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Argentina

Un recuerdo de Juana la loca

Nicolás Pérez Costa en Juana, la loca

En tiempos donde la humanidad desplegaba sus fichas en el tablero mediante la unión nupcial arreglada de antemano por los suegros sin el absoluto consentimiento de los novios a enlazar, las familias dominantes utilizaban esa práctica como una herramienta por la cual las élites mantenían el poder. Los vínculos sociales y la expansión de territorios se establecían a través de los matrimonios que reforzaban alianzas mediante los herederos comunes de las dinastías.

Corría el 6 de noviembre del año 1479, y en ese contexto histórico llegó a este plano una mujer que desafió las estructuras y los lineamientos preestablecidos por mandato filial, y por consecuencia quedó presa de su propia cordura al convertirse en un símbolo universal. Juana I de Castilla fue la tercera hija de Fernando II de Aragón e Isabel I de Castilla, conocidos popularmente como los Reyes Católicos. Recibió la educación de una infanta de aquellos días: aprendió latín, música, religión y protocolo. Sin embargo, se mostraba escéptica en los temas de Dios y desde pequeña fue una gran jinete, de modo que su personalidad difería de la pretendida por quienes la consideraban un peón más del juego.

A los 17 años fue escoltada a los Países Bajos para contraer matrimonio con el archiduque de Austria, Felipe el Hermoso, heredero de las casas de Borgoña y Habsburgo. Sus padres habían ideado una estrategia de alianzas matrimoniales en Europa, pero al destino poco le importa el cálculo humano, y en poco tiempo los reyes católicos se encontraron dándole sepultura a sus dos primeros herederos. Debido a la muerte de sus hermanos Juan e Isabel y de su sobrino Miguel de la Paz, Juana se convirtió de la noche a la mañana en heredera de las coronas de Castilla y Aragón.

Hoy es historia lo que aconteció cuando murió su madre, Isabel La Católica, como lo es también la disputa por el poder entre su padre Fernando y su marido Felipe. Incluso también forma parte del registro temporal que no vuelve el constante adulterio de éste último, y el confinamiento que padeció Juana en Tordesillas obra y gracia de su padre para gobernar en nombre de su hija, usando como artilugio la impunidad del que etiqueta de «loco» a aquel que sale de la norma y se atreve a alzar su voz para expresar sus sentimientos y experimentarlos a flor de piel. Juana se convirtió en uno de los personajes más interesantes de la historia de todos los tiempos, resultó una fuente inagotable de inspiración para artistas de todo el mundo, entre los que se encuentra Pepe Cibrián Campoy, quien es autor y director de Juana, la Loca que interpreta con magnificencia Nicolás Pérez Costa los jueves, a las 21,. en el teatro La Mueca.

«Tenemos a lo largo de la historia a varios personajes que han sido encasillados de locos, como Calígula por ejemplo, que tienen que ver con una locura que a través del tiempo uno puede ‘humanizar’ y verse reflejado -expresó el dramaturgo y continuó- yo podría espejarme en mi obsesión con el paso del tiempo, o con mi obsesión de sentirme abandonado. sentí que la vida de Juana era algo despiadado, pero al mismo tiempo traté de entender que podía jugar con algo más, con el propio humor de su destino, porque creo que uno elige en gran parte lo que va a ser su vida; y ella históricamente no tuvo remedio y se sumó la traición, pero desde un interior rico en un yo, ella en mi fantasía inventó toda esta historia en su cabeza para sentirse libre».

Esa obsesión de Cibrián por la extinción irremediable de las horas que consumimos al respirar se refleja en los albores del texto que pronuncia con certeza Pérez Costa al inicio de cada función: «Se me pasa el tiempo, se me pasa el tiempo…» y sin darnos cuenta de la transición, Juana ya está en escena. «A principio de año le conté a Pepe, con quien trabajo hace 20 años y nos une una relación casi de padre e hijo, que me iba a probar suerte a Madrid y me propuso que protagonizara la obra -expresó el actor y prosiguió- me encantó, le tuve miedo, pero empecé a trabajar en estudiar el texto que es tan bello como intrincado para hacerlo orgánico a mí y a lo que él me pedía para componer. Amo la historia, recuerdo llegar a mi casa e investigar sobre Juana y saber que de ‘loca’ no había tenido nada, que fue una gran mujer y defendió sus ideas y por eso resultó cautiva durante 46 años en una torre».

«En la obra hablo del paso del tiempo porque yo también lo siento, tengo 71 años, y supongo que mi vitalidad no me hace joven pero me hace estar permanentemente en acción. Las consecuencias de la marcha biológica deben ser dignas, yo no permitiría un transcurso temporal indigno, no lo soportaría. Hasta ahora la vida me ha dado la posibilidad de recordar el tiempo, que a veces es inútil, vacío, y otras veces sin embargo está lleno de cosas, de seres, y entre ellos está Nicolás», expresó en paralelo el mentor teatral.

