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VIDAS.ZIP | Auge y caída de un feminista

Ahora está encerrado en prisión, donde se dispone a vivir una nueva vida, la menos amable de las que suma, pero menos desdichada, con todo, que las que truncó o las de los que están condenados para siempre a llorar a sus víctimas.

Una mujer pasa junto a un cartel que pide la liberación del detenido José Antonio Urritikoetxea Bengoetxea, Josu Ternera, en Miravalles (Vizcaya) ANDER GILLENEA AFP

A estas alturas de su existencia, recién iniciada la tercera edad, son varias las vidas que se le ha concedido vivir a este hombre que responde al apodo de Josu Ternera. Vivió una, muy activa, como miembro destacado de una organización dedicada a la extorsión y el asesinato, aparte de otras industrias accesorias. Luego se las arregló para ser parlamentario, incluso para que personas con nombre y apellido que no lo deberían olvidar, ni debería olvidarse quiénes fueron, lo hicieran presidente de una comisión de derechos humanos, sin que fuera óbice para ello su actividad anterior. Ocurrió sin embargo que afloró de su pasado un asuntillo incómodo, un atentado indiscriminado que provocó, entre otras, la muerte de media docena de niños, y cuando lo convocaron para rendir cuentas al respecto prefirió escurrir el bulto e inició una tercera vida como prófugo, en la que anduvo década y media. Descontento con ella, probablemente, aún se permitió una cuarta reencarnación: como lector -no demasiado fluido ni competente- del comunicado con el que lo poco que quedaba del grupo de extorsionistas al que perteneció anunciaba el final de su lucha, arrogándose de paso el privilegio de poner, a su modo y a su conveniencia, el punto final de la historia.

El hecho, que habría sido cómico si no fuera trágico -por cómo se llegó a él, hace pensar en quien después de recibir una paliza y recoger del suelo todos los dientes se permite decir que no va a seguir castigando a su contrincante-, representaba un alarde de vanidad y una provocación. Vanidad por la parte del huido que así conseguía volver a ser alguien, al menos ante los suyos, aunque su lectura fuera torpe y la notoriedad que le reportaba no pasara de lo simbólico. Provocación porque la reivindicación del derecho a la última palabra la protagonizaba alguien que había conseguido eludir la acción de la justicia, y porque en su mensaje final la organización antaño dedicada al crimen no se privaba de declararse feminista, entre otras perlas de difícil digestión. Lo que empezó con unos tiros por la espalda y siguió con cientos de muertes alevosas terminaba, con el más pasmoso de los oportunismos, apuntándose al #MeToo.

Ni la vanidad ni la provocación son buenas consejeras. El recién autoproclamado paladín feminista tuvo que hacer algún contacto para recibir el texto y enviar la grabación. Era esta una rendija propicia para que quienes lo buscaban, los compañeros del hombre que recibió las primeras balas de su banda -y de los más de doscientos como él a los que mataron luego, y de los que perdieron en aquel atentado y en algún otro a sus hijos e hijas menores de edad-, trataran de recobrar su rastro y acabaran por llegar hasta él. Se había escondido a conciencia, en un lugar recóndito de los Alpes franceses, bajo una identidad estrafalaria -para él, no porque de por sí lo sea-, la de un supuesto escritor venezolano. Pero la paciencia de quienes por su oficio saben cómo seguir rastros y están más que motivados para hacerlo es un arma poderosa, capaz de resolver ese y peores enigmas.

Ahora está encerrado en prisión, donde se dispone a vivir una nueva vida, la menos amable de las que suma, pero menos desdichada, con todo, que las que truncó o las de los que están condenados para siempre a llorar a sus víctimas. Puede que no le guste mucho, puede que la encuentre penosa y amarga, pero quizá debería probar a pensar en quienes por sus actos y los de los suyos no sólo no pudieron vivir varias vidas, como él, sino que ni siquiera se les otorgó vivir una de duración normal.

Puede pensar en Míriam y Esther, las dos gemelas de tres años que murieron en ese atentado del que no quiso responder. La justicia poética que a veces sucede ha querido que el cierre de esta historia no lo ponga aquel comunicado grotesco, sino este seudofeminista rindiendo cuentas por un crimen que ninguna causa autoriza y que desacredita definitivamente la suya.

Para mayor humillación, quien lo identifica y detiene, a las puertas del hospital al que acude a una revisión médica, es una guardia civil de veintitrés años. Ningún fabulador habría podido imaginar un final más redondo para tan mala y triste novela.

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