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España

Nadejda, ocho años muerta en su casa sin que nadie denunciara su ausencia

Entrada al bloque de psisos en el que fue hallado el cuerpo de Nadejda, fallecida hace ocho años. E.M.

En el número 20 del Paseo de la Unicef, en Vitoria, la mayoría de los vecinos se conocen y tienen cierto trato, quizás porque no son muchos pisos, sólo 12 repartidos en cuatro plantas. La salvedad ha sido siempre el 2B. Hace aproximadamente una década se instaló en él una mujer de mediana edad, de apariencia extranjera, muy reservada y hermética. Ni se presentó como recién llegada, ni entabló conversación con nadie en los pasillos, ni, por supuesto, invitó a entrar en su casa. Tan poco la trataron los vecinos que ni siquiera recuerdan su aspecto físico y si saben su nombre es porque lo han oído ahora en los informativos o leído en los periódicos que se han hecho eco del sorprendente descubrimiento de su cadáver. «No me envíe una fotografía de ella porque no voy a poder confirmarle si es o no; no recuerdo su cara, no sé ni si llegué a cruzarme con ella; ni siquiera acudía a las juntas de propietarios», se excusa uno de los residentes en su edificio.

Nuestro interlocutor fue uno de los vecinos que notó el olor desagradable que comenzó a filtrase al rellano de la segunda planta y que provenía del piso de la mujer, de origen ucraniano pero con nacionalidad española. Sería hace seis, siete incluso puede que ocho años, no sabe precisarlo. «Al principio especulamos, pero no en serio, con que quizás estuviera muerta. Eso o que se había vuelto a su país y se había dejado olvidada la basura», comenta. Se avisó a la Policía, pero para cuando los agentes municipales acudieron a la dirección no debía de haber ya rastro del olor, puesto que no estimaron necesario derribar la puerta ni tratar de localizar a la propietaria. Acabada la molestia, los vecinos se decantaron por la teoría de la basura olvidada y siguieron a lo suyo aunque el Peugeot 105 de la desaparecida siguiera aparcado en su plaza de garaje.

El vehículo ha estado allí, acumulando polvo y pintadas hechas con los dedos, durante ocho años. Hasta que el pasado 28 de septiembre varios agentes de la Ertzaintza se presentaron en el 2B del número 20 del Paseo de la Unicef con un cerrajero. Los había movilizado un email que les llegaba desde Ucrania, escrito en un castellano ortopédico, como si los párrafos hubieran pasado por un traductor de internet. El remitente decía ser hermano de Nadejda B. T. y pedía ayuda para localizarla puesto que hacía años que no respondía a sus intentos de contacto. La última noticia que tenía de su paradero, explicaba, era que vivía en la ciudad española de Vitoria.

Los agentes consultaron el nombre en sus bases de datos y el cruce de información hizo saltar las alarmas. A Nadejda B. T. le habían cortado la luz y el agua por impago; también la ayuda social que recibía mensualmente; tenía una reclamación de la administración de su edificio porque había dejado de pagar los recibos de la comunidad; su nombre aparecía recurrentemente en el Botha -el Boletín Oficial del Territorio Histórico de Álava-, donde le reclamaban pagos tributarios y otras deudas que había sido imposible notificarle; sus vecinos habían alertado hacía años de un desagradable olor que salía de su vivienda…

El cadáver se halló en el dormitorio, momificado e irreconocible, tumbado sobre la cama, mirando hacia la ventana. No presentaba signos de violencia y la puerta estaba cerrada con llave por dentro, por lo que se da por hecho que los resultados finales de la autopsia confirmarán que la muerte fue natural. Lo tendrán más difícil los forenses para poder adjudicarle a Nadejda una fecha concreta de defunción, dado el enorme tiempo transcurrido desde su muerte. Los investigadores la sitúan en octubre de 2010 -cuando Nadejda tenía 57 años- basándose en varios documentos encontrados en la casa: un ticket de compra y un volante médico, por ejemplo, que llevan fecha de ese mes. El primero revela que, entre otros productos, Nadejda adquirió cinco botellas de vodka -había varios envases en la nevera-, y el segundo, que sufría alcoholismo.

Imagen de Nadedja, la mujer muerta que nadie reclamó durante ocho años / E.M.

En la adicción de Nadejda podrían encontrarse las respuestas a las preguntas que un caso tan extremo como el suyo ha suscitado. La más importante es el por qué de un aislamiento social tan fuerte como para que nadie en su entorno, ni siquiera sus dos hijas -ambas con residencia en España-, denunciara su ausencia en los ocho años que llevaba muerta en casa.

A la mayor de las hijas, de 39 años y que vive a 50 kilómetros de Vitoria, la llamamos por la coincidencia de su segundo apellido con el primero de Nadejda, cuando aún no tenemos confirmado el parentesco. Responde una voz masculina, su pareja. Dice no saber nada de ninguna ucraniana de nombre Nadejda y toma nota del recado, pero la llamada nunca se devuelve. La hija menor, de 34 años, se encuentra a 500 kilómetros de distancia y tampoco responde al mensaje enviado a través de sus redes sociales. Ambas nacieron en Ucrania y se trasladaron a España con su madre en los años 90. Al ser informadas del hallazgo del cadáver y de la alerta que un supuesto hermano había enviado por email desde Ucrania, las jóvenes desvelaron que Nadejda no tenía hermanos, con lo que la identidad del comunicante y su relación con la fallecida se suma a las incógnitas que rodean su vida y muerte.

No se sabrá cuándo murió exactamente, pero sí que nació el 6 de julio de 1953 en Ucrania. Y que era hija de Juan y Aleksandra. No es de extrañar que el progenitor fuera uno de los 32.000 niños españoles evacuados a Rusia durante la Guerra Civil, 1.500 de ellos desde el País Vasco, donde Nadejda decidió asentarse a su regreso a España. En el listado de nombres de niños de la guerra hay decenas de Juanes, ninguno con el apellido de Nadejda, que es de origen ruso y que el padre español pudo haber adquirido tras ser adoptado allí. Que su padre tuviera nombre español explicaría también que ella gozara de la nacionalidad española. La imagen que figura en su DNI fue tomada en 2009 y muestra a una mujer muy ajada para los 56 años que tenía entonces, prácticamente irreconocible si se la compara con las fotografías de sólo unos años atrás: esbelta, rubia, ojos azules, siempre con una sonrisa en la cara… . Parecía feliz.

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