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The Crown hace justicia a la figura de Margarita, la princesa más criticada en vida

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Mucho bombo se le dio (le dimos) al fichaje de Olivia Colman para la tercera temporada de The Crown que aterriza el 17 de noviembre. Y no era para menos, la británica viene de ganar el Oscar este año por La favorita y toma el relevo del personaje protagonista en una de las series estrella de Netflix. La actriz reemplaza a Claire Foy como la reina Isabel II en una temporada que sigue avanzando en el tiempo y en la historia de la casa real británica. Y tras haber visto la temporada completa puedo sentenciar que el bombo deberíamos habérselo hecho a todo el reparto. El cast al completo se luce con un brillo especial, incluso haciéndole sombra a la todopoderosa Olivia. Y si hay alguien que se lleva la palma no es precisamente la protagonista, sino Helena Bonham-Carter como la relegada e incomprendida princesa Margarita.

No intento menospreciar a Olivia. Para nada. Es de mis actrices favoritas y su trabajo en la serie es impecable, pero lo que consigue Helena es para ganar un Oscar si la Academia premiara a las series (con el poder del streaming quién sabe si algún día lo hagan). Logra lo que un buen papel secundario pocas veces consigue: robarse el espectáculo cuando está en escena. Convertirse en tan esencial para la cámara que solo quieres conocer su historia, y solo la suya. Y para ello, este reportaje.

Mientras Olivia Colman se va acomodando en el papel capítulo a capítulo, casi imitando a la reina de Claire Foy en el primero para ir haciéndolo suyo a medida que avanza la trama, Helena es el torbellino que se apodera de la pantalla. Mucho más que Vanessa Kirby en su versión más joven de las dos primeras temporadas. Lo mismo que hizo la princesa y hermana de la reina en vida acaparando titulares en tabloides debido a sus malas decisiones, sus amores fallidos y un espíritu libre que chocaba con el semblante de la casa real, el personaje hace lo mismo en la serie.

Porque la historia de Margarita merece ser contada, y si lo hace Helena mucho mejor. Es algo que se nota al ver la nueva temporada, mucho más que en las dos anteriores, en donde el personaje avanza a pasos agigantados gracias a una actriz que captura la imperfección humana de alguien que roza el poder, pero no lo tiene. Digo el poder porque formaba parte de la Casa Real más conocida del mundo, pero lejos de él porque sus vivencias y espíritu salvaje hacían que la reina la mantuviera a cierta distancia de la corona. Así como el príncipe Enrique era visto como el alma de la fiesta de la familia real hasta poco antes de comprometerse con Meghan Markle, con los tabloides del país explotando al máximo sus amores, sus noches de juerga y jugarretas juveniles, lo mismo pasó con Margarita. Pero mientras Enrique era retratado como un joven libre pasándoselo bien lejos de las responsabilidad que acarrea su hermano desde el nacimiento, a Margarita se la crucificó. Después de todo era mujer e infiel.

La tercera temporada se adentra en la etapa adulta del personaje y con más cizaña. Si bien tuvo sus momentos de polémica, como la publicación de una foto de ella desnuda en los periódicos del país durante la segunda temporada o la ruptura de su compromiso en la primera, aquí el guion y la actuación de Helena brillan en mostrarla en todas sus facetas: desde la mujer feliz a la engañada, de la enamorada a la fiera vengativa, de la hermana celosa a la más comprensiva.

La actriz de 53 años aparece solo en un puñado de capítulos pero son suficientes para capturar los conflictos de este personaje secundario en la Casa Real que soñaba con ser protagonista. Nacida el 21 de agosto de 1930, era cuatro años menor que Isabel II. Y digo era porque si no has seguido su historia, Margarita murió a los 71 años en 2002, siete semanas antes que su propia madre, la Reina Madre, a los 101 años.  Pasó mucho tiempo de su vida siendo la siguiente en la línea de sucesión al trono, hasta que su hermana dio a luz al príncipe Carlos.

