Rosa Menéndez: “Una parte de mí está cansada de ser la primera”

Rosa Menéndez en el auditorio del CSIC. Estilista: Sheila Rodríguez. Maquillaje y peluquería: Sonia Ezama para ‘The Artist Talents’ (Keka Lucas). Fotografía: Cynthia Estébanez. Vídeo: Alberto Ibáñez. Producción: Carla Pina y Gema Navajas Fotografía: Óscar Arribas

Acababa de hacer las cuentas de cuánto le quedaba para jubilarse cuando la llamaron, hace un año, para proponerle que se pusiera al frente de la investigación en España. Y no se lo pensó ni un minuto, pues le gusta tanto el laboratorio como la gestión. Un broche de oro a cuatro décadas de trabajo y de obtener sus logros “a pulso”.

La zona noble del CSIC es vetusta, imponente, con la ranciedad de lo que se consideraba elegante ocho décadas atrás. Es un ambiente plomizo en el que encontrarse con la frescura de Rosa Menéndez supone un alivio. La presidenta del Consejo Superior de Investigaciones Científicasprimera mujer en presidir esta colosal institución– saluda con efusividad y en un pispás desaparecen las pesadas alfombras, el pan de oro y el aroma a polilla erudita. Rosa Menéndez (Cudillero, Asturias, 1956) mantiene su deje asturiano, su vivacidad y un cierto aire a Kathy Bates que te incita a la cercanía.

Está en vísperas de aniversario: en pocos días cumple un año al frente del CSIC. Aquella licenciada en Químicas que tenía como aspiración ser profesora es hoy la mandamás de un mastodonte que aglutina a 120 centros de investigación y da trabajo a 11.000 personas, de las que 3.000 son científicos. Es una casa que conoce muy bien -fue vicepresidenta en 2008 y 2009- y en la que planea hacer cambios para dotarla de cierto aire moderno que le permita mostrar todo su potencial: “No es que estemos reinventando el CSIC, porque en el CSIC se hace una ciencia de excelencia. Pero hay que saber transmitirlo”.

