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Argentina

Revisitando el peronismo fundacional

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En días de mezquinas componendas electorales, quizá no sea ocioso detenerse en la visión que presidió las grandes realizaciones del peronismo en su etapa clásica, que no pienso que se refleje enteramente en las cifras y estadísticas que testimonian el progreso material, la más equitativa distribución de la riqueza, la ampliación de la participación democrática del 45 al 55.

Yo no creo que Juan D. Perón tuviera esa visión totalmente formada antes de emprender la aventura apasionante que lo llevó a regir durante diez años los destinos del país. La experiencia, acompañada por la consiguiente reflexión, desempeñó un papel importantísimo en la construcción de su punto de vista. Nada distinto a lo que ocurrió en el caso de nuestros otros grandes líderes populares. Y esto es así porque las fórmulas políticas convencionales no fueron elaboradas con vistas a la peculiar realidad argentina y funcionan tradicionalmente como anteojeras que estorban la percepción adecuada de nuestros auténticos deseos, necesidades, anhelos, llevándonos por caminos errados. Soluciones argentinas para problemas argentinos, reclamaba Arturo Jauretche, para lo cual es preciso aprender a contemplar la realidad con ojos limpios, practicar un sano empirismo; todo un lujo entre nosotros habida cuenta de la subordinación habitual de las mentes argentinas a una artificiosa y distorsionada superestructura cultural.

Desde ya, en lo concerniente a Perón, la experiencia referida no fue un tanteo a ciegas, sino que estuvo orientada por algunos principios e ideales y, sobre todo, por un diagnóstico preciso sobre la modernidad europea.

En 1949 el experimento peronista cierra una primera etapa, plasmando sus conclusiones en la Constitución reformada y en el discurso pronunciado por Perón con motivo del Primer Congreso Nacional de Filosofía. No es necesario insistir aquí en la importancia de ese congreso, el más significativo de cuantos se han llevado a cabo en el país en la especialidad.

Perón creyó que el ámbito filosófico era el propicio para enunciar sus convicciones políticas fundamentales. Así lo hizo saber él mismo en las palabras que pronunció antes de comenzar la lectura del célebre mensaje del 9 de abril de 1949: «Alejandro, el más grande general, tuvo por maestro a Aristóteles. Siempre he pensado entonces que mi oficio tenía algo que ver con la filosofía. El destino me ha convertido en un hombre público. En este nuevo oficio, agradezco cuanto nos ha sido posible incursionar en el campo de la filosofía. Nuestra acción de gobierno no representa un partido político sino un gran movimiento nacional, con una doctrina propia, nueva en al campo político mundial». Perón no eligió un congreso de ciencias sociales o políticas. Menos aún un congreso de economía.

La conferencia que dio en llamarse «La Comunidad Organizada» finaliza con el enunciado del ideal de sociedad al que aspiraba Perón, cuya realización acabada pudiera dar sentido «a la noble convicción de Spinoza: ‘Sentimos, experimentamos, que somos eternos'». Como explicara muchos años después el filósofo francés Gilles Deleuze en sus lecciones sobre Spinoza, tal sentimiento, semejante experiencia, nada tienen que ver con la inmortalidad del alma, sino con la creación de las condiciones que permitan sentir y experimentar aquí y ahora, en el instante, aquella plenitud de ser y de vida que atesora la palabra «eternidad».

En el fondo, el ideal aristotélico de la polis, paradigma político no superado todavía. Pues, ¿para qué la polis? ¿Para satisfacer necesidades biológicas y materiales, imperativos de subsistencia y reproducción? Rotundamente no; en terminología aristotélica para ello alcanza la «aldea». Y entonces, de nuevo, ¿para qué la polis? Justamente para hacer posible la realización humana más plena, el despliegue de las más altas disposiciones humanas; en una palabra, la felicidad (la beatitud, dirá Spinoza), que en su configuración más acabada, la contemplación, identificará al hombre con la vida de la divinidad.

Afectado como cualquier otro por los horrores de la siniestra conflagración que acababa de finalizar, Perón advierte la existencia de lo que hoy llamaríamos un profundo malestar en la cultura (europeo-occidental), consecuencia de una forma enajenada de construcción de la modernidad.