No tuvo suerte en el amor, y ya desde el primero se vio desafiada por las normas. Tras la muerte de su padre, Margarita encontró consuelo en su relación con el Capitán Peter Townsend, un hombre 16 años mayor que ella, divorciado y con dos hijos de su matrimonio. Él le propuso casamiento y ella -a los 22- aceptó, y a pesar de la aprobación de su hermana, se encontró con que las reglas de su religión no consentían la unión. La Iglesia de Inglaterra rechazó dar su consentimiento al tratarse de un hombre divorciado, y hasta Winston Churchill avisó a la nueva reina Isabel II que muchos ministros del Cabinete estaban en contra y que el Parlamento no aprobaría el casamiento, a menos que Margarita renunciara a su lugar en la sucesión al trono. Incluso su propia iglesia le advirtió que si seguía adelante con los planes de casarse con un hombre divorciado, no le darían la comunión en misa. Un condicionamiento terrible para una joven de apenas 22 años, que estaba de luto y solo querría seguir adelante con su vida. Resulta increíble considerar ahora que tantas personas tuvieran derecho a decidir en su vida amorosa.

Pero su hermana la apoyaba y en 2004 se dio a conocer que la reina Isabel II intentó idear una opción para que Margarita pudiera cumplir su deseo en 1955 -quitando a ella y los posibles hijos de la unión de la línea de sucesión- y manteniendo su título real. Finalmente, la pobre Margarita (no se me ocurre otra manera de definirla en ese momento de su vida), envió un comunicado anunciando a su país que rompía su compromiso para honrar las normas de la iglesia cristiana.

Unos años después, en 1960, anunciaba su compromiso con el fotógrafo Anthony Armstrong-Jones, tomando por sorpresa a la prensa y su pueblo ya que prácticamente desconocían de su existencia en la vida de la princesa. Las malas lenguas cuentan que aceptó la proposición el día después de conocer que su ex, Townsend, iba a casarse con otra mujer más joven y físicamente parecida a ella. La ceremonia tuvo lugar el 6 de mayo de 1960, siendo la primera boda real en ser televisada con la asistencia de unos 2.000 invitados.

Tuvieron dos hijos y se convirtieron en una de las parejas de moda entre las celebridades de la época. Se mostraban modernos, iban a la moda y actuaban más cercanos que otras figuras reales en el pasado. Un ejemplo de ello lo vemos en la tercera temporada en el tour que la pareja hizo por EEUU, en donde Margarita se robó completamente la atención de la prensa, el público y hasta la Casa Blanca.

Pero su imagen siempre estuvo perseguida por los escándalos y los tabloides, viviendo el acoso que provoca el escrutinio público mucho antes de la llegada de Diana de Gales a la familia (que por cierto entrará en escena en la cuarta temporada). Criticada por los tabloides desde que tenía 13 años al señalarla como una niña malcriada porque sus padres le permitían quedarse levantada por las noches hasta la cena de los adultos, quienes la conocieron afirman que era una mujer que disfrutaba divirtiéndose y era el alma de cualquier fiesta. El centro de atención. Algo que capta también la tercera temporada. Como dijo su padre, el rey Jorge VI, Isabel era «su orgullo», y Margarita «su alegría».

La serie muestra cómo ese espíritu alegre aportaba familiaridad y cercanía a una reina en desarrollo, viviendo juntas momentos claves de sus vidas, desde el ascenso inesperado al trono de su padre, a la Segunda Guerra Mundial y la coronación de Isabel. Y también como la reina siempre intentaba protegerla, aunque fuera de ella misma.

Y es que Margarita tuvo una vida mucho más pública que su hermana. Sus romances extramatrimoniales no tardaban en acaparar la atención de la prensa, el primero en 1966, apenas 6 años después de su matrimonio y nada menos que con el padrino de su hija. Un año después se supo de otro, con el sobrino de un ex primer ministro británico, quien se suicidó 18 meses después de la separación tras perder su batalla contra la depresión.

Los tabloides la asociaron con Mick Jagger de los Rolling Stones, con Peter Sellers, David Niden, Warren Beatty y muchos más. Los años pasaron y el matrimonio se hacía añicos con supuestas infidelidades por ambas partes. La serie incluso los muestra agresivos, rozando la violencia. Y así llegó el romance que destruiría su reputación, o lo que quedaba de ella de cara al público. Fue con Roddy Llewellyn, 17 años menor que ella, con quien viajó a su casa del Caribe, dando luz a las fotos más comprometidas de su vida cuando un paparazi la captó en la playa. Fueron las imágenes que la hicieron aún más vulnerable de cara al mundo, mostrándola como una come hombres depredadora de jóvenes. No solo la gente de pie tenía algo que decir al respecto sobre uno de sus monarcas comportándose tan libremente, sino la política también. Tanto que algún que otro ministro la calificó de “parásito”.

