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Raquel del Rosario desvela que su hijo tiene autismo

Raquel del Rosario, cantante del grupo El sueño de Morfeo, en una imagen de archivo. Fernando Alvarado / EFE

Raquel del Rosario, cantante del grupo El sueño de Morfeo, ha revelado en una extensa entrada de su blog Planeta particular, que su hijo Leo, de cinco años de edad, tiene un trastorno del espectro autista (TEA). En el texto, titulado El niño hada, Raquel cuenta las dificultades, pero también las satisfacciones y el proceso de aprendizaje que ha experimentado como madre desde que la familia conoció el diagnóstico. La cantante, que vive en Los Ángeles (EE UU), está casada actualmente con el fotógrafo Pedro Castro, con quien tiene dos hijos, Leo, el mayor, y Mael, nacido en 2016.

«Leo no dijo ni una palabra hasta casi los cuatro años. Sí, ese primer ‘mami’ se hizo mucho de rogar. Desde los dos años supe que Leo era diferente, le encantaba tumbarse bocarriba largos ratos ensimismado, parecía estár viendo una película en el techo, a veces sonreía y parecía interactuar con algo. Me encantaba observarle, me imaginaba un montón de colores y seres mágicos a su alrededor jugando con él. A día de hoy, daría lo que fuera por estar unos minutos en su cabeza e intentar comprender su visión del mundo», escribe Raquel.

La cantante detalla el largo camino hasta dar con el diagnóstico: «Le hicimos toda clase de pruebas auditivas para descartar algún nivel de sordera que pudiera estar condicionando el desarrollo del lenguaje, pero todo estaba bien. Más adelante, nos sugirieron un colegio específico y una valoración más exhaustiva con diferentes profesionales que determinarían qué programa educativo sería el mejor para la estimulación necesaria en su caso».

«Alivio»

«Aún recuerdo el día que nos sentaron a Pedro y a mi para darnos los resultados, en medio de un ambiente dramático, con tono muy suave y unas palabras elegidas meticulosamente, nos dijeron que creían que lo mejor para Leo era entrar en el programa de niños con TEA (trastorno del espectro autista)», continúa la cantante.

En cuanto a su reacción, Raquel explica que, «al contrario de lo que ellos esperaban (lágrimas, negación, enfado… ), yo sentí una sensación de alivio enorme. No porque alguien le hubiese puesto un nombre a lo que le pasaba a Leo, una ‘etiqueta médica’, sino porque supe que iba a empezar a trabajar con gente especializada y, sobre todo, que iba a relacionarse con niños que veían el mundo de una forma similar a como él lo hacía».

La cantante aprovecha para concienciar sobre el autismo y aclarar, desde su experiencia personal, los tópicos y malentendidos más extendidos sobre el trastorno: «Ha sido complicado que nuestro entorno entendiese el diagnóstico médico: ‘Pero… ¿cómo que autismo?, si Leo no hace esto ni esto, es más, hace esto y lo otro…'», cuenta Del Rosario. «Cuando escuchamos la palabra ‘autismo’ (al igual que me pasaba a mi antes de hacer mi ‘doctorado particular’), todos pensamos en niños que no se sienten cómodos con más gente, que gritan en lugares públicos porque se agobian, que se valen de la agresividad para mitigar su frustración, que hacen gestos repetitivos para calmarse, que son hipersensibles a los ruidos… Y claro, nada de esto le sucede a Leo», añade.

«Un regalo»

Raquel confiesa que «lo más difícil como madre, sin duda, está siendo el no poder dialogar, razonar o comunicarme con él de la manera que me gustaría. ¿Cómo educar sin una comunicación ni una comprensión claras? […] Entender que Leo ha venido a hacer las cosas de otra manera, lo cual me produce una pérdida de control absoluta […].»

La cantante destaca asimismo la importancia del colegio para el tratamiento de su hijo, así como la relación entre Leo y su hermano pequeño, Mael, de tres años: «Leo y Mael son un regalo el uno para el otro, Leo le llama ‘baby’ en vez de por su nombre, juegan y se pelean como cualquier hermano. Cuando se reencuentran en la puerta del colegio cada día, se abrazan y dan saltos de alegría, como si llevasen meses sin verse. Mael siente una admiración total hacia Leo e imita cada cosa que hace o dice, hacen un buen equipo».

«Hay días —admite— en los que la paciencia se me acaba y sale mi bestia gruñona, luego llega ese sentimiento de culpabilidad y más de un día las lágrimas de impotencia. Hay momentos en lo que me pregunto ¿por qué, por qué y por qué?, y otros en lo que le miro y me doy cuenta del regalo que es, de todo lo que ha venido a enseñarme y de que no lo cambiaría por nada del mundo. Sé que el me eligió porque sabía que haríamos un buen equipo, aunque a veces yo sienta que le estoy defraudando».

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