo?” [risas]. A mí, particularmente, no me gusta saber nada del artista que escucho.
A. J.: Nosotros siempre estamos en ese debate. A mí sí me importa.

¿Por qué?
A. J.: Para entender a un artista bien, me gusta saber cómo piensa y cómo es su vida.

La canción Merlí, que escribió Sergio y que está basada en la serie homónima, habla precisamente de lo que comentaban antes: alcanzar una conciencia plena de la realidad y de uno mismo. La música, como la filosofía, ayuda al autodescubrimiento. ¿En qué les ha ayudado la música en ese sentido?
S.: La música me ha dado conciencia del hecho artístico de tener una voz, algo que no sé si todo el mundo siente.
A. P.: Satisfacción personal. Eso hace que pueda estar mejor conmigo mismo y, por tanto, con el resto del mundo.
A. J.: Es que es muy difícil… Yo parto de la base de que todo el que se dedica a esto está un poco tarado, le falta algo. Si tienes la necesidad de hacer música (hablo de necesidad y no de hobby) es porque no sabes conectar de otra manera.

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