Tiempo, Temperatura, Agitación

Tras un largo periodo en barbecho, se echaba de menos a una figura clave para entender la historia del pop de este país como es la de Álex Díez al frente de Cooper. Siete años han pasado desde que el leonés publicase el que hasta la fecha era su último largo, “Mi Universo” (Elefant, 11), y si bien la espera ha sido amenizada con el lanzamiento de algún single y el generoso recopilatorio “Popcorner. 30 Años Viviendo En La Era Pop” (Warner, 16), lo cierto es que el autor parece haber estado centrado en la publicación de (interesantes) libros musicales a través de su editorial Chelsea.

El caso es que el ex Flechazos presenta al fin nuevo trabajo de estudio, concretado en un decálogo a la vieja usanza y tal y como mandan los cánones tradicionales. Porque también es clásico el contenido del disco, con ese pop algo nostálgico pero siempre luminoso y colorido -además de detallado y sólido- que tan bien maneja el músico. Un sonido retro que no pasa de moda, con carencia sixtie y regusto a power-pop, aunque en esta ocasión las guitarras sean un elemento menos marcado, oxigenando así (aún más) las melodías. Una preferencia que podría entenderse como ramalazo de madurez creativa, si no fuese por la desbordada ilusión juvenil que coloniza todo el elepé.

El optimismo se desprende en los habituales motivos que inspiran al firmante: viajar, la urbe, bailar, el sol y el verano, o sencillamente la evasión, acompañado de una nueva banda que cuenta con Mario Álvarez a la guitarra y Daniel Montero al bajo. “Tiempo, Temperatura, Agitación” (Elefant, 18) incluye varios cortes que, por verticalidad y empatía inmediata, bien podrían pasar a formar parte del repertorio destacado del grupo, caso de “El último tren” -majestuosa pieza con la que se abre la entrega-, “Salto”, “Graciela” o el infalible sencillo “Infinito”. El trabajo se completa con otras destacadas como el medio tiempo “Luz”, “Ya llegó el verano”, una “Dos Grados Bajo Cero” deudora de The Boo Radleys o “Telerañas”, en lo que supone un cierre tan bonito como duramente melancólico.

Los álbumes del mod español por excelencia rezuman siempre un romanticismo clásico que encandila, además de perpetrar un aparente hedonismo trabajado a conciencia en pos de la calidad. Aún sin ser su mejor colección de canciones (el listón había quedado muy alto en ocasiones previas), cabe afirmar que efectivamente se añoraba ese estilo limpio y certero de Cooper. Canciones de tres minutos que tras sólo un par de escuchas obligan a compartir estribillos a voz en grito, arregladas con la elegancia habitual y enlazadas entre sí con ritmo. El vocalista tiene un don para impregnar su música con esa impronta, en una habilidad activa desde los primeros tiempos de Los Flechazos y sobre la que el músico parece no haber perdido toque.

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