¿Cómo termina una estudiante de Químicas presidiendo una institución de la envergadura del CSIC?
Pensaba dedicarme a la enseñanza, pero no se convocaban oposiciones y me surgió la oportunidad de hacer la tesina en el Instituto Nacional del Carbón (INCAR). Ahí me enganchó la investigación y comencé el doctorado. Lo simultaneaba con clases particulares, sustituciones en institutos…, era la forma de sobrevivir. Siempre me he sacado las cosas a pulso.
¿Cómo se veía entonces que una mujer anduviera en ciencia?
Mi carrera ha estado ligada en todo momento al INCAR y, en aquella primera etapa, desde el 79 al 86, se veía raro que chicas jóvenes trabajaran allí. Tampoco era nada habitual la presencia de becarios haciendo el doctorado, y menos todavía mujeres. Aun así, éramos tres químicas en plantilla, nada mal para la época. Y después me fui a Inglaterra para una estancia postdoctoral. Aquello marcó un antes y un después.
¿En qué sentido?
A nivel personal me dio seguridad. En la sociedad inglesa, en su universidad, ser doctor tiene un valor. Se te reconoce. Y además tuve la suerte de trabajar con el número uno en materiales de carbono, el profesor Harry Marsh, con quien empecé a asistir a congresos. Fue un despertar científico en todos los sentidos, trabajaba sábados y domingos… Llegué sin saber inglés y en un mes estaba dando una conferencia en la ‘Royal Society’.
Una españolita en los niveles más altos…
Sí, me hizo sentir mucha confianza ver que estábamos en disposición de competir, con una formación excelente. Y a nivel profesional me permitió establecer contactos con muchas personas con las que después colaboré al volver a España y que me ayudaron a montar mi grupo de investigación.
¿Es difícil decidir entre la investigación y la gestión?
No siento que haya tenido que tomar esa decisión: he llevado en paralelo ambas cosas. Aun cuando he ostentado numerosos cargos como gestora, los he simultaneado con mi grupo de investigación en Oviedo, en el que nos dedicamos a obtener productos de alto valor añadido a partir de residuos derivados del carbón y el petróleo. El hecho de que haya venido aquí no hace que el grupo se resienta lo más mínimo.
Cuando le ofrecieron ser presidenta, ¿tuvo claro el sí?
Sinceramente, no me lo esperaba. De hecho, apenas un mes antes estaba mirando, por pura curiosidad, cuánto tiempo llevaba cotizando y a qué edad podría jubilarme. Además, cuando veía la vida que llevaban la secretaria de Estado, Carmen Vela, y la directora de la Agencia Estatal de Investigación, Marina Villegas…, uf, pensaba que eso estaba bien para cuando tienes 50 años, pero no para los 60. Aun así, cuando Carmen Vela me llamó para proponérmelo, le dije que sí sin pensarlo dos veces.
¿De forma inconsciente?
En realidad, no: yo sabía lo que era esta casa, la conocía bien. Lo que ocurría es que estaba en un momento de mi vida en el que necesitaba algo más que el laboratorio. Me encontraba bien allí pero me faltaba oxígeno. La verdad es que me apeteció, era una forma de aprovechar toda la experiencia acumulada a lo largo de más de 40 años. Pensé que podía ser útil. Y la gestión me gusta. Así que no fue ningún sacrificio. Hice las maletas y me vine para Madrid.
Es la primera mujer presidenta…, ¿le supone una responsabilidad añadida?
El cargo lo es, pero no me pesa. Una parte de mí está en cierto sentido cansada de eso de ser la primera, de tener que ir con cautela porque se me va a mirar con ese prisma. Pero la otra se alegra de que gracias a eso el CSIC tenga visibilidad.
¿Cómo anda de colegas mujeres?
Mira, en mi época del Ministerio llamé a compañeras para que se vinieran y no aceptaban porque suponía una dedicación muy grande, mucho tiempo. Es de respetar, todo el mundo tiene unas prioridades; lo que hay que hacer es facilitar que estas mujeres puedan incorporarse. En estos momentos tengo cuatro delegadas institucionales. Científicas. Y no las he llamado porque sean mujeres, sino porque son profesionales como la copa de un pino.
¿Es más complicada la paridad en ciencia e investigación en comparación con otros sectores?
Se necesita un impulso en el tema de conciliación y ambición. Perder el miedo. En mi opinión es un tema cultural, debemos mentalizarnos de que sabemos y podemos. En la parte académica sí puede influir la cuestión de la conciliación: al tener que dedicar más tiempo al cuidado de tus hijos o de tus mayores dispones de menos para escribir y publicar. Pero hay campos difíciles, como el sector diplomático, con pocas embajadoras en los destinos codiciados, o el de la ingeniería.
Techos de cristal, gráficas tijera… Los últimos datos presentados en ‘Women in Science’ reflejan que el CSIC va por buen camino.
Sí, estamos luchando contra eso. En el CSIC el techo de cristal ha bajado considerablemente, y nos sentimos razonablemente contentos. Con la gráfica tijera…, es verdad que muchas veces, a partir de un determinado nivel, los varones siguen ascendiendo y ellas se estancan.
¿Qué puede hacer que una mujer brillante renuncie a avanzar en su carrera?
Creo que no se lo plantean de una forma tajante, no se dicen a sí mismas que renuncian a llegar más lejos en su profesión. Hay un factor cultural ligado a la conciliación. Yo, cuando tenía que irme de viaje y mis hijos eran muy pequeños, sufría. Nos creemos imprescindibles, cuando no lo somos. También está la cuestión de la ambición, cada cual prioriza. Hay gente que disfruta teniendo más horas para estar con la familia en vez de en el laboratorio. Es respetable… y se da más en mujeres.
Cuando sus hijos eran pequeños no existía la palabra conciliación.
Tengo dos que ya han terminado la universidad. Yo no sufrí ningún parón en mi carrera cuando fui madre: continué trabajando, tuve apoyo familiar, seguí viajando. Y, aun así, siempre llevé el peso de la casa. Me gustaba.
¿Y los condicionantes culturales?
Cuando se habla de condicionantes…, ¡dios mío! Mi madre tiene ahora 85 años y es una mujer del campo asturiano, curtida, muy enérgica. Yo cosía con ella, dibujaba, tenía muñecas y me vestía de rosa. Y nunca me condicionó haberme vestido de rosa ni haber jugado con muñecas en vez de con camiones. Hay otros factores que pesan más, y son los referentes. Si estás en un ambiente en el que te das cuenta de que para salir adelante tienes que esforzarte y luchar, porque lo ves en tu casa, y que cuesta, tú lo haces. Te implicas. Y si tienes una vida tal vez más relajada y confortable quizá no te impliques tanto. Yo lo de la conciliación…, fui la clásica de hacerlo todo: mis labores y trabajar.

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