Y viendo la línea temporal de la vida de Margarita, ese momento marcó un antes y un después. Fumadora desde que era joven, sus problemas de salud no cesaron desde ese momento. Le diagnosticaron hepatitis alcohólica en mayo de 1978, pocos meses antes de finalizar su divorcio, y el que su ex se casara de nuevo en diciembre del mismo año tampoco habría ayudado a su recuperación. Algo que también plasma la serie.

Margarita pasó los últimos años de su vida con dolor y sufrimiento. En 1980 se sometió a una cirugía por una lesión benigna en la piel, y cinco años más tarde tuvieron que extirparle parte del pulmón izquierdo. Cada cierto tiempo recaía y en 1993 fue admitida en un hospital con neumonía y a los 68 años, en 1998, sufrió el primero de tres accidentes cerebrovasculares. En 1999 comenzó a moverse en silla de ruedas y a finales del año siguiente estaba postrada en cama. Sufrió perdida de visión parcial y parálisis en el lado izquierdo por culpa de los siguientes ataques cerebrales, falleciendo el 9 de febrero de 2002 tras sufrir otro que derivó en problemas cardíacos.

Helena Bonham-Carter consigue captar las diferentes facetas de su figura, no como victima de las circunstancias, sino como una mujer de naturaleza complicada. Con una hermana que servía de madre en su vida, y una madre que la criticaba y menospreciaba -según la tercera temporada- la actriz plasma rabia contenida pero también incomprensión, rebeldía y mucha soledad. Gracias a esta tercera temporada de The Crown y al trabajo de la actriz, quizás sea la primera vez que vemos una versión más humana de Margarita. Lejos de la imagen de los tabloides y de los condicionamientos del título real y la política que la rodeaba. Una mujer que tuvo sus contradicciones, pero también muchas críticas que la señalaron con el dedo durante toda su vida. Por ser infiel, como su marido, pero ser mujer.

EL TRABAJO DE OLIVIA COLMAN, LA NUEVA REINA

Por su parte, Olivia consigue plasmar la imagen de una reina que ha aprendido de sus aciertos y errores, de una mujer que se ha forjado a base de experiencia, que puede ser fría y dura cuando es necesario, pero emotiva y de un corazón enorme también. Atrás queda aquella Isabel que se mostró débil queriendo competir con Jackie Kennedy, ahora estamos ante toda una monarca. Una mujer madura sin los titubeos de temporadas anteriores, firme en su papel y su función. Y en eso Olivia brilla.

No puedo terminar este artículo sin mencionar también a Tobias Menzies que toma el relevo de Matt Smith como Felipe, duque de Edimburgo (y esposo de la reina), sacudiéndose por fin la imagen de villano forjada en Outlander, en un papel que le sienta de maravilla. Lo vemos como un hombre y no un monarca, con dudas existenciales y necesidades como cualquier otro. Lo mismo que Carlos de Gales. Como la trama avanza, también lo hacen los años y entra en escena un joven príncipe enamorado de Camilla Parker-Bowles. Interpretado por Josh O’Connor, se muestra como un joven sensible, amante de las artes, con dudas sobre su futuro y una necesidad imperial de tener voz propia cuando su familia lo calla continuamente. Mientras Camilla aparece como una mujer que sabe lo que quiere, que sabe jugar con los hombres a su antojo, por mucho que tuviera el apoyo de la reina en un principio.

La tercera temporada de The Crown deja los aires tele novelescos de las dos primeras para convertirse en un drama histórico que peca de documental de vez en cuando. Un detalle que quizás muchos fans de la serie le echen en cara, pero que sirve para cambiar de aires a la historia, modernizándola de manera que deja los tintes épicos para transformarse en una trama más cercana a la era moderna.

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Fuentes: Telegraph; History; New York Times

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