A partir del Renacimiento, cuyo acaecer Perón sin embargo celebra, el hombre europeo se ha lanzado a un vertiginoso derrotero de progreso material que no ha ido acompañado del consiguiente progreso ético y espiritual. Más aún: aquella dimensión vertical —no exenta de limitaciones— ganada con tremendo esfuerzo en la antigüedad clásica y en la Edad Media cristiana se ha derrumbado. «La crisis de nuestro tiempo es materialista», estima.

Demás está decir que Perón no se opone al progreso material, económico y tecnológico, como en general jamás se opuso a los procesos históricos globales que consideraba inexorables. Pero la idea es reorientar ese progreso visto que, tal como se ha producido en Europa, ha acarreado serias distorsiones que se expresan en el materialismo, el egoísmo, la lucha fratricida, la anarquía, el desorden, la «insectificación» del hombre, el resentimiento, el descontento social e individual (la «náusea»), la divinización del Estado, en una suerte de dialéctica entrópica que aniquila tanto al individuo como a la comunidad.

«Proporción», «armonía», «equilibrio» —dones apolíneos— son las palabras que resumen la propuesta de Perón, tendiente a mostrar que los términos que la modernidad europea ha convertido en antinómicos e inconciliables merced a su distorsión, son compatibles y complementarios. Pues esto es la política para Perón: negociación, conciliación, integración; todo lo contrario de la célebre contraposición schmittiana «amigo-enemigo», a la cual más de una vez las circunstancias le obligaron a recurrir. «León herbívoro», recordarán, gustaba definirse Perón. No es para nada casual o anecdótico que, entre los variados tropos, Perón prefiera el oxímoron: revolución en paz, orden revolucionario, socialismo nacional, pongamos por caso.

Así es que libertad y orden, individuo y comunidad, progreso material y espiritual, progreso y justicia, bien entendidos, no se excluyen mutuamente, lo cual no significa que se diluyan en una síntesis indiferenciada o puramente conceptual, especulativa. Pero tensión, incluso en ocasiones oposición relativa, no implica necesariamente eliminación de uno de los términos en juego.

«Proporción», «armonía», «equilibrio» son la obra incesantemente reanudada del arte de la conducción, arte —como sabemos— «todo de ejecución». Pero para que el artista realice su obra, es decir, para que libertad y orden, individuo y comunidad, progreso material y espiritual, progreso y justicia convivan efectivamente, es preciso reconstruir la dimensión espiritual del individuo. Es aquí donde la ética alcanza una importancia extraordinaria, a ojos de Perón.

En consonancia con esta visión, la propuesta de Perón fue, pues, para la Argentina y de ser posible para el mundo, la construcción de una modernidad alternativa, diferente, original, que evitase cometer los errores que llevaron en definitiva a Europa a devorarse a sí misma para después sumirse en el Nirvana del consumo, sueño idiota del cual no desea despertar. Una modernidad que en aras del progreso material, tecnológico y social no perdiera de vista los más altos valores humanos, tal como cada pueblo o cultura los hubiese establecido, procurando además su enriquecimiento y potenciación en una evolución espiritual rectora de toda otra evolución. Este es el sentido de la Tercera Posición, la posición de los pueblos, más allá de la existencia o no de dos imperialismos, cuyo problema radica en la expansión planetaria de una modernidad tan deformada como deformante.

El atractivo del peronismo consistió en este punto: el desafío de la construcción de una modernidad alternativa, absolutamente inédita, que dentro de ciertos límites pudo plasmarse en la práctica entre 1945 y 1955. No hasta el extremo —y en esto tienen una gran responsabilidad los abortistas del 55— en que fuera lícito decir con Spinoza: «Sentimos, experimentamos, que somos eternos». Modernidad alternativa que rechaza el pensamiento binario y dicotómico que sigue reinando en Occidente, y por eso fue y sigue siendo profundamente incomprendida por la abrumadora mayoría de nuestra sociedad, incluidos los políticos del justicialismo.

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