El unipersonal se estrenó en 2013 y estuvo dos años en cartel en diferentes salas, interpretado por Patricia Palmer, quien se hizo de varios premios por su trabajo.

Con una puesta simple y moderna -que consta tan solo de una elegante silla antigua- Nicolás Pérez Costa da vida a siete personajes. «Cuesta encarnarlos a todos a la vez, pero crecí viéndolo. Empecé con Pepe a los 15 años, y él siempre leyó sus obras personificando a todos los personajes, como lo hacían los grandes autores para presentar las piezas a directores, actores y productores. Crecí viendo eso y jugando a hacerlo yo. Si bien cuesta, me es orgánico porque así lo absorbí desde muy chico», detalló el intérprete.

El mismo Pérez Costa es también el autor del atinado diseño de luces que complementa a la perfección la composición de cada personaje en el segundo indicado. «Pepe me permitió hacer la puesta de luces, supongo que porque sabe que aprendí de él a hacerlo y entonces iba a ser certero al elegir climas, intensidades. Me propuse que fuera un personaje más, con luces móviles que le dieran modernidad y belleza para acompañar la del texto», especificó.

Gracias a la elasticidad facial y la emotiva expresión corporal de Nicolás, sin moverse de la butaca el espectador puede dirigirse sin escalas a la antigua Europa para hacer un viaje cronológico por la vida de Juana I de Castilla, y compartir con ella sus años de infanta y así acompañarla por el sinuoso camino a la adultez precoz que derivó en la descendencia viuda de un amor no correspondido que se tiñó de locura.

«Todos hoy somos Juana al luchar contra desigualdades, al decir no, al denunciar, al gritar las injusticias. A veces pienso que fue una mujer de hoy, en un mundo que no encontró otra forma de defenderse de ella que llamarla ‘loca’ -sostuvo Pérez Costa y Cibrián Campoy complementó- la palabra ‘loco’ en general define a todo aquel que de una manera u otra no podemos entender, el loco como metáfora es aquel que piensa diferente, yo creo que el loco tiene una mirada del universo en donde se refugia de una manera mucho más sana que aquellos que vemos solamente el universo del horror. Pienso que los locos somos nosotros por no poder apoyarnos en la virtud de la vida, por lo tanto me parece bárbaro estar loco».

Así como no hay forma de impedir que uno sueñe con quien soñar le dé ganas -como escribió Cibrián para el texto de su obra- es inviable escaparle a la suerte que nos está reservada. Paradójicamente a fin de año Nicolás Pérez Costa partirá hacia España en busca de nuevos horizontes. «Me voy porque causal o casualmente se terminaron muchas etapas en mi vida y siento que es momento de una aventura diferente, porque me gustaría vivir en un lugar donde se respete la diversidad, donde no tenga que preocuparme por el sonido de los pasos de quien camina atrás mío pensando si me va a robar o no. Parto porque las políticas culturales de parte de nuestros dirigentes me generan mucha distancia. Me voy y me duele el desarraigo, pero me duele más el sentir a diario que lo que uno construye a quienes están arriba no les importa, ni el hambre, ni el teatro, ni la salud. Me voy porque quiero seguir viviendo del arte y es cada vez más difícil aquí. Me voy con ganas de no tener que irme», reflexionó con contundencia.

El versátil discípulo de Pepe Cibrián Campoy también habló de su preocupación por el deterioro del cuerpo y la mente. Confesó que le dan miedo los finales y sabe que cuando el tiempo pasa el desenlace se acerca. Y en su afán de llegar a hacer y ser aquello que desea con las facultades para ejercerlo, nunca se quedó esperando a que le llegaran las cosas, desde que tiene uso de razón se generó los espacios y las oportunidades.

«Lo pendiente siempre tiene en mí una fecha de caducidad, Pepe me enseñó a amar la profesión con disciplina y respeto, me enseñó a luchar en la vida, a pelear por lo que quería hacer y ser, me enseñó a golpear puertas, a pararme sobre un escenario, a ser detallista y sensible. Pepe me enseñó a ser artista, y así a ser una mejor persona, porque en el escenario hay que ser siempre buena persona», expresó Pérez Costa mientras su maestro preparaba la devolución final: «Creo que lo que le he dejado a Nico es saber cómo ser un buen mago, ser mago es teatro, el teatro es mentira. sabemos que un vestuario no es el de Enrique VIII y que un palacio no es un palacio, pero cuando logramos generar que eso sea creíble, cosa que Nicolás hace permanentemente, es cuando entonces yo siento que le he dejado esa enseñanza y que él en contraparte me ha dado a mí la oportunidad de poder irme algún día en paz».

JUANA, LA LOCA

Jueves, a las 21.

La Mueca, José A. Cabrera 4255 (4867-2155)

Nicolás Pérez Costa, como Juana, la loca

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